martes, 11 de enero de 2011

EFRAIN HUERTA-(1914 - 1982) POESIA

BUENOS DÍAS A DIANA CAZADORA

Muy buenos días, laurel, muy buenos días, metal, bruma y silencio.
Desde el alba te veo, grandiosa espiga, persiguiendo a la niebla,
y eres, en mi memoria, esencia de horizonte, frágil sueño.
Olaguíbel te dio la perfección del vuelo y el inefable encanto de estar quieta,
serena, rodilla al aire y senos hacia siempre, como pétalos
que se hubiesen caldo, mansamente, de la espléndida rosa de toda adolescencia.

Muy buenos días, oh selva, laguna de lujuria, helénica y ansiosa.
Buenos días en tu bronce de violetas broncíneas, y buenos días, amiga,
para tu vientre o playa donde nacen deseos de espinosa violencia.
¡Buenos días, cazadora,.flechadora del alba, diosa de los crepúsculos!
Dejo a tus pies un poco de anhelo juvenil y en tus hombros, apenas,
abandono las alas rotas de este poema.

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ÉSTE ES UN AMOR


Éste es un amor que tuvo su origen
y en un principio no era sino un poco de miedo
y una ternura que no quería nacer y hacerse fruto.
Un amor bien nacido de ese mar de sus ojos,
un amor que tiene a su voz como ángel y bandera,
un amor que huele a aire y a nardos y a cuerpo húmedo,
un amor que no tiene remedio, ni salvación,
ni vida, ni muerte, ni siquiera una pequeña agonía.

Éste es un amor rodeado de jardines y de luces
y de la nieve de una montaña de febrero
y del ansia que uno respira bajo el crepúsculo de San Ángel
y de todo lo que no se sabe, porque nunca se sabe
por qué llega el amor y luego las manos
- esas terribles manos delgadas como el pensamiento -
se entrelazan y un suave sudor de - otra vez - miedo,
brilla como las perlas abandonadas
y sigue brillando aun cuando el beso, los besos,
los miles y millones de besos se parecen al fuego
y se parecen a la derrota y al triunfo
y a todo lo que parece poesía - y es poesía.

Ésta es la historia de un amor con oscuros y tiernos orígenes:
vino como unas alas de paloma y la paloma no tenía ojos
y nosotros nos veíamos a lo largo de los ríos
y a lo ancho de los países
y las distancias eran como inmensos océanos
y tan breves como una sonrisa sin luz
y sin embargo ella me tendía la mano y yo tocaba su piel llena de gracia
y me sumergía en sus ojos en llamas
y me moría a su lado y respiraba como un árbol despedazado
y entonces me olvidaba de mi nombre
y del maldito nombre de las cosas y de las flores
y quería gritar y gritarle al lado que la amaba
y que yo ya no tenía corazón para amarla
sino tan sólo una inquietud del tamaño del cielo
y tan pequeña como la tierra que cabe en la palma de la mano.

Y yo veía que todo estaba en sus ojos - otra vez ese mar -,
ese mal, esa peligrosa bondad,
ese crimen, ese profundo espíritu que todo lo sabe
y que ya ha adivinado que estoy con el amor hasta los hombros,
hasta el alma y hasta los mustios labios.
Ya lo saben sus ojos y ya lo sabe el espléndido metal de sus muslos,
ya lo saben las fotografías y las calles
y ya lo saben las palabras - y las palabras y las calles y las fotografías
ya saben que lo saben y que ella y yo lo sabemos
y que hemos de morirnos toda la vida para no rompernos el alma
y no llorar de amor.

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DECLARACIÓN DE AMOR


Ciudad que llevas dentro
mi corazón, mi pena,
la desgracia verdosa
de los hombres del alba,
mil voces descompuestas
por el frío y el hambre.

Ciudad que lloras, mía,
maternal, dolorosa,
bella como camelia
y triste como lágrima,
mírame con tus ojos
de tezontle y granito,
caminar por tus calles
como sombra o neblina.

Soy el llanto invisible
de millares de hombres.

Soy la ronca miseria,
la gris melancolía,
el fastidio hecho carne.
Yo soy mi corazón desamparado y negro.

Ciudad, invernadero,
gruta despedazada.

Bajo tu sombra, el viento del invierno
es una lluvia triste, y los hombres, amor,
son cuerpos gemidores, olas
quebrándose a los pies de las mujeres
en un largo momento de abandono
-como nardos pudriéndose.

Es la hora del sueño, de los labios resecos,
de los cabellos lacios y el vivir sin remedio.

Pero si el viento norte una mañana,
una mañana larga, una selva,
me entregara el corazón desecho
del alba verdadera, ¿imaginas, ciudad,
el dolor de las manos y el grito brusco, inmenso,
de una tierra sin vida?
Porque yo creo que el corazón del alba
en un millón de flores,
el correr de la sangre
o tu cuerpo, ciudad, sin huesos ni miseria.

Los hombres que te odian no comprenden
cómo eres pura, amplia,
rojiza, cariñosa, ciudad mía;
cómo te entregas, lenta,
a los niños que ríen,
a los hombres que aman claras hembras
de sonrisa despierta y fresco pensamiento,
a los pájaros que viven limpiamente
en tus jardines como axilas,
a los perros nocturnos
cuyos ladridos son mares de fiebre,
a los gatos, tigrillos por el día,
serpientes en la noche,
blandos peces al alba;
cómo te das, mujer de mil abrazos,
a nosotros, tus tímidos amantes:
cuando te desnudamos, se diría
que una cascada nace del silencio
donde habitan la piel de los crepúsculos,
las tibias lágrimas de los relojes,
las monedas perdidas,
los días menos pensados
y las naranjas vírgenes.

Cuando llegas, rezumando delicia,
calles recién lavadas
y edificios-cristales,
pensamos en la recia tristeza del subsuelo,
en lo que tienen de agonía los lagos
y los ríos,
en los campos enfermos de amapolas,
en las montañas erizadas de espinas,
en esas playas largas
donde apenas la espuma
es un pobre animal inofensivo,
o en las costas de piedra
tan cínicas y bravas como leonas;
pensamos en el fondo del mar
y en sus bosques de helechos,
en la superficie del mar
con barcos casi locos,
en lo alto del mar
con pájaros idiotas.

Yo pienso en mi mujer:
en su sonrisa cuando duerme
y una luz misteriosa la protege,
en sus ojos curiosos cuando el día
es un mármol redondo.
Pienso en ella, ciudad,
y en el futuro nuestro:
en el hijo, en la espiga,
o menos, en el grano de trigo
que será también tuyo,
porque es de tu sangre,
de tus rumores,
de tu ancho corazón de piedra y aire,
de nuestros fríos o tibios,
o quemantes y helados pensamientos,
humildades y orgullo, mi ciudad,

Mi gran ciudad de México:
el fondo de tu sexo es un criadero
de claras fortalezas,
tu invierno es un engaño
de alfileres y leche,
tus chimeneas enormes
dedos llorando niebla,
tus jardines axilas la única verdad,
tus estaciones campos
de toros acerados,
tus calles cauces duros
para pies varoniles,
tus templos viejos frutos
alimento de ancianas,
tus horas como gritos
de monstruos invisibles,
¡tus rincones con llanto
son las marcas de odio y de saliva
carcomiendo tu pecho de dulzura!

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DECLARACIÓN DE ODIO


Estar simplemente como delgada carne ya sin piel,
como huesos y aire cabalgando en el alba,
como un pequeño y mustio tiempo
duradero entre penas y esperanzas perfectas.
Estar vilmente atado por absurdas cadenas
y escuchar con el viento los penetrantes gritos
que brotan del océano:
agonizantes pájaros cayendo en la cubierta
de los barcos oscuros y eternamente bellos,
o sobre largas playas ensordecidas, ciegas
de tanta fina espuma como miles de orquídeas.
Porque, ¡qué alto mar, sucio y maravilloso!
Hay olas como árboles difuntos,
hay una rara calma y una fresca dulzura,
hay horas grises, blancas y amarillas.

Y es el cielo del mar, alto cielo con vida
que nos entra en la sangre, dando luz y sustento
a lo que hubiera muerto en las traidoras calles,
en las habitaciones turbias de esta negra ciudad.
Esta ciudad de ceniza y tezontle cada día menos puro,
ciudad de acero, sangre y apagado sudor.

Amplia y dolorosa ciudad donde caben los perros,
la miseria y los homosexuales,
las prostitutas y la famosa melancolía de los poetas,
los rezos y las oraciones de los cristianos.

Sarcástica ciudad donde la cobardía y el cinismo son alimento diario
de los jovencitos alcahuetes de talles ondulantes,
de las mujeres asnas, de los hombres vados.

Ciudad negra o colérica o mansa o cruel,
o fastidiosa nada más: sencillamente tibia.

Pero valiente y vigorosa porque en sus calles viven los días rojos y azules
de cuando el pueblo se organiza en columnas,
los días y las noches de los militantes comunistas,
los días y las noches de las huelgas victoriosas,
los crudos días en que los desocupados adiestran su rencor
agazapados en los jardines o en los quicios dolientes.

¡Los días en la ciudad! Los días pesadísimos
como una cabeza cercenada con los ojos abiertos.
Estos días como frutas podridas.
Días enturbiados por salvajes mentiras.
Días incendiarios en que padecen las curiosas estatuas
y los monumentos son más estériles que nunca.

Larga, larga ciudad con sus albas como vírgenes hipócritas,
con sus minutos como niños desnudos,
con sus bochornosos actos de vieja díscola y aparatosa,
con sus callejuelas donde mueren extenuados, al fin,
los roncos emboscados y los asesinos de la alegría.

Ciudad tan complicada, hervidero de envidias,
criadero de virtudes desechas al cabo de una hora,
páramo sofocante, nido blando en que somos
como palabra ardiente desoída,
superficie en que vamos como un tránsito oscuro,
desierto en que latimos y respiramos vicios,
ancho bosque regado por dolorosas y punzantes lágrimas,
lágrimas de desprecio, lágrimas insultantes.

Te declaramos nuestro odio, magnifica ciudad.
A ti, a tus tristes y vulgarísimos burgueses,
a tus chicas de aire, caramelos y films americanos,
a tus juventudes ice cream rellenas de basura,
a tus desenfrenados maricones que devastan
las escuelas, la plaza Garibaldi,
la viva y venenosa calle de San Juan de Letrán.

Te declaramos nuestro odio perfeccionado a fuerza de sentirte cada día más inmensa,
cada hora más blanda, cada línea más brusca.

Y si te odiamos, linda, primorosa ciudad sin esqueleto,
no lo hacemos por chiste refinado, nunca por neurastenia,
sino por tu candor de virgen desvestida,
por tu mes de diciembre y tus pupilas secas,
por tu pequeña burguesía, por tus poetas publicistas,
¡por tus poetas, grandísima ciudad!, por ellos y su enfadosa categoría de descastados,
por sus flojas virtudes de ocho sonetos diarios,
por sus lamentos al crepúsculo y a la soledad interminable,
por sus retorcimientos histéricos de prometeos sin sexo
o estatuas del sollozo, por su ritmo de asnos en busca de una flauta.

Pero no es todo, ciudad de lenta vida.

Hay por ahí escondidos, asustados, acaso masturbándose,
varias docenas de cobardes, niños de la teoría,
de la envidia y el caos, jóvenes del "sentido práctico de la vida",
ruines abandonados a sus propios orgasmos,
viles niños sin forma mascullando su tedio,
especulando en libros ajenos a lo nuestro.

¡A lo nuestro, ciudad, lo que nos pertenece,
lo que vierte alegría y hace florecer júbilos,
risas, risas de gozo de unas bocas hambrientas,
hambrientas de trabajo,
de trabajo y orgullo de ser al fin varones
en un mundo distinto!

Así hemos visto limpias decisiones que saltan
paralizando el ruido mediocre de las calles,
puliendo caracteres, dando voces de alerta,
de esperanza y progreso.

Son rosas o geranios, claveles o palomas,
saludos de victoria y puños retadores.
Son las voces, los brazos y los pies decisivos,
y los rostros perfectos, y los ojos de fuego,
y la táctica en vilo de quienes hoy te odian
para amarte mañana cuando el alba sea alba
y no chorro de insultos, y no río de fatigas,
y no una puerta falsa para huir de rodillas.

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LA MUCHACHA EBRIA


Este lánguido caer en brazos de una desconocida,
esta brutal tarea de pisotear mariposas y sombras y cadáveres;
este pensarse árbol, botella o chorro de alcohol,
huella de pie dormido, navaja verde o negra;
este instante durísimo en que una muchacha grita,
gesticula y sueña por una virtud que nunca fue la suya.

Todo esto no es sino la noche,
sino la noche grávida de sangre y leche
de niños que se asfixian,
de mujeres carbonizadas
y varones morenos de soledad
y misterioso, sofocante desgaste.

Sino la noche de la muchacha ebria
cuyos gritos de rabia y melancolía
me hirieron como el llanto purísimo
como las náuseas y el rencor,
como el abandono y la voz de las mendigas.

