domingo, 19 de junio de 2011

El genio de la multitud’, de Charles Bukowski

Hay suficiente traición y odio, violencia,

necedad en el ser humano corriente

como para abastecer cualquier ejercito o cualquier

jornada.

Y los mejores asesinos son aquellos

que predican en su contra.

Y los que mejor odian son aquellos

que predican amor.

Y los que mejor luchan en la guerra

son -AL FINAL- aquellos que

predican

PAZ.

Aquellos que hablan de Dios

necesitan a Dios.

Aquellos que predican paz

no tienen paz.

Aquellos que predican amor

no tienen amor.

Cuidado con los predicadores

cuidado con los que saben.

Cuidado con aquellos que están siempre

leyendo libros.

Cuidado con aquellos que detestan

la pobreza o están orgullosos de ella.

Cuidado con aquellos de alabanza rápida

pues necesitan que se les alabe a cambio.

Cuidado con aquellos que censuran con rapidez:

tienen miedo de lo que no conocen.

Cuidado con aquellos que buscan constantes

multitudes;

no son nada solos.

Cuidado con

el hombre corriente

con la mujer corriente.

Cuidado con su amor.

Su amor es corriente, busca

lo corriente.

Pero es un genio al odiar

es lo suficientemente genial

al odiar como para matarte, como para matar

a cualquiera.

Al no querer la soledad

al no entender la soledad

intentarán destruir

cualquier cosa

que difiera

de lo suyo.

Al no ser capaces

de crear arte

no entenderán

el arte.

Considerarán su fracaso

como creadores

sólo como un fracaso

del mundo.

Al no ser capaces de amar plenamente

creerán que tu amor es

incompleto

y entonces te

odiarán.

Y su odio será perfecto

como un diamante resplandeciente

como una navaja

como una montaña

como un tigre

como cicuta

Su mejor

ARTE.

miércoles, 15 de junio de 2011

Anton Chejov - El fracaso

Elías Serguervitch Peplot y su mujer, Cleopatra Petrovna, aplicaban
el oído a la puerta y escuchaban ansiosos lo que ocurría detrás. En el
gabinete se desarrollaba una explicación amorosa entre su hija Natáchinka
y el maestro de la escuela del distrito, Schúpkin.
Peplot susurraba con un estremecimiento de satisfacción:
-Ya muerde el anzuelo. Presta atención. En cuanto lleguen al terreno
sentimental, descuelga la imagen santa y les daremos nuestra bendición.
Éste será un modo de cogerlo. La bendición con la imagen es sagrada. No le
será posible escapar, aunque acuda a la justicia.
Entretanto, detrás de la puerta tenía lugar el siguiente coloquio:
-No insista usted -decía Schúpkin encendiendo un fósforo contra su
pantalón a cuadros-; yo no le he escrito ninguna carta.
-¡Como si yo no conociera su carácter de letra! -replicaba la joven
haciendo muecas y mirándose de soslayo al espejo-. Yo lo descubrí en
seguida. ¡Qué raro es usted! Un maestro de caligrafía que escribe tan
malamente. ¿Cómo enseña usted la caligrafía si usted mismo no sabe
escribir?
-¡Hum! Esto no tiene nada que ver. En la caligrafía, lo más
importante no es la letra, sino la disciplina. A uno le doy con la regla
en la cabeza; a otro le hago arrodillarse; nada tan fácil. Nekransot fue
un buen escritor; pero su carácter de letra era admirable; en sus obras
insértase una muestra de su caligrafía.
-Aquel era Nekransot, y usted es usted. Yo me casaré gustosa con un
escritor -añade ella suspirando-. Me escribiría siempre versos...
-Versos puedo yo también escribírselos, si usted lo desea.
-¿Y sobre qué asunto escribirá usted?
-Sobre amor, sentimientos, sobre sus ojos... Como me leyera usted, se
volvería usted loca. Incluso lloraría usted. Oiga, si yo le dirijo versos
poéticos, ¿me dará usted su mano a besar?
-Esto no tiene importancia. Bésela ahora mismo, si así le place.
Schúpkin se levantó, sus pupilas dilatáronse y aplicó un beso a la
mano regordeta, que olía a jabón.
Peplot, empujando con el codo a su mujer y abrochándose, todo pálido
y agitado, dijo:
-Pronto, descuelga la imagen de la pared... ¡Entremos!
Y de sopetón abrió la puerta.
-Hijos -balbució, alzando las manos al cielo y estremecido-. ¡Que
Dios os bendiga, hijos míos!... ¡Creced y multiplicaos!...
-Y yo, y yo -dijo la madre, llorando de felicidad-. ¡Que seáis
dichosos!
Luego, dirigiéndose a Schúpkin:
-Usted me arrebata un tesoro. Ha de quererla usted mucho y cuidarla.
Schúpkin, entre atónito y asustado, abrió la boca. El ataque de
frente de los padres parecíale tan inesperado y tan atrevido que no podía
articular ni una frase. «Estoy perdido -pensaba inmóvil de temor-; ya no
puedo salvarme.» Lleno de abatimiento bajaba la cabeza, como si dijera:
«Tómeme usted, me doy por vencido».
-Os bendigo -proseguía el padre, llorando siempre-. Natáchinka, hija
mía, colócate a su lado. Petrovna, pásame la imagen.
En este momento él cesó de llorar y sus facciones torciéronse de
rabia.
-¡Zoquete! -dijo a su mujer con indignación-. ¡Tonta que eres! ¿Ésta
es para ti una imagen?...
-¡Santo cielo!
¿Qué es lo que ocurría? El maestro de caligrafía levantó los ojos y
vio que estaba salvado. La mamá, en su apresuramiento, había descolgado,
en lugar de la imagen, el retrato del publicista Lajesnikof Peplot y su
esposa Cleopatra Petrovna.
Quedáronse parados, sin saber qué partido tomar. Schúpkin aprovechó
esta confusión para escaparse.

ANTON CHEJOV - EL TRAGICO

Se celebraba el beneficio del trágico Fenoguenov.
La función era un éxito. El trágico hacía milagros: gritaba, aullaba como
una fiera, daba patadas en el suelo, se golpeaba el pecho con los puños de un
modo terrible, se rasgaba las vestiduras, temblaba en los momentos patéticos de
pies a cabeza, como nunca se tiembla en la vida real, jadeaba como una
locomotora.
Ruidosas salvas de aplausos estremecían el teatro. Los admiradores del
actor le regalaron una pitillera de plata y un ramo de flores con largas cintas.
Las señoras le saludaban agitando el pañuelo, y no pocas lloraban.
Pero la más entusiasmada de todas por el espectáculo era la hija del jefe
de la policía local, Macha. Sentada junto a su padre, en primera fila, a dos
pasos de las candilejas, no quitaba ojo del escenario y estaba conmovidísima.
Sus finos brazos y sus piernas temblaban, sus ojos se arrasaban en lágrimas, sus
mejillas perdían el color por momentos. ¡Era la primera vez en su vida que
asistía a una función de teatro!
-¡Dios mío, qué bien trabajan! ¡Es admirable! -le decía a su padre cada vez
que bajaba el telón-. Sobre todo, Fenoguenov ¡es tremendo!
Su entusiasmo era tan grande, que la hacía sufrir. Todo le parecía
encantador, delicioso: la obra, los artistas, las decoraciones, la música.
-¡Papá! -dijo en el último entreacto-. Sube al escenario e invítales a
todos a comer en casa mañana.
Su padre subió al escenario, estuvo amabilísimo con todos los artistas,
sobre todo con las mujeres, e invitó a los actores a comer.
-Vengan todos, excepto las mujeres -le dijo por lo bajo a Fenoguenov-. Mi
hija es aún demasiado joven...
Al día siguiente se sentaron a la mesa del jefe de policía el empresario
Limonadov, el actor cómico Vodolasov y el trágico Fenoguenov. Los demás,
excusándose cada uno como Dios les dio a entender, no acudieron.
La comida fue aburridísima. Limonadov, desde el primer plato hasta los
postres, estuvo hablando de su estimación al jefe de policía y a todas las
autoridades. De sobremesa, Vodolasov lució sus facultades cómicas imitando a los
comerciantes borrachos y a los armenios, y Fenoguenov, un ucranio de elevada
estatura, ojos negros y frente severa, recitó el monólogo de Hamlet. Luego, el
empresario contó, con lágrimas en los ojos, su entrevista con el anciano
gobernador de la provincia, el general Kaniuchin.
El jefe de policía escuchaba, se aburría y se sonreía bonachonamente.
Estaba contento, a pesar de que Limonadov olía mal y Fenoguenov llevaba un frac
prestado, que le venía ancho, y unas botas muy viejas. Placíanle a su hija, la
divertían, y él no necesitaba más. Macha, por su parte, miraba a los artistas
llena de admiración, sin quitarles ojo. ¡En su vida había visto hombres de tanto
talento, tan extraordinarios! Por la noche fue de nuevo al teatro con su padre.
Una semana después, los artistas volvieron a comer en casa del funcionario
policíaco. Y las invitaciones, ora a comer, ora a cenar, fueron menudeando,
hasta llegar a ser casi diarias. La afición de Macha al arte teatral subió de
punto, y no había función a la que no asistiese la joven.
La pobre muchacha acabó por enamorarse de Fenoguenov.
Una mañana, aprovechando la ausencia de su padre, que había ido a la
estación a recibir al arzobispo, Macha se escapó con la compañía, y en el camino
se casó con su ídolo Fenoguenov. Celebrada la boda, los artistas le dirigieron
una larga carta sentimental al jefe de policía. Todos tomaron parte en la
composición de la epístola.
-¡Ante todo, exponle los motivos! -le decía Limonadov a Vodolasov, que
redactaba el documento-. Y hazle presente nuestra estimación: ¡los burócratas se
pagan mucho de estas cosas!... Añade algunas frases conmovedoras, que le hagan
llorar...
La respuesta del funcionario sorprendió dolorosamente a los artistas: el
padre de Macha decía que renegaba de su hija, que no le perdonaría nunca el
«haberse casado con un zascandil idiota, con un ser inútil y ocioso».
Al día siguiente, la joven le escribía a su padre:
«¡Papá, me pega! ¡Perdónanos!»
Sí, Fenoguenov le pegaba, en el escenario, delante de Limonadov, de la
doncella y de los lampistas. No le podía perdonar el chasco que se había
llevado. Se había casado con ella, persuadido por los consejos de Limonadov.
-¡Sería tonto -le decía el empresario- dejar escapar una ocasión como ésta!
Por ese dinero sería yo capaz, no ya de casarme, de dejar que me deportasen a la
Siberia. En cuanto te cases construyes un teatro, y hete convertido en
empresario de la noche a la mañana.
Y todos aquellos sueños habíanse trocado en humo: ¡el maldito padre
renegaba de su hija y no le daba un cuarto!
Fenoguenov apretaba los puños y rugía:
-¡Si no me manda dinero le voy a pegar más palizas a la niña!...
La compañía intentó trasladarse a otra ciudad a hurto de Macha y zafarse
así de ella. Los artistas estaban ya en el tren, que se disponía a partir,
cuando llegó la pobre, jadeante, a la estación.
-He sido ofendido por su padre de usted -le declara Fenoguenov-, y todo ha
concluido entre nosotros.
Pero, ella, sin preocuparse de la curiosidad que la escena había despertado
entre los viajeros, se postró ante él y le tendió los brazos, gritándole:
-¡Le amo a usted! ¡No me abandone! ¡No puedo vivir sin usted!
Los artistas, tras una corta deliberación, consintieron en llevarla con
ellos en calidad de partiquina.
Empezó por representar papeles de criada y de paje; pero cuando la señora
Beobajtova, orgullo de la compañía, se escapó, la reemplazó ella en el puesto de
primera ingenua. Aunque ceceaba y era tímida, no tardó, habituada a la escena,
en atraerse las simpatías del público. Fenoguenov, con todo, seguía
considerándola una carga.
-¡Vaya una actriz! -decía-. No tiene figura ni maneras, y además es muy
bestia.
Una noche la compañía representaba Los bandidos, de Schiller. Fenoguenov
hacía de Franz y Macha de Amalia. Él gritaba, aullaba, temblaba de pies a
cabeza; Macha recitaba su papel como un escolar su lección.
En la escena en que Franz le declara su pasión a Amalia, ella debía echar
mano a la espada, rechazar a Franz y gritarle: «¡Vete!» En vez de eso, cuando
Fenoguenov la estrechó entre sus brazos de hierro, se estremeció como un
pajarito y no se movió.
-¡Tenga usted piedad de mí! -le susurró al oído-. ¡Soy tan desgraciada!
-¡No te sabes el papel! -le silbó colérico Fenoguenov- ¡Escucha al
apuntador!
Terminada la función, el empresario y Fenoguenov sentáronse en la caja y se
pusieron a charlar.
-¡Tu mujer no se sabe los papeles! -se lamentó Limonadov.
Fenoguenov suspiró y su mal humor subió de punto.
Al día siguiente, Macha, en una tiendecita de junto al teatro, le escribía
a su padre:
«¡Papá, me pega! ¡Perdónanos! Mándanos dinero.»