Lo triste es este llanto, amigos, hecho de vidrio molido
y fúnebres gardenias despedazadas en el umbral de las cantinas
llanto y sudor molidos, en que hombres desnudos, con sólo negra barba
y feas manos de miel se bañan sin angustia, sin tristeza:
llanto ebrio, lágrimas de claveles, de tabernas enmohecidas,
de la muchacha que se embriaga sin tedio ni pesadumbre,
de la muchacha que una noche
y era una santa noche me entregara su corazón derretido,
sus manos de agua caliente, césped, seda,
sus pensamientos tan parecidos a pájaros muertos,
sus torpes arrebatos de ternura,
su boca que sabía a taza mordida por dientes de borrachos,
su pecho suave como una mejilla con fiebre,
y sus brazos y piernas con tatuajes,
y su naciente tuberculosis,
y su dormido sexo de orquídea martirizada.

Ah, la muchacha ebria, la muchacha del sonreír estúpido
y la generosidad en la punta de los dedos,
la muchacha de la confiada, inefable ternura para un hombre,
como yo, escapado apenas de la violencia amorosa.

Este tierno recuerdo siempre será una lámpara frente a mis ojos,
una fecha sangrienta y abatida.

¡Por la muchacha ebria, amigos míos!

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ÓRDENES DE AMOR

"¡Ten piedad de nuestro amor
y cuídalo, oh vida!"

(Carlos Pellicer)


1

Amor mío, embellécete.

Perfecto, bajo el cielo, lámpara
de mil sueños, ilumíname.
amor. Orquídea de mil nubes,
desnúdate, vuelve a tu origen,
agua de mis vigilias,
lluvia mía, amor mío.
Hermoso seas por siempre
en el eterno sueño
de nuestro cielo,
amor.

2

Amor mío, ampárame.

Una piedad sin sombra
de piedad es la vida. Sombra
de mi deseo, rosa de fuego.

Voy a tu lado, amor,
como un desconocido.

Y tú me das la dicha
y tú me das el pan,
la claridad del alba
y el frutal alimento,
dulce amor.

3

Amor mío, obedéceme:
ven despacio, así, lento,
sereno y persuasivo.

Sé dueño de mi alma,
cuando en todo momento
mi alma vive en tu piel.

Vive despacio, amor,
y déjame beber,
muerto de ansia,
dolorido y ardiente,
el dulce vino, el vino
de tu joven imperio,
dueño mío.

4

Amor mío, justifícame;
lléname de razón y de dolor.

Río de nardos, lléname
con tus aguas: ardor de ola,
mátame...

Amor mío.

Ahora sí, bendíceme
con tus dedos ligeros,
con tus labios de ala,
con tus ojos de aire,
con tu cuerpo invisible,
oh tú, dulce recinto
de cristal y de espuma,
verso mío tembloroso,
amor definitivo.

5

Amor mío, encuéntrame.

Aislado estoy, sediento
de tu virgen presencia,
de tus dientes de hielo.

Hállame, dócil fiera,
bajo la breve sombra de tu pecho,
y mírame morir,
contémplame desnudo
acechando tu danza,
el vuelo de tu pie,
y vuélveme a decir
las sílabas antiguas del alba:
Amor, amor-ternura,
amor-infierno,
desesperado amor.

6

Amor, despiértame
a la hora bendita, alucinada,
en que un hombre solloza
víctima de sí mismo y ábreme
las puertas de la vida.

Yo entraré silencioso
hasta tu corazón, manzana de oro
en busca de la paz
para mi duelo. Entonces
amor mío, joven mía,
en ráfagas la dicha placentera
será nuestro universo.

Despiértame y espérame,
amoroso amor mío.

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PARA GOZAR TU PAZ


Como el viento agita las altas hierbas
así mis dedos vuelan sobre tu cabellera de diamantes,
y la noche de alcohol y los árboles de oro
encierran para siempre un sollozo de triunfo,
el ay de la alegría, el ah definitivo.

Como el aire de junio en la colina
mueve la dulce sombra de la nube,
así mi corazón se sacrifica
en el húmedo templo de tu pelo.

Nave sin dueño, sombra de ardorosa
violencia, esta mi mano canta
bajo el murmullo alado de tu gloria.

Porque tienes la luz y la belleza
en el sereno estanque de tu rostro,
así el negro laurel es tu corona
y es mi fatiga y es
la sangre del insomnio.

Sólo cuando el pecado es la guirnalda
y la atadura, la cadena infinita
y el profundo latido; sólo cuando
la hora ha llegado, y tú,
joven de rosas y jazmines,
miras al horizonte del deseo
y dejas que el tesoro de seda y maravilla
sea la noche en mis manos,
sólo entonces, dorada,
todo me pertenece:
las hierbas agitadas y el viento
corriendo como el agua entre mis dedos:
agua de mi delirio, eterna fiebre,
espejismo y violencia, dura espina
pedernal de la muerte, lento mármol,
millón de espigas negras.

Donde nace la idea,
donde tus pensamientos
-aves en dulce selva sometidas-,
donde mis labios buscan el milagro,
ahí estará mi fuerza.

Ahí estará el dolor de mi presencia:
al pie de tu dominio y tu pureza,
sin más aroma que el júbilo
y una medalla de aire,
palpitante, como el fuego
de una lágrima viva.

Crece la hierba, el río,
y el ala de la garza
es la mano de Dios que se despide.

Crece el amor en invisible grito
¡quemante, activa espada),
y el corazón despierta
como herido de muerte.

Doblo la lenta hoja del silencio
y te apareces tú, página y perla,
con el cabello al viento
y una cierta sonrisa de alta luna.

Suave y veloz, como el aire de junio,
beso tu cabellera de diamantes,
el tesoro escondido de tu sueño,
y digo adiós a la violencia
para gozar tu paz,
tu dulce, tu gloriosa geografía,
por siempre detenido,
por siempre enamorado.

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ERES, AMOR...


Eres, amor, el brazo con heridas
y la pisada en falso sobre un cielo.

Eres el que se duerme, solitario,
en el pequeño bosque de mi pecho.

Eres, amor, la flor del falso nombre.

Eres el viejo llanto y la tristeza,
la soledad y el río de la virtud,
el brutal aletazo del insomnio
y el sacrificio de una noche ciega.

Eres, amor, la flor del falso nombre.

Eres un frágil nido, recinto de veneno,
despiadada piedad, ángel caído,
enlutado candor de adolescencia
que hubiese transcurrido como un sueño.

Eres, amor, la flor del falso nombre.
Eres lo que me mata, lo que ahoga
el pequeño ideal de ir viviendo.

Eres desesperanza, triste estatua
de polvo nada más, de envidia sorda.
Eres, amor, la flor del falso nombre.

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LA PALOMA Y EL SUEÑO


Tú no veías el árbol, ni la nube ni el aire.
Ya tus ojos la tierra se los había bebido
y en tu boca de seda sólo un poco de gracia
fugitiva de rosas, y un lejano suspiro.

No veías ni mi boca que se moría de pena
ni tocabas mis manos huecas, deshabitadas.
Espeso polvo en torno daba un sabor a muerte
al solemne vivir la vida más amarga.

Había sed en tus ojos. Suave sudor tu frente
recordaba los ríos de suave, lenta infancia.
Yo no podía con mi alma. Mi alma ya no podía
con mi cuerpo tan roto de rotas esperanzas.

Tus palabras sonaban a olas de frágil vuelo.
Tus palabras tan raras, tan jóvenes, tan fieles.
Una estrella miraba cómo brilla tu vida.
Una rosa de fuego reposaba en tu frente.

Y no veías los árboles, ni la nube ni el aire.
Parecías desmayarte bajo el beso y su llama.
Parecías la paloma extraviada en su vuelo:
la paloma del ansia, la paloma que ama.

Te dije que te amaba, y un temblor de misterio
asomó a tus pupilas. Luego miraste, en sueños,
los árboles, la nube y el aire estremecido,
y en tus húmedos ojos hubo un aire de reto.

No parecías la misma de otras horas sin horas.
Ya sueñas, o ya vuelas y ni vuelas ni sueñas.
Te fatigan los brazos que te abrazan, paloma,
y, al sollozar, a un lirio desmayado recuerdas.

Ya sé que estoy perdido, pero siempre ganado.
Perdido entre tu sombra, ganado para nunca.
Mil besos son mil pétalos protegiendo tu piel
y tu piel es la lámpara que mis ojos alumbra.

¡Oh geografía del ansia, geografía de tu cuerpo!
Voy a llorar las lágrimas más amargas del mundo.
Voy a besar tu sombra y a vivir tu recuerdo.
Voy a vivir muriendo. Soy el que nunca estuvo.

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ABSOLUTO AMOR


Como una limpia mañana de besos morenos
cuando las plumas de la aurora comenzaron
a marcar iniciales en el cielo. Como recta
caída y amanecer perfecto.

Amada inmensa
como una violeta de cobalto puro
y la palabra clara del deseo.

Gota de anís en el crepúsculo
te amo con aquella esperanza del suicida poeta
que se meció en el mar
con la más grande de las perezas románticas.

Te miro así
como mirarían las violetas una mañana
ahogada en un rocío de recuerdos.

Es la primera vez que un absoluto amor de oro
hace rumbo en mis venas.

Así lo creo te amo
y un orgullo de plata me corre por el cuerpo.

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LAS VOCES PROHIBIDAS


Más despacio que nunca, casi agónicas,
marchan y duelen estas voces o estrellas.

Húmedos pies descalzos, breves pieles,
dulce origen, impío desorden. Voces
que purifican lo que tocan. Voces
todo milagro. Suaves voces de amor.

Voces para decir amor toda la vida
y todo el santo día y a la lenta distancia
de una noche de sueño, amor y voces.

Cálidas o despiertas, dormidas o ya frías,
estas voces se pegan a los labios
y dicen y se dicen altos, duros misterios,
prohibidos latidos, esbeltos calosfríos.

Despaciosas y firmes, llegan como
las bestias, crecen como el encino,
y no hay en ellas nada que no sea verdadero.

Pero duelen. Son dardos de amorosa ponzoña
y dan la seca muerte del olvido.

No perdonan, no aman,
no son ríos serenos, sino fuego,
ardiente maldición, dolorosa quietud.

Vienen así, calladas, caminando caminos
de helado polvo. Son las voces
que ya nunca se dicen.

Por eso duelen y por eso ardo
junto a ellas, como al pie de una hoguera.
Ardo y adoro al mismo tiempo
porque nada me callan o no me dicen nada.

Asciendo rudas catedrales de miedo
y el vacío es un lago de hambre y sal.
Me maldigo con ellas
pero duermo con ellas.

Cuando la sed se haya quemado
en mi garganta,
cuando no tenga paz ni amor,
cuando todo sea voces y no llantos,
una pequeña sombra habrá a mi lado.

No la rosa del ansia ni el clavel de miseria,
sino la joven luz del alba,
la joven voz del alba mía.

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EL AMOR


El amor viene lento como la tierra negra,
como luz de doncella, como el aire del trigo.
Se parece a la lluvia lavando viejos árboles,
resucitando pájaros. Es blanquísimo y limpio,
larguísimo y sereno: veinte sonrisas claras,
un chorro de granizo o fría seda educada.

Es como el sol, el alba: una espiga muy grande.

Yo camino en silencio por donde lloran piedras
que quieren ser palomas, o estrellas,
o canarios: voy entre campanas.
Escucho los sollozos de los cuervos que mueren,
de negros perros semejantes a tristes golondrinas.

Yo camino buscando tu sonrisa de fiesta,
tu azul melancolía, tu garganta morena
y esa voz de cuchillo que domina mis nervios.
Ignorante de todo, llevo el rumbo del viento,
el olor de la niebla, el murmullo del tiempo.

Enséñame tu forma de gran lirio salvaje:
cómo viven tus brazos, cómo alienta tu pecho,
cómo en tus finas piernas siguen latiendo rosas
y en tus largos cabellos las dolientes violetas.

Yo camino buscando tu sonrisa de nube,
tu sonrisa de ala, tu sonrisa de fiebre.
Yo voy por el amor, por el heroico vino
que revienta los labios. Vengo de la tristeza,
de la agria cortesía que enmohece los ojos.

Pero el amor es lento, pero el amor es muerte
resignada y sombría: el amor es misterio,
es una luna parda, larga noche sin crímenes,
río de suicidas fríos y pensativos, fea
y perfecta maldad hija de una Poesía
que todavía rezuma lágrimas y bostezos,
oraciones y agua, bendiciones y penas.

Te busco por la lluvia creadora de violencias,
por la lluvia sonora de laureles y sombras,
amada tanto tiempo, tanto tiempo deseada,
finalmente destruida por un alba de odio.

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LOS RUIDOS DEL ALBA


I

Te repito que descubrí el silencio
aquella lenta tarde de tu nombre mordido,
carbonizado y vivo
en la gran llama de oro de tus diecinueve años.

Mi amor se desligó de las auroras
para entregarse todo a su murmullo,
a tu cristal murmullo de madera blanca incendiada.

Es una herida de alfiler sobre los labios tu recuerdo,
y hoy escribí leyendas de tu vida
sobre la superficie tierna de una manzana.

Y mientras todo eso,
mis impulsos permanecen inquietos,
esperando que se abra una ventana para seguirte
o estrellarse en el cemento doloroso de las banquetas.
Pero de las montañas viene un ruido tan frío
que recordar es muerte y es agonía el sueño.

Y el silencio se aparta, temeroso
del cielo sin estrellas,
de la prisa de nuestras bocas
y de las camelias y claveles desfallecidos.


II

Expliquemos al viento nuestros besos.
Piensa que el alba nos entiende:
ella sabe lo bien que saboreamos
el rumor a limones de sus ojos,
el agua blanca de sus brazos.

¡Parece que los dientes rasgan trozos de nieve.
El frío es grande y siempre adolescente.
El frío, el frío: ausencia sin olvido.)

Cantemos a las flores cerradas,
a las mujeres sin senos
y a los niños que no miran la luna.
Cantemos sin mirarnos.

Mienten aquellos pájaros y esas cornisas.
Nosotros no nos amamos ya.
Realmente nunca nos amamos.

Llegamos con el deseo y seguimos con él.
Estamos en el ruido del alba,
en el umbral de la sabiduría,
en el seno de la locura.

Dos columnas en el atrio
donde mendigan las pasiones.
Perduramos, gozamos simplemente.

Expliquemos al viento nuestros besos
y el amargo sentido de lo que cantamos.

No es el amor de fuego ni de mármol.

El amor es la piedad que nos tenemos.

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LA ROSA PRIMITIVA


Escribo bajo el ala del ángel más perverso:
la sombra de la lluvia y el sonreír de cobre de la niebla
me conducen, oh estatuas, hacia un aire maduro,
hacia donde se encierra la gran severidad de la belleza.

Escribo las palabras y el penetrante nombre del poema,
y no encuentro razón, flor que no sea
la rosa primitiva de la ciudad que habito.

Nunca el poema fue tan serio como hoy, y nunca el verso
tuvo la estatura de bronce de lo que no se oculta.

Hacia el amor, las manos, y en las manos, gimiendo,
hojas de yerba amarga del pensamiento gris,
secas raíces de una melancolía sin huesos,
la danza del deseo muerto a vuelta de esquina
y un sollozo frustrado gracias a la ternura.

Hacia el amor, sonrisas, y en ellas, como almas,
el malogrado espíritu de un mensaje que un día
cobró cierta estructura, y que hoy, entorpecido,
circula por las venas.

Nunca digas a nadie que tienes la verdad en un puño,
o que a tus plantas, quieta, perdura la virtud.

Ama con sencillez, como si nada.

Sé dueño de tu infierno, propietario absoluto
de tu deseo y tus ansias, de tu salud y tus odios.

Fabrícate, en secreto, una ciudad sagrada,
y equilibra en su centro la rosa primitiva.

Al pueblo y a la hembra que enciendan cuanto hay en ti de hermoso,
y murmuren mensajes en tus oídos frágiles,
debes verlos con santa melancolía y un aire desdeñoso,
mandarlos hacia nunca, hacia siempre,
hacia ninguna parte...

Quédate con la rosa del calosfrío,
la rosa del espanto estatuario,
la inmaculada rosa de la calle,
la rosa de los pétalos hirientes,
la rosa-herrumbre del fiero desencanto,
la primitiva rosa de carne y desaliento,
la rosa fiel, la rosa que no miente,
la rosa que en tu pecho debe ser la paloma
del latido fecundo y el vivir con un pulso
de gran deseo hirviendo a flor de labio.

La rosa, en fin, de las espinas de oro
que nuestra piel desgarran y la elevan
hacia el sereno cielo de donde la poesía
nos llega mutilada, como ruinas del alba.

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CANCIÓN DE LA DONCELLA DEL ALBA

(Para Thelma)


Se mete piel adentro
como paloma ciega,
como ciega paloma
cielo adentro.

Mar adentro en la sangre,
adentro de la piel.
Perfumada marea,
veneno y sangre.

Aguja de cristal
en la boca salada.
Marea de piel y sangre,
marea de sal.

Vaso de amarga miel:
sueño dorado,
sueño adentro
de la cegada piel.

Entra a paso despacio,
dormida danza;
entra debajo un ala,
danza despacio.

Domina mi silencio
la voz del alba.
Domíname, doncella,
con tu silencio.

Tómame de la mano,
llévame adentro
de tu callada espuma,
ola en la mano.
Silencio adentro sueño
con lentas pieles,
con labios tan heridos
como mi sueño.

Voy vengo en la ola,
coral y ola,
canto canción de arena
sobre la ola.

Oh doncella de paz,
estatua de mi piel,
llévame de la mano
hacia tu paz.

Búscame piel adentro
anidado en tu axila,
búscame allí,
amor adentro.

Pues entras, fiel paloma,
pisando plumas
como desnuda nube,
nube o paloma.

Debo estar vivo, amor,
para saberte toda,
para beberte toda
en un vaso de amor.

Alerta estoy, doncella
del alba; alerta
al sonoro cristal
de tu origen, doncella.

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MEDITACIÓN DE LA ROSA


Supón, mi amor, que trazamos la hora con una rosa
y que el agua es la medida de todas las rosas.
Piensa, azucena, en un becqueriano batir de alas
presente a nuestro paso, inmerso en nuestro tiempo.

Siempre hay alguien desnudo en lo que va del cielo
a esta tierra de duros y salobres pensamientos.
Yo te miro decir y escucho tu silencio
cuando lloro los días que fueron pavorosos.

Una balada es un poco de tibia espuma
es un sereno atardecer salido de la nada.
Supón entonces, amor mío, que hay un espejo
al que sonríes por las verdades ya dichas.

La luna acaba de ser amada, dijo un poeta
que simplemente se llamaba Juan punto y aparte.
Sabes bien que habrá una invasión de misterios
bien soñados tal vez o dulcemente pensados.

Andamos y desandamos mil y un caminos
como sombritas de fieras sin salida posible.
El hombre es la más bella conquista del aire
insistió aquel poeta que se llamaba nada más Juan.
Un miedo de singulares perfiles nos abruma
mientras morimos gritando ¡amor! amor.

Hemos vivido más o menos como ángeles en pena
navegando en lo que llamamos un desierto ardiente.
Amando hasta nunca decir basta de amar
y oído y visto guerras de infinito terror.

La bondad nos quedaba estrictamente prohibida
porque ya no había espacio ni necesaria era.
Apostamos la vida a un albur de silencio
cuando el amor no era sino una niña espina.

Alguien nunca esperado se acerca paso a paso
y pretende quebrar este amor de la rosa de hielo.
Hoy debemos cerrar las puertas, las ventanas
y no dejar entrar la niebla y su veneno.

Pues te repito que tendremos los agrios pensamientos
que suelen suceder al sudor amoroso.
Ahora supón, oh descarnada rosa bienamada
que nos fatiga el encierro y salimos a una calle.

)Por qué no hay aquí una calle nombrada Góngora
con los campos de plumas tan urgentes?
Ignoro si ganamos o perdimos la batalla
contra los días que fueron y los días que vendrán.

No estoy ni estuve para decir cuáles penas
nos afligieron ni para descubrir lo que somos.
Sólo sé que no sé nada sino amarte
como se ama a la rosa paridamente fresca.

Te contaré mis ciclos de histeria y de neurosis
como si fueran sólo el alma de mi siglo.
Todo parece primitivo todo insomne
todo parece mar parece dientes parece lejos.

Ámame por desdicha por descanso porque sí
o porque no o porque nada o por mero desvel
Después de todo soy una constante rebelión
sofocada como adivinarás a pura sangre.

Vamos tú y yo y aquella rosa recién llegada
por una oscuridad parecida a un reino quietísimo.
Hemos vivido y viviremos en la memoria de aquel hombre
que pasa como un árbol que no tiene descanso.

No pienses ya nada ni nada supongas
porque las fronteras son irremediables
y yo sobrevivo tú sobrevives todos sobrevivimos
para que el amor sea el gemido de siempre
y la piel no parezca un campo incendiado
y la dicha recorra tu cuerpo como una caricia mía.

mario santiago papasquiaro-infrarrealismo

Tatuaje

Mi poesía es mi semilla obsesiva
la sandía parpadeante con que me baño & me muerdo
mi orquesta-adnauseam de niños perdidos
la radio-naranja de mis transmisiones más ácidas
Vista yo como pollo sin patas
o jarro de barro con frijoles acedos
Mueva yo mis pulmones cual alfiles o torres
o a puras burbujas de camaralenta
desde la golden catatonia / desde el clorofórmico estatus
a la manera del jazz de Coltrane
me desentierre & salpique
Mi poesía es mi sonrisa
mi lujuria / mi gula
mi galáctico estilo de vagabundear sin 1 quinto
mi engrapado pasito
mi catapulta proteica de extraño sabor & mejor condimento
el puente de instantes & besos
que elijo & elijo / como veneno & escudo
el lote baldío donde a silbidos de humo
prendidísimo a mi plumaje / a mis garras
atentísimo sólo a mi propio almuerzo desnudo
a la ½ de 1 pesadilla
en el cuarto oscuro de 1 pildorita con alas
en menos de lo que chilla 1 relámpago
con sólo hacerme ven/ ven con tu dedo
caminando muy en ti
vas a encontrarme
vas a encontrarme





CALLEJÓN SIN SALIDA
Callejón sin salida / ayúdanos
a ensanchar nuestros sentidos
Tú tan ninguneado
cueva / desierto / metrópoli filosa
árida ranchería / témpano cortante
puente dilatado por 1 gas
que de repente pulveriza
los inencontrables tréboles de 4 hojas
que oxigenan alimentan prestan sus alas
a tus pulmones heridos / a las pezuñas de canguro
con que avanzan tus orillas
Callejón sin salida
tablita pirata
salto de tigre
transpiración entre la niebla
LSD escurridizo
rostro en el que vemos beber
chupar su fuerza
a las especies más nómadas
de nuestros árboles de fuego
Callejón sin salida
voz de los inquietos
canción de los difíciles
biombo de cerezos
que escogen para sus muecas los travestis
Inyección de bastas
papiro con signos
al que sólo los imbéciles
son capaces de no entregar su vista
Cuna de motines
incubadora de orgasmos
hamaca carnívora
en la que medito los jugos de jazz
con los que saldré más fresco
más brillante / de mis próximos incendios
Aparentemente tú has decidido darnos la espalda
acordonarnos los músculos del cuello
triturarnos los fusibles
jugar con nosotros al festín de los fantasmas
Pero lo cierto en este crucigrama
de barricadas temblonas
camas destendidas
citas inciertas
con lo desconocido intrauterino
Pero lo cierto en este crucigrama
es que la lengua del poeta te visita
el sudor del guerrillero penetra en ti / hasta los ojos
los fetos electrizados del deseo aún insatisfecho
bailan en tus vértebras
forjan sus flautines
prenden sus inciensos en tu pelvis
Mientras tú les sonríes les conversas
les regalas gasolina / soma vibrátil
dentaduras trepadoras que arrancas de ti mismo
& ya puedes considerarte
socio : complice : infrarrealista hermanito nuestro
Crucemos cojos / desgreñados o cantando
los gises polvorientos de esta raya
Callejón sin salida
autostop que me doy a mi mismo
Tu muslo izquierdo: enfermedad
tu muslo derecho: medicina
A la hora en que cierran sus taquillas
los centros nocturnos & los circos
En el momento en que se desmaya la venta de aspirinas
consoladores hexámetros famosos
es que tú apareces
en vías de tatuarnos bajo la piel
el rasguño primero de nuestro más obsesivo autorretrato
& ya hasta te silbamos entre sueños
& preferimos salir contigo & con cero pasaportes
a estas calles / bulevares de moho
pasadizos lechosos / vías directas a la hemorragia ámbar
Callejón sin salida
dinos con 1 ojo
rehileteando 1 pestaña
hacia dónde disparar
suave / febrilmente
nuestra última mirada-picahielo
nuestros últimos cartuchos
remolinos de clara vida & fresco semen
Para la normalidad estamos muertos
para la logística militar no existimos
para las gélidas aguas del cálculo bursátil
nuestras escamas / nuestras hélices
son encías fantasmagóricas
coágulos irresistibles de 1 resplandor
que nos pretenden negar a escopetazos
Pero tú bien sabes
que muy muy dentro de ti
acariciamos probamos tu bocado
rajamos para siempre
las alfombras sin luz propia del horóscopo
Callejón sin salida
callejón de muervida
socio : cómplica : infrarrealista hermanito nuestro.