ANTON CHEJOV - EL TALENTO

El pintor Yegor Savich, que se hospeda en la casa de campo de la viuda
de un oficial, está sentado en la cama, sumido en una dulce melancolía matutina.
Es ya otoño. Grandes nubes informes y espesas se deslizan por el
firmamento; un viento, frío y recio, inclina los árboles y arranca de sus copas
hojas amarillas. ¡Adiós, estío!
Hay en esta tristeza otoñal del paisaje una belleza singular, llena de
poesía; pero Yegor Savich, aunque es pintor y debiera apreciarla, casi no para
mientes en ella. Se aburre de un modo terrible y sólo le consuela el pensar que
al día siguiente no estará ya en la quinta.
La cama, las mesas, las sillas, el suelo, todo está cubierto de cestas, de
sábanas plegadas, de todo género de efectos domésticos. Se han quitado ya los
visillos de las ventanas. Al día siguiente, ¡por fin!, los habitantes veraniegos
de la quinta e trasladarán a la ciudad.
La viuda del oficial no está en casa. Ha salido en busca de carruajes para
la mudanza.
Su hija Katia, de veinte años, aprovechando la ausencia materna, ha entrado
en el cuarto del joven. Mañana se separan y tiene que decirle un sinfín de
cosas. Habla por los codos; pero no encuentra palabras para expresar sus
sentimientos, y mira con tristeza, al par que con admiración, la espesa
cabellera de su interlocutor. Los apéndices capilares brotan en la persona de
Yegor Savich con una extraordinaria prodigalidad; el pintor tiene pelos en el
cuello, en las narices, en das orejas, y sus cejas son tan pobladas, que casi le
tapan los ojos. Si una mosca osara internarse en la selva virgen capilar, de que
intentamos dar idea, se perdería para siempre.
Yegar Savich escucha a Katia, bostezando. Su charla empieza a fatigarle. De
pronto la muchacha se echa a llorar. Él la mira con ojos severos al través de
sus espesas cejas, y le dice con su voz de bajo:
-No puedo casarme.
-¿Pero por qué? -suspira ella.
-Porque un pintor, un artista que vive de su arte, no debe casarse. Los
artistas debemos ser libres.
-¿Y no lo sería usted conmigo?
-No me refiero precisamente a este caso... Hablo en general. Y digo tan
sólo que los artistas y los escritores célebres no se casan.
-¡Sí, usted también será célebre, Yegor Savich! Pero yo... ¡Ah, mi
situación es terrible!... Cuando mamá se entere de que usted no quiere casarse,
me hará la vida imposible. Tiene un genio tan arrebatado... Hace tiempo que me
aconseja que no crea en sus promesas de usted. Luego, aún no le ha pagado usted
el cuarto... ¡Menudos escándalos me armará!
-¡Que se vaya al diablo su mamá de usted! Piensa que no voy a pagarle?
Yegor Savich se levanta y empieza a pasearse por la habitación.
-¡Yo debía irme al extranjero! -dice.
Le asegura a la muchacha que para él un viaje al extranjero es la cosa más
fácil del mundo: con pintar un cuadro y venderlo...
-¡Naturalmente! -contesta Katia-. Es lástima que no haya usted pintado nada
este verano.
-¿Acaso es posible trabajar en esta pocilga? -grita, indignado, el pintor-.
Además, ¿dónde hubiera encontrado modelos?
En este momento se oye abrir una puerta en el piso bajo. Katia, que
esperaba la vuelta de su madre de un momento a otro, echa a correr. El artista
se queda solo. Sigue paseándase porla habitación. A cada paso tropieza con los
objetos esparcidos por el suelo. Oye al ama de la casa regatear con los mujiks
cuyos servicios ha ido a solicitar. Para templar el mal humor que le produce
oírla, abre la alacena, donde guarda una botellita de vodka.
-¡Puerca! -le grita a Katia la viuda del oficial- ¡Estoy harta de ti! ¡Que
el diablo te lleve!
El pintor se bebe una copita de vodka, y las nubes que ensombrecían su alma
se van disipando. Empieza a soñar, a hacer espléndidos castillos en el aire.
Se imagina ya célebre, conocido en el mundo entero. Se habla de él en la
Prensa, sus retratos se venden a millares. Hállase en un rico salón, rodeado de
bellas admiradoras... El cuadro es seductor, pero un poco vago, porque Yegor
Savich no ha visto ningún rico salón y no conoce otras beldades que Katia y
algunas muchachas alegres. Podía conocerlas por la literatura; pero hay que
confesar que el pintor no ha leído ninguna obra literaria.
-¡Ese maldito samovar! -vocifera la viuda-. Se ha apagado el fuego. ¡Katia,
pon más carbón!
Yegor Savich siente una viva, una imperiosa necesidad de compartir con
alguien sus esperanzas y sus sueños. Y baja a la cocina, donde, envueltas en una
azulada nube de humo, Katia y su madre preparan el almuerzo.
-Ser artista es una cosa excelente. Yo, por ejemplo, hago lo que me da la
gana, no dependo de nadie, nadie manda en mí. ¡Soy libre como un pájaro! Y, no
obstante, soy un hombre útil, un hombre que trabaja por el progreso, por el bien
de la humanidad.
Después de almorzar, el artista se acuesta para «descansar» un ratito.
Generalmente, el ratito se prolonga hasta el obscurecer; pero esta tarde la
siesta es más breve. Entre sueños, siente nuestro joven que alguien le tira de
una pierna y le llama, riéndose. Abre los ojos y ve, a los pies del lecho, a su
camarada Ukleikin, un paisajista que ha pasado el verano en las cercanías,
dedicado a buscar asuntos para sus cuadros.
-¡Tú por aquí! -exclama Yegor Savich con alegría, saltando de la cama-
¿Cóma te va, muchacho?
Los dos amigos se estrechan efusivamente la mano, se hacen mil preguntas...
-Habrás pintado cuadros muy interesantes -dice Yegor Savich, mientras el
otro abre su maleta.
-Sí, he pintado algo... ¿y tú?
Yegor Savich se agacha y saca de debajo de la cama un lienzo, no concluido,
aún, cubierto de polvo y telarañas.
-Mira -contesta-. Una muchacha en la ventana, después de abandonarla el
novio... Esto lo he hecho en tres sesiones.
En el cuadro aparece Katia, apenas dibujada, sentada junto a una ventana,
por la que se ve un jardincillo y un remoto horizonte azul.
Ukleikin hace un ligera mueca: no le gusta el cuadro.
-Sí, hay expresión -dice-. Y hay aire... El horizonte está bien... Pero ese
jardín..., ese matorral de la izquierda... son de un colorido un poco agrio.
No tarda en aparecer sobre la mesa la botella de vodka.
Media hora después llega otro compañero: el pintor Kostilev, que se aloja
en una casa próxima. Es especialista en asuntos históricos. Aunque tiene treinta
y cinco años, es principiante aún. Lleva el pelo largo y una cazadora con cuello
a lo Shakespeare. Sus actitudes y sus gestos son de un empaque majestuoso. Ante
la copita de vodka que le ofrecen sus camaradas hace algunos dengues; pero al
fin se la bebe.
-¡He concebido, amigos míos, un asunto magnífico! -dice-. Quiero pintar a
Nerón, a Herodes, a Calígula, a uno de los monstruos de la antigüedad, y
oponerle la idea cristiana. ¿Comprendéis? A un lado, Roma; al otro, el
cristianismo naciente. Lo esencial en el cuadro ha de ser la expresión del
espíritu, del nuevo espíritu cristiano.
Los tres compañeros, excitados por sus sueños de gloria, van y vienen por
la habitación como lobos enjaulados. Hablan sin descanso, con un fervoroso,
entusiasmo. Se les creería, oyéndoles, en vísperas de conquistar la fama, la
riqueza, el mundo. Ninguno piensa en que ya han perdido los tres sus mejores
años, en que la vida sigue su curso y se los deja atrás, en que, en espera de la
gloria, viven como parásitos, mano sobre mano. Olvidan que entre los que aspiran
al título de genio, los verdaderos talentos son excepciones muy escasas. No
tienen en cuenta que a la inmensa mayoría de los artistas les sorprende la
muerte «empezando». No quieren acordarse de esa ley implacable suspendida sobre
sus cabezas, y están alegres, llenos de esperanzas.
A las dos de la mañana, Kostilev se despide y se va. El paisajista se queda
a dormir con el pintor de género.
Antes de acostarse, Yegor Savich coge una vela y baja por agua a la cocina.
En el pasillo, sentada en un cajón, con las manos cruzadas sobre las rodillas,
con los ojos fijos en el techo, está Katia soñando...
-¿Qué haces ahí? -le pregunta, asombrado, el pintor- ¿En qué piensas?
-¡Pienso en los días gloriosos de su celebridad de usted! -susurra ella-.
Será usted un gran hombre, no hay duda. He oído su conversación de ustedes y
estoy orgullosa.
Llorando y riendo al mismo tiempo, apoya las manos en los hombros de Yegor
Savich y mira con honda devoción al pequeño dios que se ha creado.

martes, 11 de enero de 2011

EFRAIN HUERTA-(1914 - 1982) POESIA

BUENOS DÍAS A DIANA CAZADORA

Muy buenos días, laurel, muy buenos días, metal, bruma y silencio.
Desde el alba te veo, grandiosa espiga, persiguiendo a la niebla,
y eres, en mi memoria, esencia de horizonte, frágil sueño.
Olaguíbel te dio la perfección del vuelo y el inefable encanto de estar quieta,
serena, rodilla al aire y senos hacia siempre, como pétalos
que se hubiesen caldo, mansamente, de la espléndida rosa de toda adolescencia.