MARIO SANTIAGO PAPASQUIARO
SUB COMANCHE INFRARREALISTA

Puerto Ray Bradbury

Zarpan los alucinados
tras los dedos de esa luna
que se bebe a sí misma con fanatismo vampiro
Sin costillas / ni casa
con más cejas que lana
con más boca que traumas
sin estéreo de risas ni televisivas fanfarrias
El gatillo de su desnudez es su nave / por ahora zumbando
Entre perros-astirstas & putitas de arándano
En cañadas de azufre desenradan las piernas
sus orillas las nutren
con mujeres curadas en barricas de vulva
En el culto al San Trago
barrenando paredes / desabrigando al idioma
Con 1 suave estallido los rodean las manzanas
Flores de Samotracia
por sus sienes / pelean
por su semen de mármol
sus insomnios zancudos
& el jabalí de su exilio que ningún cosmos reclama
Zarpan los alucinados
Como ratas sin musa
En sus cantimplortas la maciza ternura hace olas
& claro que hay cuero / cachete & hasta tripas comunes
Avisperos de noche en el burdel de la historia
Apenas la peste arrecia jalan silbando
sacuden trotando su mínima cobija de sombra
1 sartén que les sirve para afeitarse los paisajes
& zarpan aunque ni Nadjia los siga
Del festín a los charcos
del museo al Big-Bang
La estación Invalidez se les aleja en el vuelo
Pero ellos / trotando
Le mientan la madre a toda silla de ruedas
a toda Mona Lisa sentada
a todo Da Vinci cobrando
La horca del hueso no los tienta ni rasga
Su amanecer es travieso
Jadeo de islas griegas
Comunión de galaxias
Más allá de estos lunares & estas ronchas que arden
Como en duro calzón de Campeón sin Corona


Para Akira Kurosawa

He introducido mi vida
en la vulva radiante de la estupefacción
/Mi droga es respirar este aire caliente/
Traducir a la luna en mi piel
:hermanar mis heridas con su savia creciente:
A la orilla del fulgor del tren
Mi sueño es 1 viaje coital derramado
/ Mi escritura : mi cama/
Mi mujer : la Pasión
Entre espinas & flamas
Me despierta el milagro
de beber mi arrebol
Pues del trébol se trata
De la vena maciza del ornitorrico cantor
Del espejo pintado de sangre
De la danza jadeante
De vivir en sazón
/La chaquira del muerto la revende el adiós/
la barriada más lumpen es valeca del sol
Porque trago arcoíris
Porque cago relámpagos
Quizás vuelen mis ojos
Engarzados en viento
a este cristal revivido / que rompe su cárcel
: zopilote goteando calor :