Muy buenos días, oh selva, laguna de lujuria, helénica y ansiosa.
Buenos días en tu bronce de violetas broncíneas, y buenos días, amiga,
para tu vientre o playa donde nacen deseos de espinosa violencia.
¡Buenos días, cazadora,.flechadora del alba, diosa de los crepúsculos!
Dejo a tus pies un poco de anhelo juvenil y en tus hombros, apenas,
abandono las alas rotas de este poema.

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ÉSTE ES UN AMOR


Éste es un amor que tuvo su origen
y en un principio no era sino un poco de miedo
y una ternura que no quería nacer y hacerse fruto.
Un amor bien nacido de ese mar de sus ojos,
un amor que tiene a su voz como ángel y bandera,
un amor que huele a aire y a nardos y a cuerpo húmedo,
un amor que no tiene remedio, ni salvación,
ni vida, ni muerte, ni siquiera una pequeña agonía.

Éste es un amor rodeado de jardines y de luces
y de la nieve de una montaña de febrero
y del ansia que uno respira bajo el crepúsculo de San Ángel
y de todo lo que no se sabe, porque nunca se sabe
por qué llega el amor y luego las manos
- esas terribles manos delgadas como el pensamiento -
se entrelazan y un suave sudor de - otra vez - miedo,
brilla como las perlas abandonadas
y sigue brillando aun cuando el beso, los besos,
los miles y millones de besos se parecen al fuego
y se parecen a la derrota y al triunfo
y a todo lo que parece poesía - y es poesía.

Ésta es la historia de un amor con oscuros y tiernos orígenes:
vino como unas alas de paloma y la paloma no tenía ojos
y nosotros nos veíamos a lo largo de los ríos
y a lo ancho de los países
y las distancias eran como inmensos océanos
y tan breves como una sonrisa sin luz
y sin embargo ella me tendía la mano y yo tocaba su piel llena de gracia
y me sumergía en sus ojos en llamas
y me moría a su lado y respiraba como un árbol despedazado
y entonces me olvidaba de mi nombre
y del maldito nombre de las cosas y de las flores
y quería gritar y gritarle al lado que la amaba
y que yo ya no tenía corazón para amarla
sino tan sólo una inquietud del tamaño del cielo
y tan pequeña como la tierra que cabe en la palma de la mano.

Y yo veía que todo estaba en sus ojos - otra vez ese mar -,
ese mal, esa peligrosa bondad,
ese crimen, ese profundo espíritu que todo lo sabe
y que ya ha adivinado que estoy con el amor hasta los hombros,
hasta el alma y hasta los mustios labios.
Ya lo saben sus ojos y ya lo sabe el espléndido metal de sus muslos,
ya lo saben las fotografías y las calles
y ya lo saben las palabras - y las palabras y las calles y las fotografías
ya saben que lo saben y que ella y yo lo sabemos
y que hemos de morirnos toda la vida para no rompernos el alma
y no llorar de amor.

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DECLARACIÓN DE AMOR


Ciudad que llevas dentro
mi corazón, mi pena,
la desgracia verdosa
de los hombres del alba,
mil voces descompuestas
por el frío y el hambre.

Ciudad que lloras, mía,
maternal, dolorosa,
bella como camelia
y triste como lágrima,
mírame con tus ojos
de tezontle y granito,
caminar por tus calles
como sombra o neblina.

Soy el llanto invisible
de millares de hombres.

Soy la ronca miseria,
la gris melancolía,
el fastidio hecho carne.
Yo soy mi corazón desamparado y negro.

Ciudad, invernadero,
gruta despedazada.

Bajo tu sombra, el viento del invierno
es una lluvia triste, y los hombres, amor,
son cuerpos gemidores, olas
quebrándose a los pies de las mujeres
en un largo momento de abandono
-como nardos pudriéndose.

Es la hora del sueño, de los labios resecos,
de los cabellos lacios y el vivir sin remedio.

Pero si el viento norte una mañana,
una mañana larga, una selva,
me entregara el corazón desecho
del alba verdadera, ¿imaginas, ciudad,
el dolor de las manos y el grito brusco, inmenso,
de una tierra sin vida?
Porque yo creo que el corazón del alba
en un millón de flores,
el correr de la sangre
o tu cuerpo, ciudad, sin huesos ni miseria.

Los hombres que te odian no comprenden
cómo eres pura, amplia,
rojiza, cariñosa, ciudad mía;
cómo te entregas, lenta,
a los niños que ríen,
a los hombres que aman claras hembras
de sonrisa despierta y fresco pensamiento,
a los pájaros que viven limpiamente
en tus jardines como axilas,
a los perros nocturnos
cuyos ladridos son mares de fiebre,
a los gatos, tigrillos por el día,
serpientes en la noche,
blandos peces al alba;
cómo te das, mujer de mil abrazos,
a nosotros, tus tímidos amantes:
cuando te desnudamos, se diría
que una cascada nace del silencio
donde habitan la piel de los crepúsculos,
las tibias lágrimas de los relojes,
las monedas perdidas,
los días menos pensados
y las naranjas vírgenes.

Cuando llegas, rezumando delicia,
calles recién lavadas
y edificios-cristales,
pensamos en la recia tristeza del subsuelo,
en lo que tienen de agonía los lagos
y los ríos,
en los campos enfermos de amapolas,
en las montañas erizadas de espinas,
en esas playas largas
donde apenas la espuma
es un pobre animal inofensivo,
o en las costas de piedra
tan cínicas y bravas como leonas;
pensamos en el fondo del mar
y en sus bosques de helechos,
en la superficie del mar
con barcos casi locos,
en lo alto del mar
con pájaros idiotas.

Yo pienso en mi mujer:
en su sonrisa cuando duerme
y una luz misteriosa la protege,
en sus ojos curiosos cuando el día
es un mármol redondo.
Pienso en ella, ciudad,
y en el futuro nuestro:
en el hijo, en la espiga,
o menos, en el grano de trigo
que será también tuyo,
porque es de tu sangre,
de tus rumores,
de tu ancho corazón de piedra y aire,
de nuestros fríos o tibios,
o quemantes y helados pensamientos,
humildades y orgullo, mi ciudad,

Mi gran ciudad de México:
el fondo de tu sexo es un criadero
de claras fortalezas,
tu invierno es un engaño
de alfileres y leche,
tus chimeneas enormes
dedos llorando niebla,
tus jardines axilas la única verdad,
tus estaciones campos
de toros acerados,
tus calles cauces duros
para pies varoniles,
tus templos viejos frutos
alimento de ancianas,
tus horas como gritos
de monstruos invisibles,
¡tus rincones con llanto
son las marcas de odio y de saliva
carcomiendo tu pecho de dulzura!

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DECLARACIÓN DE ODIO


Estar simplemente como delgada carne ya sin piel,
como huesos y aire cabalgando en el alba,
como un pequeño y mustio tiempo
duradero entre penas y esperanzas perfectas.
Estar vilmente atado por absurdas cadenas
y escuchar con el viento los penetrantes gritos
que brotan del océano:
agonizantes pájaros cayendo en la cubierta
de los barcos oscuros y eternamente bellos,
o sobre largas playas ensordecidas, ciegas
de tanta fina espuma como miles de orquídeas.
Porque, ¡qué alto mar, sucio y maravilloso!
Hay olas como árboles difuntos,
hay una rara calma y una fresca dulzura,
hay horas grises, blancas y amarillas.

Y es el cielo del mar, alto cielo con vida
que nos entra en la sangre, dando luz y sustento
a lo que hubiera muerto en las traidoras calles,
en las habitaciones turbias de esta negra ciudad.
Esta ciudad de ceniza y tezontle cada día menos puro,
ciudad de acero, sangre y apagado sudor.

Amplia y dolorosa ciudad donde caben los perros,
la miseria y los homosexuales,
las prostitutas y la famosa melancolía de los poetas,
los rezos y las oraciones de los cristianos.

Sarcástica ciudad donde la cobardía y el cinismo son alimento diario
de los jovencitos alcahuetes de talles ondulantes,
de las mujeres asnas, de los hombres vados.

Ciudad negra o colérica o mansa o cruel,
o fastidiosa nada más: sencillamente tibia.

Pero valiente y vigorosa porque en sus calles viven los días rojos y azules
de cuando el pueblo se organiza en columnas,
los días y las noches de los militantes comunistas,
los días y las noches de las huelgas victoriosas,
los crudos días en que los desocupados adiestran su rencor
agazapados en los jardines o en los quicios dolientes.

¡Los días en la ciudad! Los días pesadísimos
como una cabeza cercenada con los ojos abiertos.
Estos días como frutas podridas.
Días enturbiados por salvajes mentiras.
Días incendiarios en que padecen las curiosas estatuas
y los monumentos son más estériles que nunca.

Larga, larga ciudad con sus albas como vírgenes hipócritas,
con sus minutos como niños desnudos,
con sus bochornosos actos de vieja díscola y aparatosa,
con sus callejuelas donde mueren extenuados, al fin,
los roncos emboscados y los asesinos de la alegría.

Ciudad tan complicada, hervidero de envidias,
criadero de virtudes desechas al cabo de una hora,
páramo sofocante, nido blando en que somos
como palabra ardiente desoída,
superficie en que vamos como un tránsito oscuro,
desierto en que latimos y respiramos vicios,
ancho bosque regado por dolorosas y punzantes lágrimas,
lágrimas de desprecio, lágrimas insultantes.

Te declaramos nuestro odio, magnifica ciudad.
A ti, a tus tristes y vulgarísimos burgueses,
a tus chicas de aire, caramelos y films americanos,
a tus juventudes ice cream rellenas de basura,
a tus desenfrenados maricones que devastan
las escuelas, la plaza Garibaldi,
la viva y venenosa calle de San Juan de Letrán.

Te declaramos nuestro odio perfeccionado a fuerza de sentirte cada día más inmensa,
cada hora más blanda, cada línea más brusca.

Y si te odiamos, linda, primorosa ciudad sin esqueleto,
no lo hacemos por chiste refinado, nunca por neurastenia,
sino por tu candor de virgen desvestida,
por tu mes de diciembre y tus pupilas secas,
por tu pequeña burguesía, por tus poetas publicistas,
¡por tus poetas, grandísima ciudad!, por ellos y su enfadosa categoría de descastados,
por sus flojas virtudes de ocho sonetos diarios,
por sus lamentos al crepúsculo y a la soledad interminable,
por sus retorcimientos histéricos de prometeos sin sexo
o estatuas del sollozo, por su ritmo de asnos en busca de una flauta.

Pero no es todo, ciudad de lenta vida.

Hay por ahí escondidos, asustados, acaso masturbándose,
varias docenas de cobardes, niños de la teoría,
de la envidia y el caos, jóvenes del "sentido práctico de la vida",
ruines abandonados a sus propios orgasmos,
viles niños sin forma mascullando su tedio,
especulando en libros ajenos a lo nuestro.

¡A lo nuestro, ciudad, lo que nos pertenece,
lo que vierte alegría y hace florecer júbilos,
risas, risas de gozo de unas bocas hambrientas,
hambrientas de trabajo,
de trabajo y orgullo de ser al fin varones
en un mundo distinto!

Así hemos visto limpias decisiones que saltan
paralizando el ruido mediocre de las calles,
puliendo caracteres, dando voces de alerta,
de esperanza y progreso.

Son rosas o geranios, claveles o palomas,
saludos de victoria y puños retadores.
Son las voces, los brazos y los pies decisivos,
y los rostros perfectos, y los ojos de fuego,
y la táctica en vilo de quienes hoy te odian
para amarte mañana cuando el alba sea alba
y no chorro de insultos, y no río de fatigas,
y no una puerta falsa para huir de rodillas.

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LA MUCHACHA EBRIA


Este lánguido caer en brazos de una desconocida,
esta brutal tarea de pisotear mariposas y sombras y cadáveres;
este pensarse árbol, botella o chorro de alcohol,
huella de pie dormido, navaja verde o negra;
este instante durísimo en que una muchacha grita,
gesticula y sueña por una virtud que nunca fue la suya.

Todo esto no es sino la noche,
sino la noche grávida de sangre y leche
de niños que se asfixian,
de mujeres carbonizadas
y varones morenos de soledad
y misterioso, sofocante desgaste.

Sino la noche de la muchacha ebria
cuyos gritos de rabia y melancolía
me hirieron como el llanto purísimo
como las náuseas y el rencor,
como el abandono y la voz de las mendigas.

Lo triste es este llanto, amigos, hecho de vidrio molido
y fúnebres gardenias despedazadas en el umbral de las cantinas
llanto y sudor molidos, en que hombres desnudos, con sólo negra barba
y feas manos de miel se bañan sin angustia, sin tristeza:
llanto ebrio, lágrimas de claveles, de tabernas enmohecidas,
de la muchacha que se embriaga sin tedio ni pesadumbre,
de la muchacha que una noche
y era una santa noche me entregara su corazón derretido,
sus manos de agua caliente, césped, seda,
sus pensamientos tan parecidos a pájaros muertos,
sus torpes arrebatos de ternura,
su boca que sabía a taza mordida por dientes de borrachos,
su pecho suave como una mejilla con fiebre,
y sus brazos y piernas con tatuajes,
y su naciente tuberculosis,
y su dormido sexo de orquídea martirizada.

Ah, la muchacha ebria, la muchacha del sonreír estúpido
y la generosidad en la punta de los dedos,
la muchacha de la confiada, inefable ternura para un hombre,
como yo, escapado apenas de la violencia amorosa.

Este tierno recuerdo siempre será una lámpara frente a mis ojos,
una fecha sangrienta y abatida.

¡Por la muchacha ebria, amigos míos!

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ÓRDENES DE AMOR

"¡Ten piedad de nuestro amor
y cuídalo, oh vida!"

(Carlos Pellicer)


1

Amor mío, embellécete.

Perfecto, bajo el cielo, lámpara
de mil sueños, ilumíname.
amor. Orquídea de mil nubes,
desnúdate, vuelve a tu origen,
agua de mis vigilias,
lluvia mía, amor mío.
Hermoso seas por siempre
en el eterno sueño
de nuestro cielo,
amor.

2

Amor mío, ampárame.

Una piedad sin sombra
de piedad es la vida. Sombra
de mi deseo, rosa de fuego.

Voy a tu lado, amor,
como un desconocido.

Y tú me das la dicha
y tú me das el pan,
la claridad del alba
y el frutal alimento,
dulce amor.

3

Amor mío, obedéceme:
ven despacio, así, lento,
sereno y persuasivo.

Sé dueño de mi alma,
cuando en todo momento
mi alma vive en tu piel.

Vive despacio, amor,
y déjame beber,
muerto de ansia,
dolorido y ardiente,
el dulce vino, el vino
de tu joven imperio,
dueño mío.

4

Amor mío, justifícame;
lléname de razón y de dolor.

Río de nardos, lléname
con tus aguas: ardor de ola,
mátame...

Amor mío.

Ahora sí, bendíceme
con tus dedos ligeros,
con tus labios de ala,
con tus ojos de aire,
con tu cuerpo invisible,
oh tú, dulce recinto
de cristal y de espuma,
verso mío tembloroso,
amor definitivo.

5

Amor mío, encuéntrame.

Aislado estoy, sediento
de tu virgen presencia,
de tus dientes de hielo.

Hállame, dócil fiera,
bajo la breve sombra de tu pecho,
y mírame morir,
contémplame desnudo
acechando tu danza,
el vuelo de tu pie,
y vuélveme a decir
las sílabas antiguas del alba:
Amor, amor-ternura,
amor-infierno,
desesperado amor.

6

Amor, despiértame
a la hora bendita, alucinada,
en que un hombre solloza
víctima de sí mismo y ábreme
las puertas de la vida.

Yo entraré silencioso
hasta tu corazón, manzana de oro
en busca de la paz
para mi duelo. Entonces
amor mío, joven mía,
en ráfagas la dicha placentera
será nuestro universo.

Despiértame y espérame,
amoroso amor mío.

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PARA GOZAR TU PAZ


Como el viento agita las altas hierbas
así mis dedos vuelan sobre tu cabellera de diamantes,
y la noche de alcohol y los árboles de oro
encierran para siempre un sollozo de triunfo,
el ay de la alegría, el ah definitivo.

Como el aire de junio en la colina
mueve la dulce sombra de la nube,
así mi corazón se sacrifica
en el húmedo templo de tu pelo.

Nave sin dueño, sombra de ardorosa
violencia, esta mi mano canta
bajo el murmullo alado de tu gloria.

Porque tienes la luz y la belleza
en el sereno estanque de tu rostro,
así el negro laurel es tu corona
y es mi fatiga y es
la sangre del insomnio.

Sólo cuando el pecado es la guirnalda
y la atadura, la cadena infinita
y el profundo latido; sólo cuando
la hora ha llegado, y tú,
joven de rosas y jazmines,
miras al horizonte del deseo
y dejas que el tesoro de seda y maravilla
sea la noche en mis manos,
sólo entonces, dorada,
todo me pertenece:
las hierbas agitadas y el viento
corriendo como el agua entre mis dedos:
agua de mi delirio, eterna fiebre,
espejismo y violencia, dura espina
pedernal de la muerte, lento mármol,
millón de espigas negras.

Donde nace la idea,
donde tus pensamientos
-aves en dulce selva sometidas-,
donde mis labios buscan el milagro,
ahí estará mi fuerza.

Ahí estará el dolor de mi presencia:
al pie de tu dominio y tu pureza,
sin más aroma que el júbilo
y una medalla de aire,
palpitante, como el fuego
de una lágrima viva.

Crece la hierba, el río,
y el ala de la garza
es la mano de Dios que se despide.

Crece el amor en invisible grito
¡quemante, activa espada),
y el corazón despierta
como herido de muerte.

Doblo la lenta hoja del silencio
y te apareces tú, página y perla,
con el cabello al viento
y una cierta sonrisa de alta luna.

Suave y veloz, como el aire de junio,
beso tu cabellera de diamantes,
el tesoro escondido de tu sueño,
y digo adiós a la violencia
para gozar tu paz,
tu dulce, tu gloriosa geografía,
por siempre detenido,
por siempre enamorado.

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ERES, AMOR...


Eres, amor, el brazo con heridas
y la pisada en falso sobre un cielo.

Eres el que se duerme, solitario,
en el pequeño bosque de mi pecho.

Eres, amor, la flor del falso nombre.

Eres el viejo llanto y la tristeza,
la soledad y el río de la virtud,
el brutal aletazo del insomnio
y el sacrificio de una noche ciega.

Eres, amor, la flor del falso nombre.

Eres un frágil nido, recinto de veneno,
despiadada piedad, ángel caído,
enlutado candor de adolescencia
que hubiese transcurrido como un sueño.

Eres, amor, la flor del falso nombre.
Eres lo que me mata, lo que ahoga
el pequeño ideal de ir viviendo.

Eres desesperanza, triste estatua
de polvo nada más, de envidia sorda.
Eres, amor, la flor del falso nombre.

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LA PALOMA Y EL SUEÑO


Tú no veías el árbol, ni la nube ni el aire.
Ya tus ojos la tierra se los había bebido
y en tu boca de seda sólo un poco de gracia
fugitiva de rosas, y un lejano suspiro.

No veías ni mi boca que se moría de pena
ni tocabas mis manos huecas, deshabitadas.
Espeso polvo en torno daba un sabor a muerte
al solemne vivir la vida más amarga.

Había sed en tus ojos. Suave sudor tu frente
recordaba los ríos de suave, lenta infancia.
Yo no podía con mi alma. Mi alma ya no podía
con mi cuerpo tan roto de rotas esperanzas.

Tus palabras sonaban a olas de frágil vuelo.
Tus palabras tan raras, tan jóvenes, tan fieles.
Una estrella miraba cómo brilla tu vida.
Una rosa de fuego reposaba en tu frente.

Y no veías los árboles, ni la nube ni el aire.
Parecías desmayarte bajo el beso y su llama.
Parecías la paloma extraviada en su vuelo:
la paloma del ansia, la paloma que ama.

Te dije que te amaba, y un temblor de misterio
asomó a tus pupilas. Luego miraste, en sueños,
los árboles, la nube y el aire estremecido,
y en tus húmedos ojos hubo un aire de reto.

No parecías la misma de otras horas sin horas.
Ya sueñas, o ya vuelas y ni vuelas ni sueñas.
Te fatigan los brazos que te abrazan, paloma,
y, al sollozar, a un lirio desmayado recuerdas.

Ya sé que estoy perdido, pero siempre ganado.
Perdido entre tu sombra, ganado para nunca.
Mil besos son mil pétalos protegiendo tu piel
y tu piel es la lámpara que mis ojos alumbra.

¡Oh geografía del ansia, geografía de tu cuerpo!
Voy a llorar las lágrimas más amargas del mundo.
Voy a besar tu sombra y a vivir tu recuerdo.
Voy a vivir muriendo. Soy el que nunca estuvo.

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ABSOLUTO AMOR


Como una limpia mañana de besos morenos
cuando las plumas de la aurora comenzaron
a marcar iniciales en el cielo. Como recta
caída y amanecer perfecto.

Amada inmensa
como una violeta de cobalto puro
y la palabra clara del deseo.

Gota de anís en el crepúsculo
te amo con aquella esperanza del suicida poeta
que se meció en el mar
con la más grande de las perezas románticas.

Te miro así
como mirarían las violetas una mañana
ahogada en un rocío de recuerdos.

Es la primera vez que un absoluto amor de oro
hace rumbo en mis venas.

Así lo creo te amo
y un orgullo de plata me corre por el cuerpo.

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LAS VOCES PROHIBIDAS


Más despacio que nunca, casi agónicas,
marchan y duelen estas voces o estrellas.