lunes, 10 de enero de 2011

LOS SEMBRADORES DE LA DISCORDIA-MACK REYNOLDS

Harvey Todd, director del Departamento de Seguridad, puso sus iniciales en dos documentos, los dejó a
un lado y tomó otro informe. No se molestó en levantar la vista.
—Desearía que fueras lo más breve posible, Ross. Estoy lleno de trabajo.
—Jefe —comenzó con vacilación Ross Wooley—, supongamos que deseo investigar algo por cuenta
propia, siguiendo una corazonada.
Todd dirigió una mirada inquisitiva a su subordinado.
—¿Qué traes entre manos?
—Es algo bastante raro —respondió el otro—. Algo que le hará pensar si estoy en mis cabales.
Harvey Todd descansó la pluma y sonrió a su mejor agente.
—Debe tratarse de algo gordo, Ross. Pero tu reputación es buena y tus presentimientos han sido
acertados hasta ahora. ¿De qué se trata?
Wooley se rascó la barbilla con la uña del pulgar.
—Jefe —murmuró lentamente, sin estar seguro de cómo serían recibidas sus palabras—, tengo razones
para sospechar que hay visitantes indeseables en los Estados Unidos.
El jefe del departamento lo miró con recelo.
—Por supuesto que hay visitantes indeseables. ¿Y qué hay de eso? No es de nuestra jurisdicción.
—Quiero decir, visitantes del espacio, de otro planeta tal vez.
—¿Has bebido?
—No, señor.
Harvey Todd lo miró largamente, sin decir nada. Por fin murmuró:
—Oigamos.
—Me gustaría tener su permiso para investigar. Si no me lo concede, le pediré una licencia para
investigar por mi cuenta. Y si no es posible, presentaré mi renuncia para tener libertad de hacerlo como
simple ciudadano. —Los ojos del agente parpadearon con rapidez tras los anteojos de concha.
Todd miró el montón de cartas que estaba sobre su escritorio y suspiró. Las hizo a un lado, metió la
mano al cajón de su escritorio y sacó una vieja pipa y una lata de tabaco. No habló hasta que la pipa
estuvo llena y encendida y él se reclinó en el respaldo de su sillón, aspirando el aromático humo.
—Parece ser de mucha importancia para ti. ¿Qué sabes de eso?
El agente se agitó incómodo.
—No lo suficiente para que tenga sentido, jefe. Un artículo aquí, una observación allá, algún comentario
de un oscuro científico; es más un presentimiento que otra cosa. Lo que deseo es disponer del tiempo
necesario para llevar a cabo una investigación preliminar. Si obtengo algo definido, lo reportaré de
inmediato. Entonces, será cuenta suya.
Harvey Todd dejó que el humo escapara por su nariz y miró con preocupación a Ross.
—Necesito algo más que eso. No puedo asignar a un agente para que ande por ahí buscando
personajes al estilo de Buck Rogers, sin tener una idea de qué se trata exactamente.
—Usted dijo que mi reputación era buena —le recordó Ross.
Todd tomó su pluma y dibujó abstraídamente sobre un papel.
—Sería terrible para el departamento quedar expuesto al ridículo, Ross. El año pasado estuvimos varias
veces bajo el fuego. Conozco algunos miembros del Congreso que gozarían si supieran que he asignado un
agente para perseguir marcianos.
—¿Prefiere entonces mi renuncia? —La voz del dinámico agente se hizo tensa.
Su jefe gruñó con disgusto; finalmente se decidió.
—¡No, maldita sea! Haz tus investigaciones. Pero, por amor del cielo, ten discreción. Si esto llega a los
periódicos, la prisión de Alcatraz será poco para ti.
Ross Wooley sonrió al decir:
—Gracias..., eh..., tendré que hacer algunos viajes.
—Habla con Smith cuando salgas. Ahora, vete. Creo que estás loco. —Harvey Todd tomó su pluma y
otro rimero de cartas, suspiró, y continuó su trabajo.
La sirvienta lo condujo al estudio. Miró rápidamente a su alrededor y recibió la impresión de
interminables estanterías de libros, algunos sillones bastante cómodos, buena iluminación, dos pinturas al
óleo de cierta calidad en los muros y un pequeño bar portátil. Un cuarto de hombre de estudio.
El profesor André Dumar levantó la vista con un fruncimiento de ceño y miró nuevamente la tarjeta que
tenía en sus manos.
—¿El señor Ross Wooley?
—Así es —el agente se volvió hacia la sirvienta. Ésta abandonó la habitación, cerrando la puerta tras de
sí.
—Tome asiento, señor Wooley —ofreció el profesor—. No tiene usted el aspecto que Hollywood
atribuye a los agentes de seguridad.
Ross Wooley no sonrió. Muchas veces antes había escuchado las mismas palabras.
—Esa es una ventaja para mi trabajo, profesor.
—Hace unos treinta años, mientras aún estudiaba, recuerdo haber escrito un ensayo para mi clase de
antropología titulado: «Comunismo primitivo entre los amerindios». Aparte de eso, no puedo pensar en
nada de mi vida que motive la visita de un hombre del Departamento de Seguridad.
—Vengo por información, profesor —indicó Ross, tomando asiento—. Usted parece ser una autoridad
en algunas materias oscuras; algo así como un especialista en desviaciones.
—Parece que necesita ser más explícito, joven.
—Usted limitó sus investigaciones a materias que muchos hombres de ciencia, por temor al ridículo,
deliberadamente evitan. Telepatía, clarividencia, por ejemplo; usted ha sido un precursor en sus estudios
iniciales.
—Actualmente eso cae fuera de mi línea de trabajo, pero es una investigación fascinante —explicó el
profesor—. Ahora que el hielo está roto, le diré que diversos especialistas más capaces que yo están
trabajando activamente en Percepción Extra Sensorial.
Ross Wooley pasó nerviosamente la mano por su barbilla.
—Antes de seguir adelante, profesor, me gustaría que comprendiera que no importa cuán extrañas sean
las cosas que le pregunte, mi departamento le suplica que no las comente, ni siquiera con los miembros de
su familia.
El profesor Dumar frunció el ceño y miró nuevamente la tarjeta.
—Aquí dice que usted es agente del gobierno. ¿Puede probarlo?
Wooley sonrió.
—Una precaución natural, profesor —agregó Wooley. Sacó su identificación del bolsillo y se la tendió
al otro, para su inspección.
El profesor examinó cuidadosamente las credenciales, descolgó el teléfono y pidió al operador.
—Deme el Departamento de Seguridad, por favor... Hola, habla el profesor André Dumar. Aquí en mi
estudio hay un hombre que pretende llamarse Ross Wooley. ¿Tienen ustedes un agente que responda a ese
nombre?... Gracias. ¿Puede describirlo? Muchas gracias. Adiós.
El profesor devolvió las credenciales y descansó en su sillón.
—Parece ser que usted es realmente quien pretende. ¿Cuáles son las preguntas?
Ross Wooley enmarcó cuidadosamente la primera.
—Profesor, ¿hay vida en el Universo, además de la que se encuentra en la Tierra?
Dumar se quitó los anteojos y lo miró.
—¿Vida?
—Sí. Vida diferente.
El científico pensó un momento, y después dijo con lentitud:
—Estamos positivamente seguros que existe vegetación, por lo menos en Marte; pero es muy
improbable que los demás planetas tengan formas de vida.
—¿Y qué hay de otros sistemas estelares?
—Por supuesto, las autoridades difieren considerablemente...
—Le pregunto
su
opinión, profesor —lo interrumpió Wooley.
El otro se movió como si la pregunta del agente lo irritara.
—Dada la multitud de estrellas en nuestro Universo, es posible que las condiciones aplicables a nuestro
sistema solar se dupliquen en otra parte. En tal caso, diría que la vida también se duplicaría.
—¿Vida inteligente?
—Posiblemente.
—Ahora bien, esta pregunta es importante, profesor. Suponiendo que la vida exista en otros sitios,
¿podrían sus representantes venir a la Tierra?
El profesor Dumar golpeó el marco de oro de sus anteojos con la uña.
—¿Quién le ha informado de mis investigaciones en este campo? —indagó.
Acerté
, pensó el agente, sin aliento. Y dijo con calma:
—Nadie, profesor, fue un golpe a ciegas. Dígame, por favor, lo que pueda.
Dumar se puso de pie y fue a su bar portátil.
—¿Bebe? —preguntó por sobre su hombro.
—No, gracias.
Fue la primera pista en la investigación. El agente estaba bastante estimulado, sin necesidad de alcohol.
—Si no le importa, yo tomaré un trago —el profesor se sirvió whisky con agua y volvió a su sillón. De
un trago se bebió la mitad y se extendió en la materia.
—Hace unos tres años me di cuenta que en la Tierra habían formas extrañas de vida. Aparentemente
han estado aquí por un largo período, pero algo anda mal con ellas. Mi primera pista fue el hecho que
parecían causar repulsión a los demás animales, incluyendo al hombre.
—¿Cómo es eso? —interrumpió Wooley.
El profesor se pasó una mano entre los cabellos, con irritación, como si fuera difícil de explicar.
—Tome a la araña, por ejemplo, o a la serpiente; nueve de cada diez personas sienten una instintiva
aversión a la vista de aquéllas. Creo que eso es porque sabemos que no pertenecen al mundo nuestro. Son
ajenas a la Tierra y, subconscientemente, nos damos cuenta y se nos pone la carne de gallina. A esta lista
se pueden añadir la rata y la cucaracha.
—Siempre he pensado que el temor a la serpiente y a la araña es instintivo, heredado del hombre
primitivo. Después de todo, son venenosas.
El profesor movió la cabeza.
—Eso no es una respuesta. Pocas arañas y serpientes son ponzoñosas. Además, no es sólo temor, es
una absoluta repulsión la que sentimos. Por otra parte, los animales de presa mataron más hombres
primitivos que las arañas o las serpientes. ¿Por qué no sentimos esa instintiva aversión cuando vemos a los
leones, osos o lobos? Y, finalmente, tendrá usted que aceptar que la repugnancia es semejante, aun cuando
no tan fuerte, por las ratas y las cucarachas, aunque ciertamente no son venenosas.
El agente hizo un gesto.
—Pero, ¿cómo llegaron aquí? No sugerirá usted que las serpientes, las arañas o las ratas tengan la
habilidad para construir naves espaciales.
—Con toda franqueza, ése ha sido el mayor obstáculo de mi teoría. Tengo dos respuestas posibles, y
ninguna de las dos me satisface.
—¿Tiene algún inconveniente en explicarlas?
—Una posibilidad es que hace mucho tiempo llegó una nave espacial y se estrelló. Las formas de vida
que la tripulaban se vieron forzadas a permanecer aquí. Sin embargo, las condiciones en la Tierra eran
diferentes de las de su planeta original y no tuvieron éxito en adaptarse. Degeneraron hasta quedar al
mismo nivel de las formas de vida no inteligentes en la actualidad.
Ross Wooley no quedó satisfecho.
—¿Qué lo llevó a esa teoría?
—Me pareció notar que la rata ocupó, en alguna oportunidad, un escalón más alto en la escala de la
evolución. Notará que la rata a veces decora su nido con trozos de vidrio de colores o fragmentos
brillantes de metal. ¿Puede ser eso el vestigio de un sentido estético?
—¿O los principios? —sugirió Wooley.
—Posiblemente. No siento muy fuerte esta teoría. La que prefiero es la dice que son conejillos de indias
—dijo el profesor.
—¿Conejillos de indias?
—Así es. Supongamos que otro planeta deseaba sitio para expandirse y vio en la Tierra una posible
colonia. Antes de arriesgarse a enfermedades desconocidas, y otras posibilidades letales, simplemente
desembarcarían cierto número de especies inferiores de su propio planeta. Si la serpiente, araña, rata y
cucaracha pudieran adaptarse a la Tierra sin sufrir daños, entonces los invasores estarían en posibilidades
de apoderarse del planeta, sin temor.
Ross Wooley parpadeó.
—Profesor, me parece que el punto más débil de sus teorías es el hecho que esas formas de vida han
estado en la Tierra indefinidamente. La cucaracha, por ejemplo, me parece haber leído que es uno de los
habitantes más antiguos de la Tierra. Y todos ellos, serpiente, araña y rata, han estado desde los tiempos
más antiguos.
Dumar tomó un sorbo de su bebida, pensativamente.
—No sabemos que los extraños tengan ninguna prisa. Quizá estén dispuestos a esperar cientos de miles
de años para estar seguros que la Tierra es apropiada para su especie. Para una civilización joven como la
nuestra unos cuantos millares de años parecen un período interminable, pero para una cultura que puede
tener una edad de millones de años, es ciertamente muy poco tiempo.
—Entonces, para resumir, usted cree que hay otra vida inteligente en el Universo y que, por una razón o
por otra, han desembarcado extrañas formas de vida en la Tierra.
El profesor asintió.
—Más o menos, así es.
El siguiente nombre lo llevó hasta el otro extremo del continente, en San Francisco; hubiese vacilado en
gastar el tiempo y el dinero necesarios, a no ser por el renovado interés que le inspirara Dumar.
—Esto forma parte de una de sus recientes conferencias —empezó el agente, sacando un recorte de un
sobre y leyendo en voz alta—: «de hecho, son tan caóticos los asuntos humanos, es tan increíble que él
mismo sea su peor enemigo, que se pudiera creer que seres extraños del espacio, enemigos debido a
alguna razón ignota, se encuentran entre nosotros saboteando nuestros esfuerzos hacia el progreso...»
—¿Es correcta la referencia? —preguntó Wooley alzando la vista.
El conferencista de fama nacional, en cuya oficina se encontraban, frunció el ceño, pero asintió.
—Substancialmente.
—¿Qué quiso decir con eso?
Morton Harrison hizo un gesto de impaciencia.
—No quise decir nada en particular. ¿A qué conclusión quiere llegar?
Ross Wooley guardó el recorte en su bolsillo.
—¿De dónde sacó la idea que existe la posibilidad que haya visitantes del espacio entre nosotros?
El otro empezó a reír.
—¡Cielo santo, joven! ¿Ha llegado el Departamento de Seguridad al extremo de investigar a personajes
de ciencia ficción? Esa idea no significa nada; sólo intenté acentuar que el hombre es enemigo de sí mismo
hasta un extremo que parece imposible.
—¿Puede citar un ejemplo?
—Puedo citarle muchos, pero me conformaré con uno o dos. ¿Ha notado usted que las personas y
organizaciones que pugnan por el avance del hombre son habitualmente ignoradas o escarnecidas?
Tomemos a los pacifistas, por ejemplo. La mayor parte de la gente los clasifica como chiflados. En tiempos
de paz, se les ridiculiza, y en tiempos de guerra, son arrojados a la cárcel o a campos de concentración.
Todos pretenden estar contra la guerra; ¿por qué entonces ese desprecio para quienes más enérgicamente
trabajan para acabar con ella?
—Nunca se me ocurrió —confesó Ross, pensativamente.
—Permítame otro ejemplo —continuó Harrison—. En este país nos gusta hablar de nuestras libertades,
pero realmente hay pocos sitios donde se pueda encontrar más intolerancia y persecución. En nuestros
estados del sur, el ejemplo es obvio; y el antisemitismo existe en muchos lugares de la nación. Pero eso es
sólo el principio. En la costa del Pacífico tenemos discriminación contra los descendientes de japoneses, en
ciertas áreas; y en contra de los de ascendencia mexicana, en otras. En California central existe la
discriminación contra los descendientes de portugueses. En la región de los grandes lagos, contra los
finlandeses; en el sudoeste, contra el indio americano.
»No está limitada esta práctica a nuestro país. Cuando los americanos viajamos, a menudo encontramos
indicaciones que se mofan de nosotros, que se nos considera advenedizos y metalizados, por los miembros
de otras naciones. Es divertido ver cómo los norteamericanos, ingleses, franceses y otros miembros de las
Naciones Unidas se encrespan ante la actitud de alemanes y japoneses que claman ser superhombres;
pero, en realidad, nosotros practicamos la misma doctrina.
Wooley se agitó inquieto, como si fuera a protestar por la última parte de la conferencia, pero Harrison
lo contuvo con un ademán y continuó:
—Lo importante es que en vez de apoyar y luchar por causas tales como la abolición de la guerra, un
mejor sistema social, la terminación de la intolerancia y la discriminación racial, el promedio de los seres
humanos son llevados a atacar, o al menos sentir disgusto contra aquellos que trabajan para llegar a
obtener esos objetivos. Parece que deliberadamente luchamos contra las cosas que deseamos.
Ross Wooley guardó su cuaderno y se puso de pie.
—Creo que ahora lo entiendo. No estoy totalmente de acuerdo con usted; pero por lo menos, entiendo
su referencia en cuanto a los visitantes del espacio.
La entrevista con Harrison fue desalentadora, y sólo quedaba otro nombre en la lista. Era el de un
médico avecindado en Los Angeles.
La ciudad de los chiflados
, pensó. El tipo, probablemente,
pretendería tener a un marciano encerrado en el sótano.
Sin embargo, el doctor Kenneth Keith, presidente de la Asociación de Astronáutica Occidental y
miembro destacado de un grupo forteano, estaba demasiado cerca para no verlo. Ross tomó el avión de
Los Angeles y un taxi para ir a la casa del hombre que escribiera un libro sobre las posibilidades de los
viajes espaciales.
Le tomó cinco minutos convencer a la señora Keith que él no era un fanático de la ciencia ficción,
tratando de entrevistar al presidente de la Sociedad Astronáutica, para discutir sobre las ventajas de
emplear ácido nítrico y anilina como combustible, en lugar de ácido nítrico y ethyl vinílico en el primer
cohete lunar.
Cuando se encontró finalmente en el estudio del doctor, vaciló antes de empezar. Tantas veces había
sido rechazado...
El doctor tomó la iniciativa.
—Probablemente está usted aquí debido a mi artículo acerca de la presencia de seres de otros planetas
aquí en la Tierra...
—¿Cómo...? —parpadeó Ross.
El doctor Keith se encogió de hombros.
—Se ha sugerido, casi probado, una veintena de veces. Sólo recientemente me di cuenta de por qué se
ha ignorado la prueba de esto, y creo que ya es tiempo de aclarar la situación. Por eso es que puse énfasis
en el hecho que aunque el hombre está en los umbrales de los viajes espaciales, no ha sido el primero en
utilizarlos.
Wooley se animó visiblemente.
—Antes de seguir adelante, usted dice que el hecho que han existido los viajes espaciales ha sido
probado una veintena de veces. Mencione una.
Keith se levantó y fue hacia uno de los estantes que llenaban las paredes. Regresó con un volumen que
arrojó al regazo del agente.
—Ahí está la prueba —señaló.
Ross lo tomó ávidamente, leyó el título y frunció el ceño.
—¡
Eso
! de Charles Fort.
Keith lo amenazó con un dedo.
—A eso me refiero. ¿Por qué se disgusta cuando ve la
prueba
que le ofrezco?
El agente arrojó despectivamente el libro a una pequeña mesa cercana a su asiento.
—Me temo que Fort no es exactamente aceptable como prueba. Por lo general se le clasifica como un
chiflado... —se detuvo recordando súbitamente lo que Morton Harrison le dijera. Aquellas personas que se
destacan en la lucha por el progreso del hombre, son escarnecidas como locos, fanáticos y
desequilibrados. Tal es el caso de Fort.
—Muy bien —aceptó—. Lo escucho. Diga.
El doctor Keith se lanzó animadamente a convencerlo.
—En el siglo pasado se estableció, en diversas ocasiones, que se han efectuado viajes desde otros
planetas al nuestro. Fort, entre otros, lo prueba en sus libros. Yo he sabido esto durante varios años y me
asombra que el hecho no sea aceptado generalmente. Hace poco encontré la razón.
—¿Y cuál es la razón? —preguntó ansiosamente Wooley.
—Los que hemos sospechado la existencia de estos visitantes, siempre pensamos en ellos sólo como
visitantes
. Los más, suponemos que no se revelan abiertamente ante nosotros, porque piensan en el
hombre como una criatura atrasada y no preparada aún para el intercambio con formas de vida más
avanzadas.
Ross se movió intranquilo.
—Pero, ¿qué ha descubierto?
La autoridad en cohetes lo miró fijamente.
—No son
visitantes
, son
conquistadores
. Posiblemente ya seamos propiedad, como lo sugirió Charles
Fort, pero me atrevo a pensar que nuestros potenciales amos aún no han asimilado a la Tierra.
Ross se pasó la mano por la barbilla.
—Me temo que no lo entiendo.
—Ningún conquistador se ha molestado jamás en apoderarse de un desierto sin valor o de una montaña
sin habitantes. Antes de adquirir un territorio, tiene éste que poblarse con alguien a quien explotar. Durante
cientos y miles de años, estos extraños han estado visitando la Tierra. Aún no estamos listos para ser
conquistados, pero les interesa vigilar que nuestro desarrollo se lleve a cabo a lo largo de la línea que les
conviene; algunas veces hasta nos ayudan.
»Al acercarnos finalmente a un grado de civilización, aumentan el control de nuestro destino. Desean que progresemos siguiendo ciertas normas y se aseguran que así lo hagamos. Entre otras cosas, no obstante que las guerras ya resultan ridículas, ellos se encargan que conservemos el espíritu guerrero; nutren nuestras supersticiones y nuestras intolerancias; nos mantienen divididos en naciones, clases, razas y
diferentes grupos religiosos.
»Cuando al fin lleguemos a poseer el secreto de los viajes espaciales, y es evidente que estamos a punto
de lograrlo, obviamente habrá llegado el momento en que asuman su papel como gobernantes.
—Pero..., ¿por qué?
Keith se puso de pie y se paseó por la habitación, con impaciencia.
—Tal vez nos han educado para ser soldados en sus guerras interplanetarias o interestelares; tal vez
para ser esclavos. Todo lo que sé es que empiezan a hacerse cargo de todo. Están tomando posiciones de
control en nuestros gobiernos, nuestros centros de comunicaciones, nuestros sistemas educativos. De este
modo han sido capaces de reírse de Fort y de escarnecer a otros seres humanos de visión más clara que
los demás.
Interrumpió su explosión verbal y se sentó de nuevo frente al agente.
—Las pruebas, señor Wooley, son incontables. Tomo por ejemplo los platillos voladores...
Harvey Todd, director del Departamento de Seguridad, levantó finalmente la vista de los papeles que
leía, se quitó la pipa, apagada largo rato y dijo:
—Es un informe asombroso, Ross —su expresión era inquisitiva.
El agente había permanecido sentado a un lado, mientras su jefe leía la veintena de páginas que resumían
su informe.
—Sí, señor —expresó.
—Me gustaría conocer tu propia opinión, ya que tú fuiste el que reunió el material. ¿Qué piensas de
esto?
Ross Wooley se frotó la barbilla, con su gesto característico.
—Brevemente, señor. Muchos años atrás, cuando la Tierra estaba en su infancia, llegaron los primeros
exploradores de otros planetas. Dejaron aquí algunas de las formas de vida de sus propios mundos, para
ver si sobrevivían. La serpiente y la araña son ejemplos de ello. Entonces al evolucionar el hombre,
asumieron cierto control de su desarrollo. La manera en que lo han hecho demuestra que no son
exactamente benévolos. Nadie puede pensarlo. Nunca.
»Cuando finalmente lleguemos al punto en que les interesa tomar una parte más activa en nuestros
asuntos, ellos tratarán de asimilarnos. Se ha sugerido que algunos de ellos ya se han infiltrado en los altos
puestos de los sistemas educativos del hombre, sus gobiernos y así por el estilo.
—¿Y usted cree realmente eso? —sonrió el jefe.
Ross Wooley enrojeció y dijo con terquedad:
—Sí, señor.
—Entonces, ¿hay un movimiento secreto de seres extraterrestres que operan dentro de la estructura de
nuestro gobierno.
Ross parpadeó tras los gruesos cristales de sus anteojos y asintió:
—Sí señor. Y creo que lo más importante en el mundo es desenmascarar a esos enemigos de la raza
humana; desarraigarlos, destru...
Harvey Todd lo interrumpió:
—Supongamos que le ordeno abandonar esto, que me parece una tontería...
—En ese caso, señor, renunciaría a mi trabajo para continuar las investigaciones por mi cuenta.
El director del Departamento de Seguridad lo miró largamente.
—Está bien, Ross —aceptó al fin, oprimiendo un botón en su escritorio.
Una sección del muro se deslizó en silencio. Dos figuras extrañamente vestidas salieron del pasadizo
secreto. No eran humanas, precisamente.
Los ojos del jefe contemplaron al agente.
—Tienes razón al creer que los de Aldebarán, no precisamente los de Marte o Venus, hemos asumido
posiciones en vuestros fantásticos gobiernos terrestres
Se volvió al primero de los desconocidos, quien apuntaba en dirección de Wooley con un arma de
aspecto letal.
—Dispongan de él del modo habitual.
Ross Wooley llevó la mano a su pistola. Una luz pálida brilló momentáneamente; dejó caer su arma,
paralizado, y se derrumbó hacia adelante. Los dos extraños lo sujetaron antes que llegara al suelo y
arrastraron su cuerpo hacia el pasadizo.
—Un momento —llamó Harvey Todd—. Llévense también su informe. Contiene varios nombres que
requieren una visita. El profesor Dumar y el doctor Keith, en particular.
Miró el montón de papeles sobre su escritorio y suspiró:
—Ahora, váyanse. Tengo mucho trabajo que hacer.