Húmedos pies descalzos, breves pieles,
dulce origen, impío desorden. Voces
que purifican lo que tocan. Voces
todo milagro. Suaves voces de amor.

Voces para decir amor toda la vida
y todo el santo día y a la lenta distancia
de una noche de sueño, amor y voces.

Cálidas o despiertas, dormidas o ya frías,
estas voces se pegan a los labios
y dicen y se dicen altos, duros misterios,
prohibidos latidos, esbeltos calosfríos.

Despaciosas y firmes, llegan como
las bestias, crecen como el encino,
y no hay en ellas nada que no sea verdadero.

Pero duelen. Son dardos de amorosa ponzoña
y dan la seca muerte del olvido.

No perdonan, no aman,
no son ríos serenos, sino fuego,
ardiente maldición, dolorosa quietud.

Vienen así, calladas, caminando caminos
de helado polvo. Son las voces
que ya nunca se dicen.

Por eso duelen y por eso ardo
junto a ellas, como al pie de una hoguera.
Ardo y adoro al mismo tiempo
porque nada me callan o no me dicen nada.

Asciendo rudas catedrales de miedo
y el vacío es un lago de hambre y sal.
Me maldigo con ellas
pero duermo con ellas.

Cuando la sed se haya quemado
en mi garganta,
cuando no tenga paz ni amor,
cuando todo sea voces y no llantos,
una pequeña sombra habrá a mi lado.

No la rosa del ansia ni el clavel de miseria,
sino la joven luz del alba,
la joven voz del alba mía.

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EL AMOR


El amor viene lento como la tierra negra,
como luz de doncella, como el aire del trigo.
Se parece a la lluvia lavando viejos árboles,
resucitando pájaros. Es blanquísimo y limpio,
larguísimo y sereno: veinte sonrisas claras,
un chorro de granizo o fría seda educada.

Es como el sol, el alba: una espiga muy grande.

Yo camino en silencio por donde lloran piedras
que quieren ser palomas, o estrellas,
o canarios: voy entre campanas.
Escucho los sollozos de los cuervos que mueren,
de negros perros semejantes a tristes golondrinas.

Yo camino buscando tu sonrisa de fiesta,
tu azul melancolía, tu garganta morena
y esa voz de cuchillo que domina mis nervios.
Ignorante de todo, llevo el rumbo del viento,
el olor de la niebla, el murmullo del tiempo.

Enséñame tu forma de gran lirio salvaje:
cómo viven tus brazos, cómo alienta tu pecho,
cómo en tus finas piernas siguen latiendo rosas
y en tus largos cabellos las dolientes violetas.

Yo camino buscando tu sonrisa de nube,
tu sonrisa de ala, tu sonrisa de fiebre.
Yo voy por el amor, por el heroico vino
que revienta los labios. Vengo de la tristeza,
de la agria cortesía que enmohece los ojos.

Pero el amor es lento, pero el amor es muerte
resignada y sombría: el amor es misterio,
es una luna parda, larga noche sin crímenes,
río de suicidas fríos y pensativos, fea
y perfecta maldad hija de una Poesía
que todavía rezuma lágrimas y bostezos,
oraciones y agua, bendiciones y penas.

Te busco por la lluvia creadora de violencias,
por la lluvia sonora de laureles y sombras,
amada tanto tiempo, tanto tiempo deseada,
finalmente destruida por un alba de odio.

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LOS RUIDOS DEL ALBA


I

Te repito que descubrí el silencio
aquella lenta tarde de tu nombre mordido,
carbonizado y vivo
en la gran llama de oro de tus diecinueve años.

Mi amor se desligó de las auroras
para entregarse todo a su murmullo,
a tu cristal murmullo de madera blanca incendiada.

Es una herida de alfiler sobre los labios tu recuerdo,
y hoy escribí leyendas de tu vida
sobre la superficie tierna de una manzana.

Y mientras todo eso,
mis impulsos permanecen inquietos,
esperando que se abra una ventana para seguirte
o estrellarse en el cemento doloroso de las banquetas.
Pero de las montañas viene un ruido tan frío
que recordar es muerte y es agonía el sueño.

Y el silencio se aparta, temeroso
del cielo sin estrellas,
de la prisa de nuestras bocas
y de las camelias y claveles desfallecidos.


II

Expliquemos al viento nuestros besos.
Piensa que el alba nos entiende:
ella sabe lo bien que saboreamos
el rumor a limones de sus ojos,
el agua blanca de sus brazos.

¡Parece que los dientes rasgan trozos de nieve.
El frío es grande y siempre adolescente.
El frío, el frío: ausencia sin olvido.)

Cantemos a las flores cerradas,
a las mujeres sin senos
y a los niños que no miran la luna.
Cantemos sin mirarnos.

Mienten aquellos pájaros y esas cornisas.
Nosotros no nos amamos ya.
Realmente nunca nos amamos.

Llegamos con el deseo y seguimos con él.
Estamos en el ruido del alba,
en el umbral de la sabiduría,
en el seno de la locura.

Dos columnas en el atrio
donde mendigan las pasiones.
Perduramos, gozamos simplemente.

Expliquemos al viento nuestros besos
y el amargo sentido de lo que cantamos.

No es el amor de fuego ni de mármol.

El amor es la piedad que nos tenemos.

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LA ROSA PRIMITIVA


Escribo bajo el ala del ángel más perverso:
la sombra de la lluvia y el sonreír de cobre de la niebla
me conducen, oh estatuas, hacia un aire maduro,
hacia donde se encierra la gran severidad de la belleza.

Escribo las palabras y el penetrante nombre del poema,
y no encuentro razón, flor que no sea
la rosa primitiva de la ciudad que habito.

Nunca el poema fue tan serio como hoy, y nunca el verso
tuvo la estatura de bronce de lo que no se oculta.

Hacia el amor, las manos, y en las manos, gimiendo,
hojas de yerba amarga del pensamiento gris,
secas raíces de una melancolía sin huesos,
la danza del deseo muerto a vuelta de esquina
y un sollozo frustrado gracias a la ternura.

Hacia el amor, sonrisas, y en ellas, como almas,
el malogrado espíritu de un mensaje que un día
cobró cierta estructura, y que hoy, entorpecido,
circula por las venas.

Nunca digas a nadie que tienes la verdad en un puño,
o que a tus plantas, quieta, perdura la virtud.

Ama con sencillez, como si nada.

Sé dueño de tu infierno, propietario absoluto
de tu deseo y tus ansias, de tu salud y tus odios.

Fabrícate, en secreto, una ciudad sagrada,
y equilibra en su centro la rosa primitiva.

Al pueblo y a la hembra que enciendan cuanto hay en ti de hermoso,
y murmuren mensajes en tus oídos frágiles,
debes verlos con santa melancolía y un aire desdeñoso,
mandarlos hacia nunca, hacia siempre,
hacia ninguna parte...

Quédate con la rosa del calosfrío,
la rosa del espanto estatuario,
la inmaculada rosa de la calle,
la rosa de los pétalos hirientes,
la rosa-herrumbre del fiero desencanto,
la primitiva rosa de carne y desaliento,
la rosa fiel, la rosa que no miente,
la rosa que en tu pecho debe ser la paloma
del latido fecundo y el vivir con un pulso
de gran deseo hirviendo a flor de labio.

La rosa, en fin, de las espinas de oro
que nuestra piel desgarran y la elevan
hacia el sereno cielo de donde la poesía
nos llega mutilada, como ruinas del alba.

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CANCIÓN DE LA DONCELLA DEL ALBA

(Para Thelma)


Se mete piel adentro
como paloma ciega,
como ciega paloma
cielo adentro.

Mar adentro en la sangre,
adentro de la piel.
Perfumada marea,
veneno y sangre.

Aguja de cristal
en la boca salada.
Marea de piel y sangre,
marea de sal.

Vaso de amarga miel:
sueño dorado,
sueño adentro
de la cegada piel.

Entra a paso despacio,
dormida danza;
entra debajo un ala,
danza despacio.

Domina mi silencio
la voz del alba.
Domíname, doncella,
con tu silencio.

Tómame de la mano,
llévame adentro
de tu callada espuma,
ola en la mano.
Silencio adentro sueño
con lentas pieles,
con labios tan heridos
como mi sueño.

Voy vengo en la ola,
coral y ola,
canto canción de arena
sobre la ola.

Oh doncella de paz,
estatua de mi piel,
llévame de la mano
hacia tu paz.

Búscame piel adentro
anidado en tu axila,
búscame allí,
amor adentro.

Pues entras, fiel paloma,
pisando plumas
como desnuda nube,
nube o paloma.

Debo estar vivo, amor,
para saberte toda,
para beberte toda
en un vaso de amor.

Alerta estoy, doncella
del alba; alerta
al sonoro cristal
de tu origen, doncella.

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MEDITACIÓN DE LA ROSA


Supón, mi amor, que trazamos la hora con una rosa
y que el agua es la medida de todas las rosas.
Piensa, azucena, en un becqueriano batir de alas
presente a nuestro paso, inmerso en nuestro tiempo.

Siempre hay alguien desnudo en lo que va del cielo
a esta tierra de duros y salobres pensamientos.
Yo te miro decir y escucho tu silencio
cuando lloro los días que fueron pavorosos.

Una balada es un poco de tibia espuma
es un sereno atardecer salido de la nada.
Supón entonces, amor mío, que hay un espejo
al que sonríes por las verdades ya dichas.

La luna acaba de ser amada, dijo un poeta
que simplemente se llamaba Juan punto y aparte.
Sabes bien que habrá una invasión de misterios
bien soñados tal vez o dulcemente pensados.

Andamos y desandamos mil y un caminos
como sombritas de fieras sin salida posible.
El hombre es la más bella conquista del aire
insistió aquel poeta que se llamaba nada más Juan.
Un miedo de singulares perfiles nos abruma
mientras morimos gritando ¡amor! amor.

Hemos vivido más o menos como ángeles en pena
navegando en lo que llamamos un desierto ardiente.
Amando hasta nunca decir basta de amar
y oído y visto guerras de infinito terror.

La bondad nos quedaba estrictamente prohibida
porque ya no había espacio ni necesaria era.
Apostamos la vida a un albur de silencio
cuando el amor no era sino una niña espina.

Alguien nunca esperado se acerca paso a paso
y pretende quebrar este amor de la rosa de hielo.
Hoy debemos cerrar las puertas, las ventanas
y no dejar entrar la niebla y su veneno.

Pues te repito que tendremos los agrios pensamientos
que suelen suceder al sudor amoroso.
Ahora supón, oh descarnada rosa bienamada
que nos fatiga el encierro y salimos a una calle.

)Por qué no hay aquí una calle nombrada Góngora
con los campos de plumas tan urgentes?
Ignoro si ganamos o perdimos la batalla
contra los días que fueron y los días que vendrán.

No estoy ni estuve para decir cuáles penas
nos afligieron ni para descubrir lo que somos.
Sólo sé que no sé nada sino amarte
como se ama a la rosa paridamente fresca.

Te contaré mis ciclos de histeria y de neurosis
como si fueran sólo el alma de mi siglo.
Todo parece primitivo todo insomne
todo parece mar parece dientes parece lejos.

Ámame por desdicha por descanso porque sí
o porque no o porque nada o por mero desvel
Después de todo soy una constante rebelión
sofocada como adivinarás a pura sangre.

Vamos tú y yo y aquella rosa recién llegada
por una oscuridad parecida a un reino quietísimo.
Hemos vivido y viviremos en la memoria de aquel hombre
que pasa como un árbol que no tiene descanso.

No pienses ya nada ni nada supongas
porque las fronteras son irremediables
y yo sobrevivo tú sobrevives todos sobrevivimos
para que el amor sea el gemido de siempre
y la piel no parezca un campo incendiado
y la dicha recorra tu cuerpo como una caricia mía.

mario santiago papasquiaro-infrarrealismo

Tatuaje

Mi poesía es mi semilla obsesiva
la sandía parpadeante con que me baño & me muerdo
mi orquesta-adnauseam de niños perdidos
la radio-naranja de mis transmisiones más ácidas
Vista yo como pollo sin patas
o jarro de barro con frijoles acedos
Mueva yo mis pulmones cual alfiles o torres
o a puras burbujas de camaralenta
desde la golden catatonia / desde el clorofórmico estatus
a la manera del jazz de Coltrane
me desentierre & salpique
Mi poesía es mi sonrisa
mi lujuria / mi gula
mi galáctico estilo de vagabundear sin 1 quinto
mi engrapado pasito
mi catapulta proteica de extraño sabor & mejor condimento
el puente de instantes & besos
que elijo & elijo / como veneno & escudo
el lote baldío donde a silbidos de humo
prendidísimo a mi plumaje / a mis garras
atentísimo sólo a mi propio almuerzo desnudo
a la ½ de 1 pesadilla
en el cuarto oscuro de 1 pildorita con alas
en menos de lo que chilla 1 relámpago
con sólo hacerme ven/ ven con tu dedo
caminando muy en ti
vas a encontrarme
vas a encontrarme





CALLEJÓN SIN SALIDA
Callejón sin salida / ayúdanos
a ensanchar nuestros sentidos
Tú tan ninguneado
cueva / desierto / metrópoli filosa
árida ranchería / témpano cortante
puente dilatado por 1 gas
que de repente pulveriza
los inencontrables tréboles de 4 hojas
que oxigenan alimentan prestan sus alas
a tus pulmones heridos / a las pezuñas de canguro
con que avanzan tus orillas
Callejón sin salida
tablita pirata
salto de tigre
transpiración entre la niebla
LSD escurridizo
rostro en el que vemos beber
chupar su fuerza
a las especies más nómadas
de nuestros árboles de fuego
Callejón sin salida
voz de los inquietos
canción de los difíciles
biombo de cerezos
que escogen para sus muecas los travestis
Inyección de bastas
papiro con signos
al que sólo los imbéciles
son capaces de no entregar su vista
Cuna de motines
incubadora de orgasmos
hamaca carnívora
en la que medito los jugos de jazz
con los que saldré más fresco
más brillante / de mis próximos incendios
Aparentemente tú has decidido darnos la espalda
acordonarnos los músculos del cuello
triturarnos los fusibles
jugar con nosotros al festín de los fantasmas
Pero lo cierto en este crucigrama
de barricadas temblonas
camas destendidas
citas inciertas
con lo desconocido intrauterino
Pero lo cierto en este crucigrama
es que la lengua del poeta te visita
el sudor del guerrillero penetra en ti / hasta los ojos
los fetos electrizados del deseo aún insatisfecho
bailan en tus vértebras
forjan sus flautines
prenden sus inciensos en tu pelvis
Mientras tú les sonríes les conversas
les regalas gasolina / soma vibrátil
dentaduras trepadoras que arrancas de ti mismo
& ya puedes considerarte
socio : complice : infrarrealista hermanito nuestro
Crucemos cojos / desgreñados o cantando
los gises polvorientos de esta raya
Callejón sin salida
autostop que me doy a mi mismo
Tu muslo izquierdo: enfermedad
tu muslo derecho: medicina
A la hora en que cierran sus taquillas
los centros nocturnos & los circos
En el momento en que se desmaya la venta de aspirinas
consoladores hexámetros famosos
es que tú apareces
en vías de tatuarnos bajo la piel
el rasguño primero de nuestro más obsesivo autorretrato
& ya hasta te silbamos entre sueños
& preferimos salir contigo & con cero pasaportes
a estas calles / bulevares de moho
pasadizos lechosos / vías directas a la hemorragia ámbar
Callejón sin salida
dinos con 1 ojo
rehileteando 1 pestaña
hacia dónde disparar
suave / febrilmente
nuestra última mirada-picahielo
nuestros últimos cartuchos
remolinos de clara vida & fresco semen
Para la normalidad estamos muertos
para la logística militar no existimos
para las gélidas aguas del cálculo bursátil
nuestras escamas / nuestras hélices
son encías fantasmagóricas
coágulos irresistibles de 1 resplandor
que nos pretenden negar a escopetazos
Pero tú bien sabes
que muy muy dentro de ti
acariciamos probamos tu bocado
rajamos para siempre
las alfombras sin luz propia del horóscopo
Callejón sin salida
callejón de muervida
socio : cómplica : infrarrealista hermanito nuestro.

MARIO SANTIAGO PAPASQUIARO
SUB COMANCHE INFRARREALISTA

Puerto Ray Bradbury

Zarpan los alucinados
tras los dedos de esa luna
que se bebe a sí misma con fanatismo vampiro
Sin costillas / ni casa
con más cejas que lana
con más boca que traumas
sin estéreo de risas ni televisivas fanfarrias
El gatillo de su desnudez es su nave / por ahora zumbando
Entre perros-astirstas & putitas de arándano
En cañadas de azufre desenradan las piernas
sus orillas las nutren
con mujeres curadas en barricas de vulva
En el culto al San Trago
barrenando paredes / desabrigando al idioma
Con 1 suave estallido los rodean las manzanas
Flores de Samotracia
por sus sienes / pelean
por su semen de mármol
sus insomnios zancudos
& el jabalí de su exilio que ningún cosmos reclama
Zarpan los alucinados
Como ratas sin musa
En sus cantimplortas la maciza ternura hace olas
& claro que hay cuero / cachete & hasta tripas comunes
Avisperos de noche en el burdel de la historia
Apenas la peste arrecia jalan silbando
sacuden trotando su mínima cobija de sombra
1 sartén que les sirve para afeitarse los paisajes
& zarpan aunque ni Nadjia los siga
Del festín a los charcos
del museo al Big-Bang
La estación Invalidez se les aleja en el vuelo
Pero ellos / trotando
Le mientan la madre a toda silla de ruedas
a toda Mona Lisa sentada
a todo Da Vinci cobrando
La horca del hueso no los tienta ni rasga
Su amanecer es travieso
Jadeo de islas griegas
Comunión de galaxias
Más allá de estos lunares & estas ronchas que arden
Como en duro calzón de Campeón sin Corona


Para Akira Kurosawa

He introducido mi vida
en la vulva radiante de la estupefacción
/Mi droga es respirar este aire caliente/
Traducir a la luna en mi piel
:hermanar mis heridas con su savia creciente:
A la orilla del fulgor del tren
Mi sueño es 1 viaje coital derramado
/ Mi escritura : mi cama/
Mi mujer : la Pasión
Entre espinas & flamas
Me despierta el milagro
de beber mi arrebol
Pues del trébol se trata
De la vena maciza del ornitorrico cantor
Del espejo pintado de sangre
De la danza jadeante
De vivir en sazón
/La chaquira del muerto la revende el adiós/
la barriada más lumpen es valeca del sol
Porque trago arcoíris
Porque cago relámpagos
Quizás vuelen mis ojos
Engarzados en viento
a este cristal revivido / que rompe su cárcel
: zopilote goteando calor :