F I N

30 dias tenia septiembre-robert f. young

TREINTA DÍAS TENÍA SEPTIEMBRE
ROBERT F. YOUNG
El letrero en el escaparate decía:
Maestra de Escuela en Venta
Baratísima;
Y en letras más pequeñas:
Puede cocinar, coser y sabe desenvolverse
en el hogar
Al verla, Danby pensó en pupitres, borradores y hojas de otoño; en libros, sueños y risas. El dueño de
aquel pequeño almacén de segunda mano la había ataviado con un vestido de alegres colores y unas
minúsculas sandalias rojas. Permanecía en una caja, colocada en posición vertical en el escaparate, igual
que una muñeca de tamaño natural, esperando que alguien la volviese a la vida.
Danby intentó descender de la calle hacia el estacionamiento donde tenía su
Baby Buick
.
Probablemente, Laura tenía ya una cena automatizada dispuesta en la mesa y se pondría furiosa si llegaba
tarde. Sin embargo, continuó donde se hallaba, alto y delgado, con su juventud aún cercana, refugiada en
sus pardos y ávidos ojos, mostrándose débilmente en la suavidad de sus mejillas.
Su inercia lo molestó. Había pasado mil veces junto al almacén en su camino desde el estacionamiento a
la oficina y viceversa, pero aquella era la primera vez que se detuvo para mirar el escaparate.
Pero..., ¿no era ésta la primera vez que el escaparate exhibía algo que le interesara?
Danby intentó afrontar la pregunta. ¿Le
interesaba
una maestra de escuela? No mucho. Sin embargo,
Laura precisaba de alguien que le ayudase en las faenas domésticas, mientras no pudieran hacer frente al
gasto de una criada automática y Billy, sin duda, sacaría provecho de algunas lecciones particulares,
además de la televisión, ahora que se aproximaban los exámenes más difíciles...
Su cabello lo hizo pensar en la luz del sol de septiembre, y su rostro en un día de septiembre. Una
neblina otoñal lo envolvió y, de súbito, su inercia lo abandonó por completo y empezó a caminar, pero no
en la dirección que antes pensó...
—¿Cuánto vale la maestra de escuela del escaparate? —preguntó.
Antigüedades de toda clase se hallaban esparcidas por el interior del almacén. El dueño era un hombre
viejo y menudo, con espeso cabello blanco y ojos de color del pan de jengibre. También tenía aspecto de
antigüedad.
—¿Le gusta, señor? Es muy hermosa —fulguró ante la pregunta de Danby.
Danby se sonrojó.
—¿Cuánto? —repitió.
—Cuarenta y nueve dólares con noventa y cinco centavos, más cinco dólares por la caja.
Danby apenas podía creerlo. Ante la escasez de maestras, lo lógico sería que el precio aumentara y no
disminuyera. Un año antes, cuando pensó comprar una maestra de tercer grado reconstruida para que
ayudase a Billy en su trabajo teleescolar, el precio más bajo que pudo encontrar sobrepasó los cien
dólares. Sin embargo, la habría comprado de no haberle disuadido Laura. Su mujer nunca fue a una
verdadera escuela y no lo comprendía.
¡Pero cuarenta y nueve dólares con noventa y cinco centavos! ¡Y también podía cocinar y coser!
Seguro que Laura no tendría inconveniente...
No lo habría, desde luego, a menos que él le diese oportunidad.
—¿Está..., está en buen estado?
El rostro del dueño se oscureció.
—Ha sido completamente restaurada, señor. Nuevas baterías, nuevos motores. Sus cintas
magnetofónicas pueden funcionar aún otros diez años y sus memorizadores, probablemente, durarán para
siempre. Pase por aquí. La entraré y se la mostraré.
La caja estaba montada sobre ruedas, pero resultaba difícil de manejar. Danby ayudó al viejo a
empujarla fuera del escaparate y dentro del almacén. Permanecieron junto a la puerta, donde la luz era más
clara.
El viejo retrocedió admirativamente.
—Quizás soy anticuado —dijo—, pero aún creo que los telemaestros jamás podrán compararse con
los de verdad. Usted fue a una verdadera escuela, ¿no es cierto, señor?
Danby efectuó un gesto afirmativo.
—Lo pensé. Es curioso que nunca deje de advertirse.
—Póngala en funcionamiento, por favor —rogó Danby.
El activador era un pequeño botón, oculto detrás del lóbulo de la oreja izquierda. El dueño buscó a
tientas durante un momento antes de encontrarlo; luego se escuchó un pequeño «clic», seguido de un suave
y casi inaudible ronroneo. Al punto, el rubor se insinuó en sus mejillas, el pecho comenzó a elevarse y
descender, los azules ojos se abrieron...
Las uñas de Danby se clavaron en las palmas de sus manos.
—Hágala decir algo.
—Puede responder casi todo, señor —afirmó el viejo—. Palabras, escenas, situaciones... Si decide
tomarla y no queda satisfecho, devuélvala y tendré sumo gusto en restituirle su dinero. —Se colocó frente a
la caja—. ¿Cuál es su nombre? —preguntó a la maestra.
—Señorita Jones. —Su voz era una brisa de septiembre.
—¿Su ocupación?
—Soy maestra de cuarto grado, señor, pero puedo desempeñar además los grados primero, segundo,
tercero, quinto, sexto, séptimo y octavo, y tengo amplia formación humanística. Soy también hábil en las
tareas domésticas, buena cocinera y puedo efectuar trabajos sencillos, tales como coser botones, zurcir
calcetines, remendar descosidos y rasgaduras en la ropa.
—Pusieron muchos alicientes a los últimos modelos —explicó el viejo a Danby—. Cuando al fin
comprendieron que la teleeducación se implantaría, empezaron a hacer todo lo posible para derrotar a las
compañías de cereales. Pero no lograron nada... Salga fuera de su caja, señorita Jones. Muéstrenos lo bien
que sabe caminar.
Cruzó la pardusca habitación, con sus pequeñas sandalias rojas que centelleaban sobre el polvoriento
suelo, con su vestido que era como un alegre chaparrón de colores. Permaneció en espera junto a la
puerta.
A Danby se le hizo difícil hablar.
—Perfectamente —dijo por fin—. Póngala de nuevo en su caja; me la llevo.
—¿Algo para mí, papito? —gritó Billy—. ¿Algo para mí?
—Claro —confirmó Danby mientras empujaba la caja por el sendero de acceso para levantarla sobre el
diminuto porche de entrada—. Y también para tu madre.
—Esperemos que valga la pena —cortó Laura, con los brazos cruzados en la puerta—. La cena está
como una piedra.
—Puedes calentarla —repuso Danby—. ¡Mira, Billy!
Levantó la caja sobre el umbral, respirando con alguna dificultad, y la hizo entrar por el corto vestíbulo
hasta la sala de estar. Ésta se hallaba invadida por un joven con chaqueta de color rosa que se había
invitado a sí mismo a través de la pantalla de 120 pulgadas, desde donde se proclamaba ruidosamente la
superioridad del nuevo
Lincolnette 2061
convertible.
—¡Ten cuidado con la alfombra! —advirtió Laura.
—No te preocupes, no estropearé tu alfombra —aseguró Danby—. ¿Querría alguien, por favor, apagar
la televisión para que tengamos un momento de tranquilidad?
—Yo la apagaré, papito. —Con sus zancadas de niño de nueve años, Billy cruzó la habitación y silenció
al joven de la chaqueta rosa.
Danby hurgó en la cubierta de la caja, notando la respiración de Laura sobre la parte posterior de su
cuello.
—¡Una maestra de escuela! —silbó la mujer con voz entrecortada al descubrir el contenido—. ¡Con
todas las cosas que un hombre adulto podría traer al hogar para su esposa y apareces con esto!
—No es una maestra de escuela corriente —dijo Danby—. Puede cocinar, coser, puede... Puede
hacerlo exactamente todo. Siempre andas lamentándote que necesitas una criada. Bien, ahora ya la tienes.
Y Billy tiene alguien que lo ayude en sus telelecciones.
—¿Cuánto? —Danby se dio cuenta por primera vez de lo afilado que era el rostro de su esposa.
—¡Cuarenta y nueve dólares con noventa y cinco centavos!
—¡Cuarenta y nueve dólares con noventa y cinco centavos! ¿Estás loco? Estuve ahorrando para
cambiar nuestro
Baby Buick
por un nuevo
Cadillette
y tú lo malgastas en una vieja y estropeada maestra
de escuela. ¿Qué sabe de teleeducación? ¡Si está anticuada en cincuenta años!
—¡No quiero que me ayude en mis telelecciones! —gritó Billy, mirando hoscamente hacia la caja—. Mi
telemaestro dice que esas viejas maestras de forma humana no servían para nada. ¡Y les
pegaban
a los
niños!
—¡No es verdad! —repuso Danby—. Sé lo que digo porque fui a una verdadera escuela todo el
tiempo hasta el octavo grado. —Se volvió hacia Laura—. ¡Funciona bien, no está anticuada y sabe más
acerca de la
auténtica
educación de lo que jamás sabrán tus telemaestros! Puede coser, puede cocinar...
—¡Entonces dile que caliente nuestra cena!
—¡Lo haré!
Introdujo la mano en la caja, bajó el pequeño interruptor del activador y, cuando se abrieron los ojos
azules, dijo:
—Venga conmigo, señorita Jones —y la condujo al interior de la cocina.
Quedó sumamente complacido de la forma como ella respondió a sus instrucciones. La cena fue
retirada de la mesa en un santiamén y puesta de nuevo en un abrir y cerrar de ojos, caliente, humeante y
deliciosa.
Se ablandó Laura.
—Bien...
—¡Claro que bien! —exclamó Danby—. Dije que podía cocinar, ¿no es cierto? Ahora ya no tendrás
que quejarte de interruptores trabados, de uñas rotas, de...
—Está bien, George. No insistas.
Su rostro había vuelto a la normalidad, si bien aún parecía un poco afilado, pero ello habitualmente
formaba parte de su atractivo, al igual que sus oscuros y cariñosos ojos y su boca de forma tan exquisita.
Acababa de hacerse reforzar los pechos de nuevo y, en verdad, tenía un aspecto formidable con su nuevo
negligé
oro y escarlata. Puso un dedo bajo la barbilla de ella y la besó.
—Bueno, comamos —dijo.
Por alguna razón se había olvidado de Billy. Desde la mesa, vio a su hijo en el umbral de la puerta,
mirando fija y tristemente a la señorita Jones, ocupada en preparar el café.
—¡No me pegará! —afirmó Billy, sosteniendo la mirada de su padre.
Danby rió. Se sentía mejor, ahora que la mitad de la batalla estaba ganada. La otra mitad podía ser
atendida más tarde.
—Por supuesto que no va a pegarte —aseguró—. Ahora ven y sírvete la cena como un niño bueno.
—Sí —asintió Laura—, y date prisa. Dan
Romeo y Julieta
en «La Hora del Oeste» y no quiero
perdérmela.
Billy cedió.
—Bueno, está bien —dijo.
Sin embargo, evitó a la señorita Jones mientras entraba en la cocina y ocupaba su asiento en la mesa.
Romeo Montesco lió un cigarrillo con hábiles dedos, lo puso entre sus labios oscurecidos por el
sombrero de ala ancha y lo encendió con un fósforo de cocina. Después condujo a su lustroso caballo
hacia la ladera iluminada por la luna en dirección al rancho de los Capuletos.
—Me conviene mostrarme prudente —soliloquió—. Los altivos Capuletos, pastores y enemigos
hereditarios de mi familia, descendiente de nobles ganaderos, me abatirán de un disparo sin
contemplaciones, de presentarse la oportunidad. Pero esa muchacha que encontré esta noche en el calvero
bien merece el riesgo.
Danby frunció el entrecejo. Nada tenía en contra de las readaptaciones de los clásicos, pero a su
entender, quienes las escribían, se extralimitaban con sus eternos conflictos entre ganaderos y ovejeros.
Con todo, Laura y Billy no parecían hacer el menor caso. Inclinados hacia adelante en sus sillones
especiales, miraban fija y extasiadamente la pantalla de 120 pulgadas. Tal vez los especialistas que
escribían las obras tenían razón.
Hasta la señorita Jones parecía interesada..., pero eso resultaba imposible, recordó Danby. No podía
estar interesada. Nada significaba el hecho que sus ojos azules estuviesen enfocados sobre la pantalla; lo
único que hacía realmente era estar sentada allí, consumiendo sus baterías. Debería haber seguido el
consejo de Laura y desconectarla...
El caso es que no tuvieron corazón para hacerlo. Era una crueldad privarla de la vida, aun
temporalmente.
Danby experimentó una sensación de ridículo. Se movió irritado en su sillón al darse cuenta que había
perdido el hilo de la obra. Cuando lo recuperó, Romeo había escalado el muro del rancho Capuleto y, tras
deslizarse a través del huerto, se hallaba en un florido jardín.
Julieta Capuleto salió al balcón cruzando un par de antiguas puertas francesas. Llevaba un traje blanco
de vaquera —o de ovejera—, con una falda de la longitud del muslo, y un sombrero de ala ancha
coronaba sus abundantes y descoloridos cabellos rubios. Se asomó a la baranda del balcón y escrutó el
interior del jardín.
—¿Dónde estás, Romeo? —dijo, arrastrando las palabras.
—¡Esto es ridículo! —exclamó bruscamente la señorita Jones—. ¡Las palabras, los trajes, la acción, el
lugar..., todo es incorrecto!
Danby quedó atónito. Recordó entonces lo que el dueño del baratillo había dicho acerca de su
respuesta a escenas y situaciones tanto como a palabras. En realidad, había entendido que el viejo se
refería a las escenas y situaciones inherentes a sus obligaciones como maestra, no
todas
las escenas y
situaciones.
Una molesta prevención cruzó por la mente de Danby. Advirtió que tanto Laura como Billy se habían
apartado de su alimento visual y observaban a la señorita Jones con ojos incrédulos. El momento era
crítico.
Se aclaró la garganta.
—La obra no es realmente «incorrecta», señorita Jones —explicó—. Sólo ha sido escrita de nuevo.
¿No lo comprende? Nadie le prestaría atención en su estado original. Sin público, sin patrocinadores, ¿cuál
sería su sentido?
—¿Pero tenían que convertirla en un
western
?
Danby miró con aprensión a su esposa. La incredulidad había sido reemplazada por un furioso
resentimiento. Con precipitación se volvió hacia la señorita Jones.
—Los
westerns
están ahora de moda, señorita Jones —explicó—. Es una especie de renacimiento de
los primeros días de la televisión. Como gustan a la gente, los patrocinadores los auspician y los escritores
buscan nuevo material para ellos.
—¡Pero vestir a Julieta con traje de vaquera! Está por debajo del nivel de los espectáculos más ínfimos.
—George, ya basta —la voz de Laura era glacial—. Te dije que estaba cincuenta años anticuada. ¡O la
desconectas o me voy a dormir!
Danby suspiró y se puso en pie. Se sintió avergonzado al aproximarse a la señorita Jones y buscar a
tientas el pequeño botón detrás de su oreja izquierda. Ella le observó con sosiego, con sus manos
reposando inmóviles sobre su regazo, su respiración yendo y viniendo rítmicamente a través de sus
sintéticas fosas nasales.
Fue como cometer un asesinato. Danby se estremeció mientras regresaba a su sillón.
—¡Tú y tus maestras de escuela! —le reprochó Laura.
—¡Cállate! —cortó Danby.
Miró la pantalla e intentó interesarse por la emisión. No lo consiguió. El siguiente programa presentó una
historia policíaca titulada
Macbeth
. Tampoco le agradó. Echó una mirada subrepticia a la señorita Jones.
Su pecho estaba ahora inmóvil, sus ojos cerrados. La estancia parecía horriblemente vacía.
Al final no pudo soportarlo más. Se levantó.
—Voy a dar un paseo en coche —informó a Laura, y salió.
Hizo salir al
Baby Buick
fuera de la pequeña calzada para coches y se dirigió por la calle suburbana en
dirección a la avenida, mientras se preguntaba una y otra vez por qué una antigua maestra de escuela lo
había afectado de esta manera. No se trataba simplemente de nostalgia, aunque algo también había en sus
sentimientos: nostalgia de septiembre, de la escuela, de la entrada a clases en las mañanas de septiembre,
de ver como la maestra salía del pequeño cuarto junto a la pizarra al sonar la campana y decía: «Buenos
días, niños. ¿No es un hermoso día para estudiar?»
Pero nunca le gustó la escuela más que a los otros chicos. Septiembre tenía aún importancia para él por
algo más que los libros y los sueños de otoño. Era algo que perdió en alguna parte a lo largo de su vida,
algo indefinible, intangible, algo que ahora necesitaba con desesperación...
Danby hizo girar el
Baby Buick
avenida abajo, virando entre los fugaces automóviles. Al dar vuelta para
entrar en la calle lateral que conducía a Friendly Fred's, vio un nuevo puesto en la esquina con un gran
letrero que rezaba:
¡HOT DOGS GIGANTES A LAS BRASAS!
¡Pruebe un auténtico hot dog a la parrilla!
¡Próxima apertura!
Pasó de largo y entró en el estacionamiento cercano a Friendly Fred's. Salió del coche hacia la noche
estrellada de primavera y se acercó al local. Pese a hallarse atestado, se las arregló para encontrar un
compartimiento vacío. Introdujo una moneda de 25 centavos en el distribuidor y marcó una cerveza.
La sorbió pensativamente en su vaso de papel parafinado. El compartimiento estaba mal ventilado y olía
a su último ocupante, un bebedor de vino, supuso Danby. Pensó en los viejos tiempos, cuando el
aislamiento en los bares era desconocido y había que permanecer mezclado con los restantes clientes con
el desagradable resultado que cada uno sabía lo que los demás bebían y el grado de borrachera que
alcanzaban. Su pensamiento volvió luego a la señorita Jones.
Una pequeña pantalla de televisión sobre el distribuidor de bebidas anunciaba:
¿Tiene problemas?
Sintonice a Friendly Fred, que escuchará sus penas (sólo 25 centavos por tres minutos)
. Danby
deslizó una moneda de un cuarto de dólar en la ranura correspondiente. Se escuchó un chasquido y la
moneda repiqueteó en el recipiente de devoluciones, al mismo tiempo que la voz grabada de Friendly Fred
decía:
—Ocupado en este momento, compañero. Estaré con usted dentro de un minuto.
Después de un minuto y otra cerveza, Danby efectuó un nuevo intento. Esta vez, la pantalla se iluminó y
el rostro de Friendly Fred adquirió progresiva nitidez.
—Hola, George. ¿Cómo va?
—No demasiado mal, Fred. No
demasiado
mal.
—Podría ser mejor, ¿eh?
Danby hizo un gesto afirmativo con la cabeza:
—Lo adivinó, Fred. Lo adivinó. —Miró al pequeño mostrador con su solitaria cerveza—. Yo... compré
una maestra de escuela —confesó.

¡Una maestra de escuela!
—Admito que es extraño, pero pensé que quizás el niño necesitaría un poco de ayuda en sus
lecciones..., los exámenes más difíciles llegarán pronto y ya sabe como se sienten los niños cuando no
envían las respuestas correctas y no pueden ganar un premio. Y luego creí..., es una maestra de escuela
especial, ¿comprende, Fred?..., pensé que ayudaría a Laura en las faenas de la casa. Cosas como ésas...
Su voz se apagó poco a poco mientras levantaba su vista hacia la pantalla. Friendly Fred movía su
amistoso rostro con solemnidad. Sus carrillos temblaron ligeramente.
—George, escúcheme. Deshágase de esa maestra. ¿Me oye, George? Deshágase de ella. Esas
maestras androides son tan perjudiciales como las auténticas..., las de carne y hueso, quiero decir. ¿Sabe
por qué, George? No lo creerá, pero yo lo sé. Acostumbraban pegar a los niños. Es cierto, les pegan... —
Se oyó un zumbido y la pantalla se hizo borrosa—. Ha terminado el tiempo, George. ¿Desea el importe de
otro cuarto de dólar?
—No, gracias —repuso Danby. Acabó su cerveza y se marchó.
¿Odiaban
todos
realmente a las maestras de escuela? Y si era así, ¿por qué no odiaban todos también a
los telemaestros?
Danby consideró esta paradoja durante todo el día siguiente, en el trabajo. Cincuenta años atrás pareció
que los maestros androides iban a resolver el problema educativo tan eficazmente como la reducción de
tamaño y precio de los automóviles había resuelto el problema económico. Con el cambio de siglo, no
obstante, aunque los androides remediaron el déficit de maestros, sólo lograron poner en relieve el otro
aspecto del problema, el déficit de escuelas. ¿Para qué servía disponer de suficientes maestros cuando no
existía el número de aulas indispensable para la enseñanza? ¿Cómo se hallaría el dinero para construir
nuevas escuelas, cuando el país tenía la necesidad constante de más nuevas y mejores autopistas?
Era absurdo decretar que la construcción de escuelas públicas debería tener prioridad sobre la de
carreteras ya que, de descuidarse éstas, automáticamente disminuía la tendencia del ciudadano medio a
comprar nuevos automóviles, debilitando de este modo la economía y precipitando una depresión. Esto
hacía la construcción de nuevas escuelas algo más difícil de lo que era antes.
Aceptado esto, había que descubrirse ante las compañías de cereales. Al introducir los telemaestros y la
teleeducación, habían salvado la situación. Un simple maestro en una habitación, con una pizarra a un lado
y una pantalla de cine al otro, era capaz de impartir clases a cincuenta millones de alumnos. Si alguno de
ellos se sentía molesto por el sistema de enseñanza, no tenía más que cambiar de canal para sintonizar otro
de los programas teleeducativos patrocinados por las numerosas compañías de cereales. (Por supuesto,
era responsabilidad de los padres del alumno que éste no se saltase las clases o sintonizara el grado
siguiente antes de aprobar los exámenes correspondientes.)
Pero la mejor característica de tan ingenioso sistema era el feliz hecho que las compañías de cereales
sufragaban todos los gastos, dispensando de este modo al contribuyente de una de sus más onerosas
obligaciones y dejando sus bolsillos más preparado para afrontar los impuestos sobre las ventas, impuestos
de gasolina, peajes y pagos de automóvil. Y todo lo que las compañías de cereales pedían, a cambio de
este admirable servicio público, era que los alumnos —y, preferiblemente, también los padres—
consumiesen sus productos.
Por lo tanto, no existía tal paradoja después de todo. Una maestra de escuela era un anatema, porque
simbolizaba gasto; una telemaestra era una respetable servidora pública, porque simbolizaba una gran
concentración económica. Aunque la diferencia, Danby la sabía, iba mucho más allá.
El odio hacia las maestras de escuela era en parte atávico a consecuencia de las campañas de
propaganda que las compañías de cereales lanzaron al poner su idea en práctica. Eran responsables del
mito, ampliamente difundido, que las maestras androides pegaban a sus alumnos y con frecuencia
reactualizado en precisión por si alguien lo dudase aún.
La cuestión radicaba en que la mayor parte de los ciudadanos eran teleeducados y, por lo tanto, no
conocían la verdad. Danby era una excepción. Nació en una pequeña ciudad cuya localización montañosa
hizo imposible la recepción de la televisión; antes que su familia emigrase asistió a una verdadera escuela.
Por eso
sabía
que las maestras de escuela no pegaban a sus alumnos.
A menos que Androides Inc. hubiera distribuido por error uno o dos modelos deficientes. Y eso no era
probable. Androides Inc. era una sociedad muy eficiente. Crearon excelentes mozos de estación de
servicio, sin contar la reconocida calidad de sus taquígrafas, camareras y criadas.
Naturalmente, no estaban al alcance del negociante medio ni del padre de familia tipo... Pero, ¿no
constituía todo eso una razón de más por la que Laura debería sentirse satisfecha con una sirvienta
eficiente?
Pero no se sentía satisfecha. Cuando Danby llegó a casa aquella noche y la miró al rostro supo, sin
asomo de dudas, que no se sentía satisfecha.
Jamás había visto sus mejillas tan contraídas, sus labios tan delgados.
—¿Dónde está la señorita Jones? —preguntó.
—En su caja —respondió Laura—. ¡Y mañana por la mañana la devolverás a quien la compraste y
harás que te restituyan nuestros cuarenta y nueve dólares con noventa y cinco centavos!
—¡No me pegará otra vez! —gritó Billy, sentado en cuclillas frente a la pantalla del televisor.
Danby palideció.
—¿Le pegó?
—Bueno, no exactamente —dijo Laura.
—¿Lo hizo o no lo hizo? —insistió Danby.
—¡Explícale lo que dijo de mi telemaestra! —gritó Billy.
—Dijo que la maestra de Billy no estaba capacitada para enseñar ni a caballos.
—¡Y cuéntale lo que dijo de Héctor y Aquiles!
—Dijo que era una vergüenza sacar un melodrama de vaqueros e indios de una obra clásica como la
Ilíada
y llamarlo educación.
La historia salió gradualmente. La señorita Jones mostró, al parecer, una gran inquietud intelectual desde
el mismo momento en que Laura la conectó por la mañana. Según la señorita Jones, todo en la casa de
Danby era malo, desde los programas de teleeducación que Billy miraba en el pequeño televisor rojo de su
habitación, y los programas matutinos y vespertinos que Laura contemplaba en el gran televisor de la sala
de estar, hasta el diseño del papel para las paredes del vestíbulo (pequeños cadilletes rojos, retozando a lo
largo de entrelazadas cintas de carretera), la ventana en forma de parabrisas de la cocina y la escasez de
libros.
—¿Te das cuenta? —dijo Laura—. ¡Cree que aún se editan libros!
—Todo lo que deseo saber —manifestó Danby—, es si le pegó.
—Te lo estoy explicando...
Alrededor de las tres, la señorita Jones quitaba el polvo en el cuarto de Billy, que miraba
obedientemente sus lecciones, sentado en su pequeño pupitre, absorto en los esfuerzos de los vaqueros por
conquistar el poblado indio de Troya. De repente, la señorita Jones cruzó la habitación como una loca,
enunció sacrílegos comentarios acerca de la alteración de la
Ilíada
, y apagó el aparato justamente en medio
de la clase. Entonces fue cuando Billy comenzó a gritar; al irrumpir Laura en la habitación, encontró a la
señorita Jones asiendo su brazo con una mano y levantando la otra para dar el golpe.
—Llegué a tiempo —concluyó Laura—. No sabes lo que pudo haber hecho. ¡Pudo haberlo matado!
—Lo dudo —cortó Danby—. ¿Qué sucedió luego?
—Tomé a Billy para apartarlo de ella y le ordené que se retirase a su caja. Después cerré la tapa. ¡Y te
juro, George Danby, que permanecerá cerrada! ¡Mañana por la mañana la devolverás, si quieres que Billy
y yo continuemos viviendo en esta casa!
Danby se sintió mal toda la noche. Apenas probó la cena y languideció durante «La Hora del Oeste»,
echando vistazos fugaces, cuando Laura no lo miraba, hacia la caja que permanecía silenciosa junto a la
puerta. La heroína de «La Hora del Oeste» era una bailarina, una rubia que medía 98-60-95, llamada
Antígona. Por lo visto, sus dos hermanos se habían matado el uno al otro en un tiroteo y el
sheriff
del lugar,
un personaje llamado Creón, sólo permitió a uno de ellos un entierro decente en Boot Hill, insistiendo de
modo ilógico en que el otro fuese abandonado en el desierto como pasto para buitres. Antígona mantenía
otro punto de vista ante su hermana Ismenia; si un hermano merecía una tumba respetable, el otro también.
Antígona iba a remediar esta situación. ¿Querría Ismenia ayudarla? Pero Ismenia era cobarde, por lo que
Antígona decidió solucionar el problema por sí misma. Luego, un viejo explorador llamado Tiresias se
dirigía hacia el pueblo y...
Danby se levantó sin ruido, se deslizó al interior de la cocina, y salió por la puerta de la cocina. Subió al
automóvil y condujo hacia la avenida, con todas las ventanillas abiertas y el aire cálido golpeando su rostro.
El puesto de hot dogs de la esquina estaba casi concluido. Le echó una perezosa ojeada mientras giraba
por la calle lateral. Había cierto número de compartimientos vacíos en Friendly Fred's y escogió uno al
azar. Tomó varias cervezas, de pie en el pequeño mostrador solitario, y pensó durante largo rato. Seguro
que su esposa e hijo se habían ido a dormir, volvió a su hogar, abrió la caja de la señorita Jones, y la
conectó.
—¿Iba a pegar a Billy esta tarde? —preguntó.
Los ojos azules lo miraron con firmeza, mientras las pestañas temblaban a rítmicos intervalos y las
pupilas se ajustaban gradualmente a la lámpara de la sala de estar, que Laura dejó encendida.
—Soy incapaz de golpear a un ser humano, señor. Creo que la cláusula está en mi garantía.
—Me temo que su garantía caducó hace algún tiempo, señorita Jones —repuso Danby. Su voz era
espesa y sus palabras se confundían—. Pero no importa. Le tomó del brazo de todas formas, ¿no es
cierto?
—Tuve que hacerlo, señor.
Danby frunció el entrecejo. Volvió a la sala de estar, caminando como si sus piernas fuesen de goma.
—Venga y siéntese. Explíquemelo todo, señ... señorita Jones —dijo.
La vio salir desde su caja y cruzar la habitación. Había algo extraño en su modo de andar. Su paso ya
no era ligero, su cuerpo ya no parecía delicadamente equilibrado. Con sobresalto, se dio cuenta que
cojeaba.
Se sentó en el canapé y se acomodó junto a ella.
—Le pegó patadas, ¿verdad? —inquirió.
—Sí, señor. Tuve que retenerle o hubiera continuado.
Una luz rojiza llenó la estancia. Luego, sutilmente, ésta se disipó ante la naciente comprensión que en sus
manos se hallaba el arma psicológica con la cual podría reprimir en lo sucesivo toda objeción a la señorita
Jones.
—Lo siento mucho, señorita Jones. Me temo que Billy es demasiado agresivo.
—Lo extraño sería lo contrario, señor. Quedé horrorizada hoy cuando supe que esos horribles
programas constituyen todo su alimento educativo. Su telemaestro es poco más que un viajante encargado
de vender la particular marca de copos de maíz de su compañía. Comprendo ahora por qué sus escritores
han de volver a los clásicos para conseguir ideas. Su facultad creadora fue sofocada por los tópicos, ya
desde su etapa embrionaria.
Danby estaba encantado. Jamás había oído a nadie hablar de ese modo hasta entonces. No eran las
palabras. Era la manera con que las decía, la convicción que mostraba su voz, pese a tratarse de un altavoz
hábilmente construido, conectado a unas cintas magnetofónicas, conectadas a su vez a inimaginablemente
intrincados memorizadores.
Sentado allí junto a ella, viendo moverse sus labios, descender sus pestañas, siempre tan suavemente
sobre aquellos ojos tan azules, era como si septiembre hubiese entrado a la habitación. De súbito, un
sentimiento de paz lo envolvió. Los dulces y suaves días de septiembre desfilaron otra vez ante su mirada, y
comprendió porqué eran distintos a los demás días. Eran diferentes porque tenían profundidad, belleza y
quietud; porque sus cielos azules contenían promesas de días más dulces y suaves por venir...
Eran diferentes porque tenían
significado
...
Aquel momento se hacía grato de modo tan intenso que Danby deseó que jamás terminase. El mero
hecho de pensar en ello le torturaba con insoportable agonía e, instintivamente, efectuó el único gesto físico
a su alcance para prolongarlo.
Pasó un brazo alrededor de los hombros de la señorita Jones.
Ella no se movió. Seguía allí sosegadamente, con su pecho que se alzaba y descendía a intervalos
regulares, sus largas pestañas que se movían hacia abajo de vez en cuando como oscuros y apacibles
pájaros aleteando sobre azules y límpidas aguas...
—El programa que vimos la noche pasada —dijo Danby—.
Romeo y Julieta
. ¿Por qué no le gustó?
—Era más bien horrible, señor. Una parodia barata y despreciable, la belleza de los versos corrompida
y oscurecida...
—¿Conoce usted los versos?
—Algunos de ellos.
—Dígalos, por favor.
—Sí, señor. Al terminar la escena del balcón, cuando los dos enamorados están despidiéndose, dice
Julieta:
¡Buenas noches, buenas noches! Despedirse es tan dulce aflicción, que diré buenas noches
hasta que sea mañana.
Y contesta Romeo:
¡El sueño more sobre tus ojos, la paz en tu pecho!
¡Quisiera yo fuesen el sueño y la paz, tan dulces para descansar!
¿Por qué omitieron eso, señor? ¿Por
qué?
—Porque estamos viviendo en un mundo despreciable —dijo Danby, sorprendido ante su súbita
percepción—, y en un mundo despreciable las cosas preciosas son inútiles. Dig... diga los versos de nuevo,
por favor, señorita Jones.