lunes, 10 de enero de 2011

LOS SEMBRADORES DE LA DISCORDIA-MACK REYNOLDS

Harvey Todd, director del Departamento de Seguridad, puso sus iniciales en dos documentos, los dejó a
un lado y tomó otro informe. No se molestó en levantar la vista.
—Desearía que fueras lo más breve posible, Ross. Estoy lleno de trabajo.
—Jefe —comenzó con vacilación Ross Wooley—, supongamos que deseo investigar algo por cuenta
propia, siguiendo una corazonada.
Todd dirigió una mirada inquisitiva a su subordinado.
—¿Qué traes entre manos?
—Es algo bastante raro —respondió el otro—. Algo que le hará pensar si estoy en mis cabales.
Harvey Todd descansó la pluma y sonrió a su mejor agente.
—Debe tratarse de algo gordo, Ross. Pero tu reputación es buena y tus presentimientos han sido
acertados hasta ahora. ¿De qué se trata?
Wooley se rascó la barbilla con la uña del pulgar.
—Jefe —murmuró lentamente, sin estar seguro de cómo serían recibidas sus palabras—, tengo razones
para sospechar que hay visitantes indeseables en los Estados Unidos.
El jefe del departamento lo miró con recelo.
—Por supuesto que hay visitantes indeseables. ¿Y qué hay de eso? No es de nuestra jurisdicción.
—Quiero decir, visitantes del espacio, de otro planeta tal vez.
—¿Has bebido?
—No, señor.
Harvey Todd lo miró largamente, sin decir nada. Por fin murmuró:
—Oigamos.
—Me gustaría tener su permiso para investigar. Si no me lo concede, le pediré una licencia para
investigar por mi cuenta. Y si no es posible, presentaré mi renuncia para tener libertad de hacerlo como
simple ciudadano. —Los ojos del agente parpadearon con rapidez tras los anteojos de concha.
Todd miró el montón de cartas que estaba sobre su escritorio y suspiró. Las hizo a un lado, metió la
mano al cajón de su escritorio y sacó una vieja pipa y una lata de tabaco. No habló hasta que la pipa
estuvo llena y encendida y él se reclinó en el respaldo de su sillón, aspirando el aromático humo.
—Parece ser de mucha importancia para ti. ¿Qué sabes de eso?
El agente se agitó incómodo.
—No lo suficiente para que tenga sentido, jefe. Un artículo aquí, una observación allá, algún comentario
de un oscuro científico; es más un presentimiento que otra cosa. Lo que deseo es disponer del tiempo
necesario para llevar a cabo una investigación preliminar. Si obtengo algo definido, lo reportaré de
inmediato. Entonces, será cuenta suya.
Harvey Todd dejó que el humo escapara por su nariz y miró con preocupación a Ross.
—Necesito algo más que eso. No puedo asignar a un agente para que ande por ahí buscando
personajes al estilo de Buck Rogers, sin tener una idea de qué se trata exactamente.
—Usted dijo que mi reputación era buena —le recordó Ross.
Todd tomó su pluma y dibujó abstraídamente sobre un papel.
—Sería terrible para el departamento quedar expuesto al ridículo, Ross. El año pasado estuvimos varias
veces bajo el fuego. Conozco algunos miembros del Congreso que gozarían si supieran que he asignado un
agente para perseguir marcianos.
—¿Prefiere entonces mi renuncia? —La voz del dinámico agente se hizo tensa.
Su jefe gruñó con disgusto; finalmente se decidió.
—¡No, maldita sea! Haz tus investigaciones. Pero, por amor del cielo, ten discreción. Si esto llega a los
periódicos, la prisión de Alcatraz será poco para ti.
Ross Wooley sonrió al decir:
—Gracias..., eh..., tendré que hacer algunos viajes.
—Habla con Smith cuando salgas. Ahora, vete. Creo que estás loco. —Harvey Todd tomó su pluma y
otro rimero de cartas, suspiró, y continuó su trabajo.
La sirvienta lo condujo al estudio. Miró rápidamente a su alrededor y recibió la impresión de
interminables estanterías de libros, algunos sillones bastante cómodos, buena iluminación, dos pinturas al
óleo de cierta calidad en los muros y un pequeño bar portátil. Un cuarto de hombre de estudio.
El profesor André Dumar levantó la vista con un fruncimiento de ceño y miró nuevamente la tarjeta que
tenía en sus manos.
—¿El señor Ross Wooley?
—Así es —el agente se volvió hacia la sirvienta. Ésta abandonó la habitación, cerrando la puerta tras de
sí.
—Tome asiento, señor Wooley —ofreció el profesor—. No tiene usted el aspecto que Hollywood
atribuye a los agentes de seguridad.
Ross Wooley no sonrió. Muchas veces antes había escuchado las mismas palabras.
—Esa es una ventaja para mi trabajo, profesor.
—Hace unos treinta años, mientras aún estudiaba, recuerdo haber escrito un ensayo para mi clase de
antropología titulado: «Comunismo primitivo entre los amerindios». Aparte de eso, no puedo pensar en
nada de mi vida que motive la visita de un hombre del Departamento de Seguridad.
—Vengo por información, profesor —indicó Ross, tomando asiento—. Usted parece ser una autoridad
en algunas materias oscuras; algo así como un especialista en desviaciones.
—Parece que necesita ser más explícito, joven.
—Usted limitó sus investigaciones a materias que muchos hombres de ciencia, por temor al ridículo,
deliberadamente evitan. Telepatía, clarividencia, por ejemplo; usted ha sido un precursor en sus estudios
iniciales.
—Actualmente eso cae fuera de mi línea de trabajo, pero es una investigación fascinante —explicó el
profesor—. Ahora que el hielo está roto, le diré que diversos especialistas más capaces que yo están
trabajando activamente en Percepción Extra Sensorial.
Ross Wooley pasó nerviosamente la mano por su barbilla.
—Antes de seguir adelante, profesor, me gustaría que comprendiera que no importa cuán extrañas sean
las cosas que le pregunte, mi departamento le suplica que no las comente, ni siquiera con los miembros de
su familia.
El profesor Dumar frunció el ceño y miró nuevamente la tarjeta.
—Aquí dice que usted es agente del gobierno. ¿Puede probarlo?
Wooley sonrió.
—Una precaución natural, profesor —agregó Wooley. Sacó su identificación del bolsillo y se la tendió
al otro, para su inspección.
El profesor examinó cuidadosamente las credenciales, descolgó el teléfono y pidió al operador.
—Deme el Departamento de Seguridad, por favor... Hola, habla el profesor André Dumar. Aquí en mi
estudio hay un hombre que pretende llamarse Ross Wooley. ¿Tienen ustedes un agente que responda a ese
nombre?... Gracias. ¿Puede describirlo? Muchas gracias. Adiós.
El profesor devolvió las credenciales y descansó en su sillón.
—Parece ser que usted es realmente quien pretende. ¿Cuáles son las preguntas?
Ross Wooley enmarcó cuidadosamente la primera.
—Profesor, ¿hay vida en el Universo, además de la que se encuentra en la Tierra?
Dumar se quitó los anteojos y lo miró.
—¿Vida?
—Sí. Vida diferente.
El científico pensó un momento, y después dijo con lentitud:
—Estamos positivamente seguros que existe vegetación, por lo menos en Marte; pero es muy
improbable que los demás planetas tengan formas de vida.
—¿Y qué hay de otros sistemas estelares?
—Por supuesto, las autoridades difieren considerablemente...
—Le pregunto
su
opinión, profesor —lo interrumpió Wooley.
El otro se movió como si la pregunta del agente lo irritara.
—Dada la multitud de estrellas en nuestro Universo, es posible que las condiciones aplicables a nuestro
sistema solar se dupliquen en otra parte. En tal caso, diría que la vida también se duplicaría.
—¿Vida inteligente?
—Posiblemente.
—Ahora bien, esta pregunta es importante, profesor. Suponiendo que la vida exista en otros sitios,
¿podrían sus representantes venir a la Tierra?
El profesor Dumar golpeó el marco de oro de sus anteojos con la uña.
—¿Quién le ha informado de mis investigaciones en este campo? —indagó.
Acerté
, pensó el agente, sin aliento. Y dijo con calma:
—Nadie, profesor, fue un golpe a ciegas. Dígame, por favor, lo que pueda.
Dumar se puso de pie y fue a su bar portátil.
—¿Bebe? —preguntó por sobre su hombro.
—No, gracias.
Fue la primera pista en la investigación. El agente estaba bastante estimulado, sin necesidad de alcohol.
—Si no le importa, yo tomaré un trago —el profesor se sirvió whisky con agua y volvió a su sillón. De
un trago se bebió la mitad y se extendió en la materia.
—Hace unos tres años me di cuenta que en la Tierra habían formas extrañas de vida. Aparentemente
han estado aquí por un largo período, pero algo anda mal con ellas. Mi primera pista fue el hecho que
parecían causar repulsión a los demás animales, incluyendo al hombre.
—¿Cómo es eso? —interrumpió Wooley.
El profesor se pasó una mano entre los cabellos, con irritación, como si fuera difícil de explicar.
—Tome a la araña, por ejemplo, o a la serpiente; nueve de cada diez personas sienten una instintiva
aversión a la vista de aquéllas. Creo que eso es porque sabemos que no pertenecen al mundo nuestro. Son
ajenas a la Tierra y, subconscientemente, nos damos cuenta y se nos pone la carne de gallina. A esta lista
se pueden añadir la rata y la cucaracha.
—Siempre he pensado que el temor a la serpiente y a la araña es instintivo, heredado del hombre
primitivo. Después de todo, son venenosas.
El profesor movió la cabeza.
—Eso no es una respuesta. Pocas arañas y serpientes son ponzoñosas. Además, no es sólo temor, es
una absoluta repulsión la que sentimos. Por otra parte, los animales de presa mataron más hombres
primitivos que las arañas o las serpientes. ¿Por qué no sentimos esa instintiva aversión cuando vemos a los
leones, osos o lobos? Y, finalmente, tendrá usted que aceptar que la repugnancia es semejante, aun cuando
no tan fuerte, por las ratas y las cucarachas, aunque ciertamente no son venenosas.
El agente hizo un gesto.
—Pero, ¿cómo llegaron aquí? No sugerirá usted que las serpientes, las arañas o las ratas tengan la
habilidad para construir naves espaciales.
—Con toda franqueza, ése ha sido el mayor obstáculo de mi teoría. Tengo dos respuestas posibles, y
ninguna de las dos me satisface.
—¿Tiene algún inconveniente en explicarlas?
—Una posibilidad es que hace mucho tiempo llegó una nave espacial y se estrelló. Las formas de vida
que la tripulaban se vieron forzadas a permanecer aquí. Sin embargo, las condiciones en la Tierra eran
diferentes de las de su planeta original y no tuvieron éxito en adaptarse. Degeneraron hasta quedar al
mismo nivel de las formas de vida no inteligentes en la actualidad.
Ross Wooley no quedó satisfecho.
—¿Qué lo llevó a esa teoría?
—Me pareció notar que la rata ocupó, en alguna oportunidad, un escalón más alto en la escala de la
evolución. Notará que la rata a veces decora su nido con trozos de vidrio de colores o fragmentos
brillantes de metal. ¿Puede ser eso el vestigio de un sentido estético?
—¿O los principios? —sugirió Wooley.
—Posiblemente. No siento muy fuerte esta teoría. La que prefiero es la dice que son conejillos de indias
—dijo el profesor.
—¿Conejillos de indias?
—Así es. Supongamos que otro planeta deseaba sitio para expandirse y vio en la Tierra una posible
colonia. Antes de arriesgarse a enfermedades desconocidas, y otras posibilidades letales, simplemente
desembarcarían cierto número de especies inferiores de su propio planeta. Si la serpiente, araña, rata y
cucaracha pudieran adaptarse a la Tierra sin sufrir daños, entonces los invasores estarían en posibilidades
de apoderarse del planeta, sin temor.
Ross Wooley parpadeó.
—Profesor, me parece que el punto más débil de sus teorías es el hecho que esas formas de vida han
estado en la Tierra indefinidamente. La cucaracha, por ejemplo, me parece haber leído que es uno de los
habitantes más antiguos de la Tierra. Y todos ellos, serpiente, araña y rata, han estado desde los tiempos
más antiguos.
Dumar tomó un sorbo de su bebida, pensativamente.
—No sabemos que los extraños tengan ninguna prisa. Quizá estén dispuestos a esperar cientos de miles
de años para estar seguros que la Tierra es apropiada para su especie. Para una civilización joven como la
nuestra unos cuantos millares de años parecen un período interminable, pero para una cultura que puede
tener una edad de millones de años, es ciertamente muy poco tiempo.
—Entonces, para resumir, usted cree que hay otra vida inteligente en el Universo y que, por una razón o
por otra, han desembarcado extrañas formas de vida en la Tierra.
El profesor asintió.
—Más o menos, así es.
El siguiente nombre lo llevó hasta el otro extremo del continente, en San Francisco; hubiese vacilado en