¡Buenas noches, buenas noches! Despedirse es tan dulce aflicción, que diré buenas noches
hasta que sea mañana...
—Déjeme terminar —Danby se concentró—.
El sueño more sobre tus ojos, la paz...

...en tu pecho...

Quisiera yo fuesen el sueño y la paz, tan...

...dulces...

¡...tan dulces para descansar!
Bruscamente la señorita Jones se puso en pie.
—Buenas noches, señora —dijo.
Danby no se molestó en levantarse. No habría servido de nada. De cualquier modo, podía ver bastante
bien a Laura desde donde se hallaba. Su mujer, que permanecía en el umbral de la sala de estar con su
nuevo pijama «Cadillete» y sus pies desnudos silenciosos en su subrepticio descenso de la escalera. Los
automóviles bidimensionales que adornaban el pijama eran de un vivo bermellón y parecían correr sobre su
cuerpo yacente, rampando por encima de sus pechos, su vientre y sus piernas...
Vio su afilado rostro y sus fríos y despiadados ojos y supo que serían inútiles las explicaciones, que no
comprendería, no podría comprender. Y descubrió con súbita y horrible claridad que en el mundo en que
vivía, septiembre estuvo muerto durante décadas, y se vio a sí mismo cargando la caja por la mañana en el
Baby Buick
y descendiendo las relucientes calles de la ciudad en dirección al pequeño almacén de objetos
para pedir al dueño que le devolviese su dinero. Miró a la señorita Jones permaneciendo
incongruentemente en la poco acogedora sala de estar y la oyó decir, una y otra vez, como un disco
rayado:
—¿Algo está mal, señora? ¿Algo está mal?
Transcurrieron varias semanas antes que Danby se sintiese lo suficientemente bien para volver a Friendly
Fred's en busca de una cerveza. Para entonces, Laura había empezado a hablarle otra vez y el mundo, aun
cuando no fuera el mismo de antes, recuperó algunos de sus aspectos anteriores. Hizo salir al
Baby Buick
de la pequeña calzada y se introdujo calle abajo en el multicolor tráfico de la avenida. Era una clara noche
de junio y las estrellas aparecían como puntas de alfileres de cristal sobre el fuego fluorescente de la ciudad.
El puesto de hot dogs de la esquina estaba terminado y abierto al público. Varios clientes junto al
resplandeciente mostrador cromado miraban como una camarera estaba dando vueltas unos panecillos de Viena sobre una también cromada parrilla. Había algo familiar en el alegre centelleo de su vestido, el modo
en que se movía, la forma en que el suave nacimiento de su cabello enmarcaba su dulce rostro... El nuevo
propietario se apoyaba sobre el mostrador a cierta distancia, charlando con un cliente.
Había una tensión en el pecho de Danby mientras estacionaba el
Baby Buick
, salía y se encaminaba a
través del batiente de hormigón hacia el mostrador...; una tensión en su pecho y un constante latido en sus
sienes.
Había llegado a la parte del mostrador donde se hallaba el propietario y, cuando iba a inclinarse para
abofetear su presumido y grueso rostro, vio un pequeño letrero de cartón apoyado contra un tarro de
mostaza, letrero que decía:
SE NECESITA MOZO.
Un puesto de hot dogs estaba muy lejos de ser un aula de septiembre, y una maestra distribuyendo hot
dogs jamás se podría comparar con una maestra dispensadora de sueños. Pero cuando se necesitaba algo
con urgencia había que tomarlo sea como fuese y dar, además, las gracias...
—Podría trabajar por las noches —dijo Danby al propietario—. Es decir, desde las seis hasta las
doce...
—Sería estupendo —manifestó el propietario—. Aunque me temo que no podré pagarle mucho al
principio. Comprenda, acabo de empezar y...
—No importa —replicó Danby—. ¿Cuando empiezo?
—Cuanto antes mejor.
Danby se acercó hasta donde una parte del mostrador se levantaba sobre ocultos goznes, entró en el
interior y se quitó la chaqueta. Si a Laura no le gustaba la idea, podía irse al infierno, pero sabía que no le
importaría, porque el dinero adicional que ganase haría realidad el sueño de su mujer, el Cadillete.
Se puso el delantal que le entregó el propietario y se unió a la señorita Jones frente a la parrilla.
—Buenas noches, señorita Jones —dijo.
Ella volvió la cabeza y sus ojos azules parecieron iluminarse y su cabello era como el sol surgiendo en
una brumosa mañana de septiembre.
—Buenas noches, señor —respondió, y un aire de septiembre se levantó en la noche de junio y sopló a
través del puesto y fue como volver a la escuela otra vez, después de un interminable y vacío verano.

F I N