gastar el tiempo y el dinero necesarios, a no ser por el renovado interés que le inspirara Dumar.
—Esto forma parte de una de sus recientes conferencias —empezó el agente, sacando un recorte de un
sobre y leyendo en voz alta—: «de hecho, son tan caóticos los asuntos humanos, es tan increíble que él
mismo sea su peor enemigo, que se pudiera creer que seres extraños del espacio, enemigos debido a
alguna razón ignota, se encuentran entre nosotros saboteando nuestros esfuerzos hacia el progreso...»
—¿Es correcta la referencia? —preguntó Wooley alzando la vista.
El conferencista de fama nacional, en cuya oficina se encontraban, frunció el ceño, pero asintió.
—Substancialmente.
—¿Qué quiso decir con eso?
Morton Harrison hizo un gesto de impaciencia.
—No quise decir nada en particular. ¿A qué conclusión quiere llegar?
Ross Wooley guardó el recorte en su bolsillo.
—¿De dónde sacó la idea que existe la posibilidad que haya visitantes del espacio entre nosotros?
El otro empezó a reír.
—¡Cielo santo, joven! ¿Ha llegado el Departamento de Seguridad al extremo de investigar a personajes
de ciencia ficción? Esa idea no significa nada; sólo intenté acentuar que el hombre es enemigo de sí mismo
hasta un extremo que parece imposible.
—¿Puede citar un ejemplo?
—Puedo citarle muchos, pero me conformaré con uno o dos. ¿Ha notado usted que las personas y
organizaciones que pugnan por el avance del hombre son habitualmente ignoradas o escarnecidas?
Tomemos a los pacifistas, por ejemplo. La mayor parte de la gente los clasifica como chiflados. En tiempos
de paz, se les ridiculiza, y en tiempos de guerra, son arrojados a la cárcel o a campos de concentración.
Todos pretenden estar contra la guerra; ¿por qué entonces ese desprecio para quienes más enérgicamente
trabajan para acabar con ella?
—Nunca se me ocurrió —confesó Ross, pensativamente.
—Permítame otro ejemplo —continuó Harrison—. En este país nos gusta hablar de nuestras libertades,
pero realmente hay pocos sitios donde se pueda encontrar más intolerancia y persecución. En nuestros
estados del sur, el ejemplo es obvio; y el antisemitismo existe en muchos lugares de la nación. Pero eso es
sólo el principio. En la costa del Pacífico tenemos discriminación contra los descendientes de japoneses, en
ciertas áreas; y en contra de los de ascendencia mexicana, en otras. En California central existe la
discriminación contra los descendientes de portugueses. En la región de los grandes lagos, contra los
finlandeses; en el sudoeste, contra el indio americano.
»No está limitada esta práctica a nuestro país. Cuando los americanos viajamos, a menudo encontramos
indicaciones que se mofan de nosotros, que se nos considera advenedizos y metalizados, por los miembros
de otras naciones. Es divertido ver cómo los norteamericanos, ingleses, franceses y otros miembros de las
Naciones Unidas se encrespan ante la actitud de alemanes y japoneses que claman ser superhombres;
pero, en realidad, nosotros practicamos la misma doctrina.
Wooley se agitó inquieto, como si fuera a protestar por la última parte de la conferencia, pero Harrison
lo contuvo con un ademán y continuó:
—Lo importante es que en vez de apoyar y luchar por causas tales como la abolición de la guerra, un
mejor sistema social, la terminación de la intolerancia y la discriminación racial, el promedio de los seres
humanos son llevados a atacar, o al menos sentir disgusto contra aquellos que trabajan para llegar a
obtener esos objetivos. Parece que deliberadamente luchamos contra las cosas que deseamos.
Ross Wooley guardó su cuaderno y se puso de pie.
—Creo que ahora lo entiendo. No estoy totalmente de acuerdo con usted; pero por lo menos, entiendo
su referencia en cuanto a los visitantes del espacio.
La entrevista con Harrison fue desalentadora, y sólo quedaba otro nombre en la lista. Era el de un
médico avecindado en Los Angeles.
La ciudad de los chiflados
, pensó. El tipo, probablemente,
pretendería tener a un marciano encerrado en el sótano.
Sin embargo, el doctor Kenneth Keith, presidente de la Asociación de Astronáutica Occidental y
miembro destacado de un grupo forteano, estaba demasiado cerca para no verlo. Ross tomó el avión de
Los Angeles y un taxi para ir a la casa del hombre que escribiera un libro sobre las posibilidades de los
viajes espaciales.
Le tomó cinco minutos convencer a la señora Keith que él no era un fanático de la ciencia ficción,
tratando de entrevistar al presidente de la Sociedad Astronáutica, para discutir sobre las ventajas de
emplear ácido nítrico y anilina como combustible, en lugar de ácido nítrico y ethyl vinílico en el primer
cohete lunar.
Cuando se encontró finalmente en el estudio del doctor, vaciló antes de empezar. Tantas veces había
sido rechazado...
El doctor tomó la iniciativa.
—Probablemente está usted aquí debido a mi artículo acerca de la presencia de seres de otros planetas
aquí en la Tierra...
—¿Cómo...? —parpadeó Ross.
El doctor Keith se encogió de hombros.
—Se ha sugerido, casi probado, una veintena de veces. Sólo recientemente me di cuenta de por qué se
ha ignorado la prueba de esto, y creo que ya es tiempo de aclarar la situación. Por eso es que puse énfasis
en el hecho que aunque el hombre está en los umbrales de los viajes espaciales, no ha sido el primero en
utilizarlos.
Wooley se animó visiblemente.
—Antes de seguir adelante, usted dice que el hecho que han existido los viajes espaciales ha sido
probado una veintena de veces. Mencione una.
Keith se levantó y fue hacia uno de los estantes que llenaban las paredes. Regresó con un volumen que
arrojó al regazo del agente.
—Ahí está la prueba —señaló.
Ross lo tomó ávidamente, leyó el título y frunció el ceño.
—¡
Eso
! de Charles Fort.
Keith lo amenazó con un dedo.
—A eso me refiero. ¿Por qué se disgusta cuando ve la
prueba
que le ofrezco?
El agente arrojó despectivamente el libro a una pequeña mesa cercana a su asiento.
—Me temo que Fort no es exactamente aceptable como prueba. Por lo general se le clasifica como un
chiflado... —se detuvo recordando súbitamente lo que Morton Harrison le dijera. Aquellas personas que se
destacan en la lucha por el progreso del hombre, son escarnecidas como locos, fanáticos y
desequilibrados. Tal es el caso de Fort.
—Muy bien —aceptó—. Lo escucho. Diga.
El doctor Keith se lanzó animadamente a convencerlo.
—En el siglo pasado se estableció, en diversas ocasiones, que se han efectuado viajes desde otros
planetas al nuestro. Fort, entre otros, lo prueba en sus libros. Yo he sabido esto durante varios años y me
asombra que el hecho no sea aceptado generalmente. Hace poco encontré la razón.
—¿Y cuál es la razón? —preguntó ansiosamente Wooley.
—Los que hemos sospechado la existencia de estos visitantes, siempre pensamos en ellos sólo como
visitantes
. Los más, suponemos que no se revelan abiertamente ante nosotros, porque piensan en el
hombre como una criatura atrasada y no preparada aún para el intercambio con formas de vida más
avanzadas.
Ross se movió intranquilo.
—Pero, ¿qué ha descubierto?
La autoridad en cohetes lo miró fijamente.
—No son
visitantes
, son
conquistadores
. Posiblemente ya seamos propiedad, como lo sugirió Charles
Fort, pero me atrevo a pensar que nuestros potenciales amos aún no han asimilado a la Tierra.
Ross se pasó la mano por la barbilla.
—Me temo que no lo entiendo.
—Ningún conquistador se ha molestado jamás en apoderarse de un desierto sin valor o de una montaña
sin habitantes. Antes de adquirir un territorio, tiene éste que poblarse con alguien a quien explotar. Durante
cientos y miles de años, estos extraños han estado visitando la Tierra. Aún no estamos listos para ser
conquistados, pero les interesa vigilar que nuestro desarrollo se lleve a cabo a lo largo de la línea que les
conviene; algunas veces hasta nos ayudan.
»Al acercarnos finalmente a un grado de civilización, aumentan el control de nuestro destino. Desean que progresemos siguiendo ciertas normas y se aseguran que así lo hagamos. Entre otras cosas, no obstante que las guerras ya resultan ridículas, ellos se encargan que conservemos el espíritu guerrero; nutren nuestras supersticiones y nuestras intolerancias; nos mantienen divididos en naciones, clases, razas y
diferentes grupos religiosos.
»Cuando al fin lleguemos a poseer el secreto de los viajes espaciales, y es evidente que estamos a punto
de lograrlo, obviamente habrá llegado el momento en que asuman su papel como gobernantes.
—Pero..., ¿por qué?
Keith se puso de pie y se paseó por la habitación, con impaciencia.
—Tal vez nos han educado para ser soldados en sus guerras interplanetarias o interestelares; tal vez
para ser esclavos. Todo lo que sé es que empiezan a hacerse cargo de todo. Están tomando posiciones de
control en nuestros gobiernos, nuestros centros de comunicaciones, nuestros sistemas educativos. De este
modo han sido capaces de reírse de Fort y de escarnecer a otros seres humanos de visión más clara que
los demás.
Interrumpió su explosión verbal y se sentó de nuevo frente al agente.
—Las pruebas, señor Wooley, son incontables. Tomo por ejemplo los platillos voladores...
Harvey Todd, director del Departamento de Seguridad, levantó finalmente la vista de los papeles que
leía, se quitó la pipa, apagada largo rato y dijo:
—Es un informe asombroso, Ross —su expresión era inquisitiva.
El agente había permanecido sentado a un lado, mientras su jefe leía la veintena de páginas que resumían
su informe.
—Sí, señor —expresó.
—Me gustaría conocer tu propia opinión, ya que tú fuiste el que reunió el material. ¿Qué piensas de
esto?
Ross Wooley se frotó la barbilla, con su gesto característico.
—Brevemente, señor. Muchos años atrás, cuando la Tierra estaba en su infancia, llegaron los primeros
exploradores de otros planetas. Dejaron aquí algunas de las formas de vida de sus propios mundos, para
ver si sobrevivían. La serpiente y la araña son ejemplos de ello. Entonces al evolucionar el hombre,
asumieron cierto control de su desarrollo. La manera en que lo han hecho demuestra que no son
exactamente benévolos. Nadie puede pensarlo. Nunca.
»Cuando finalmente lleguemos al punto en que les interesa tomar una parte más activa en nuestros
asuntos, ellos tratarán de asimilarnos. Se ha sugerido que algunos de ellos ya se han infiltrado en los altos
puestos de los sistemas educativos del hombre, sus gobiernos y así por el estilo.
—¿Y usted cree realmente eso? —sonrió el jefe.
Ross Wooley enrojeció y dijo con terquedad:
—Sí, señor.
—Entonces, ¿hay un movimiento secreto de seres extraterrestres que operan dentro de la estructura de
nuestro gobierno.
Ross parpadeó tras los gruesos cristales de sus anteojos y asintió:
—Sí señor. Y creo que lo más importante en el mundo es desenmascarar a esos enemigos de la raza
humana; desarraigarlos, destru...
Harvey Todd lo interrumpió:
—Supongamos que le ordeno abandonar esto, que me parece una tontería...
—En ese caso, señor, renunciaría a mi trabajo para continuar las investigaciones por mi cuenta.
El director del Departamento de Seguridad lo miró largamente.
—Está bien, Ross —aceptó al fin, oprimiendo un botón en su escritorio.
Una sección del muro se deslizó en silencio. Dos figuras extrañamente vestidas salieron del pasadizo
secreto. No eran humanas, precisamente.
Los ojos del jefe contemplaron al agente.
—Tienes razón al creer que los de Aldebarán, no precisamente los de Marte o Venus, hemos asumido
posiciones en vuestros fantásticos gobiernos terrestres
Se volvió al primero de los desconocidos, quien apuntaba en dirección de Wooley con un arma de
aspecto letal.
—Dispongan de él del modo habitual.
Ross Wooley llevó la mano a su pistola. Una luz pálida brilló momentáneamente; dejó caer su arma,
paralizado, y se derrumbó hacia adelante. Los dos extraños lo sujetaron antes que llegara al suelo y
arrastraron su cuerpo hacia el pasadizo.
—Un momento —llamó Harvey Todd—. Llévense también su informe. Contiene varios nombres que
requieren una visita. El profesor Dumar y el doctor Keith, en particular.
Miró el montón de papeles sobre su escritorio y suspiró:
—Ahora, váyanse. Tengo mucho trabajo que hacer.

F I N