domingo, 19 de junio de 2011

El genio de la multitud’, de Charles Bukowski

Hay suficiente traición y odio, violencia,

necedad en el ser humano corriente

como para abastecer cualquier ejercito o cualquier

jornada.

Y los mejores asesinos son aquellos

que predican en su contra.

Y los que mejor odian son aquellos

que predican amor.

Y los que mejor luchan en la guerra

son -AL FINAL- aquellos que

predican

PAZ.

Aquellos que hablan de Dios

necesitan a Dios.

Aquellos que predican paz

no tienen paz.

Aquellos que predican amor

no tienen amor.

Cuidado con los predicadores

cuidado con los que saben.

Cuidado con aquellos que están siempre

leyendo libros.

Cuidado con aquellos que detestan

la pobreza o están orgullosos de ella.

Cuidado con aquellos de alabanza rápida

pues necesitan que se les alabe a cambio.

Cuidado con aquellos que censuran con rapidez:

tienen miedo de lo que no conocen.

Cuidado con aquellos que buscan constantes

multitudes;

no son nada solos.

Cuidado con

el hombre corriente

con la mujer corriente.

Cuidado con su amor.

Su amor es corriente, busca

lo corriente.

Pero es un genio al odiar

es lo suficientemente genial

al odiar como para matarte, como para matar

a cualquiera.

Al no querer la soledad

al no entender la soledad

intentarán destruir

cualquier cosa

que difiera

de lo suyo.

Al no ser capaces

de crear arte

no entenderán

el arte.

Considerarán su fracaso

como creadores

sólo como un fracaso

del mundo.

Al no ser capaces de amar plenamente

creerán que tu amor es

incompleto

y entonces te

odiarán.

Y su odio será perfecto

como un diamante resplandeciente

como una navaja

como una montaña

como un tigre

como cicuta

Su mejor

ARTE.

miércoles, 15 de junio de 2011

Anton Chejov - El fracaso

Elías Serguervitch Peplot y su mujer, Cleopatra Petrovna, aplicaban
el oído a la puerta y escuchaban ansiosos lo que ocurría detrás. En el
gabinete se desarrollaba una explicación amorosa entre su hija Natáchinka
y el maestro de la escuela del distrito, Schúpkin.
Peplot susurraba con un estremecimiento de satisfacción:
-Ya muerde el anzuelo. Presta atención. En cuanto lleguen al terreno
sentimental, descuelga la imagen santa y les daremos nuestra bendición.
Éste será un modo de cogerlo. La bendición con la imagen es sagrada. No le
será posible escapar, aunque acuda a la justicia.
Entretanto, detrás de la puerta tenía lugar el siguiente coloquio:
-No insista usted -decía Schúpkin encendiendo un fósforo contra su
pantalón a cuadros-; yo no le he escrito ninguna carta.
-¡Como si yo no conociera su carácter de letra! -replicaba la joven
haciendo muecas y mirándose de soslayo al espejo-. Yo lo descubrí en
seguida. ¡Qué raro es usted! Un maestro de caligrafía que escribe tan
malamente. ¿Cómo enseña usted la caligrafía si usted mismo no sabe
escribir?
-¡Hum! Esto no tiene nada que ver. En la caligrafía, lo más
importante no es la letra, sino la disciplina. A uno le doy con la regla
en la cabeza; a otro le hago arrodillarse; nada tan fácil. Nekransot fue
un buen escritor; pero su carácter de letra era admirable; en sus obras
insértase una muestra de su caligrafía.
-Aquel era Nekransot, y usted es usted. Yo me casaré gustosa con un
escritor -añade ella suspirando-. Me escribiría siempre versos...
-Versos puedo yo también escribírselos, si usted lo desea.
-¿Y sobre qué asunto escribirá usted?
-Sobre amor, sentimientos, sobre sus ojos... Como me leyera usted, se
volvería usted loca. Incluso lloraría usted. Oiga, si yo le dirijo versos
poéticos, ¿me dará usted su mano a besar?
-Esto no tiene importancia. Bésela ahora mismo, si así le place.
Schúpkin se levantó, sus pupilas dilatáronse y aplicó un beso a la
mano regordeta, que olía a jabón.
Peplot, empujando con el codo a su mujer y abrochándose, todo pálido
y agitado, dijo:
-Pronto, descuelga la imagen de la pared... ¡Entremos!
Y de sopetón abrió la puerta.
-Hijos -balbució, alzando las manos al cielo y estremecido-. ¡Que
Dios os bendiga, hijos míos!... ¡Creced y multiplicaos!...
-Y yo, y yo -dijo la madre, llorando de felicidad-. ¡Que seáis
dichosos!
Luego, dirigiéndose a Schúpkin:
-Usted me arrebata un tesoro. Ha de quererla usted mucho y cuidarla.
Schúpkin, entre atónito y asustado, abrió la boca. El ataque de
frente de los padres parecíale tan inesperado y tan atrevido que no podía
articular ni una frase. «Estoy perdido -pensaba inmóvil de temor-; ya no
puedo salvarme.» Lleno de abatimiento bajaba la cabeza, como si dijera:
«Tómeme usted, me doy por vencido».
-Os bendigo -proseguía el padre, llorando siempre-. Natáchinka, hija
mía, colócate a su lado. Petrovna, pásame la imagen.
En este momento él cesó de llorar y sus facciones torciéronse de
rabia.
-¡Zoquete! -dijo a su mujer con indignación-. ¡Tonta que eres! ¿Ésta
es para ti una imagen?...
-¡Santo cielo!
¿Qué es lo que ocurría? El maestro de caligrafía levantó los ojos y
vio que estaba salvado. La mamá, en su apresuramiento, había descolgado,
en lugar de la imagen, el retrato del publicista Lajesnikof Peplot y su
esposa Cleopatra Petrovna.
Quedáronse parados, sin saber qué partido tomar. Schúpkin aprovechó
esta confusión para escaparse.

ANTON CHEJOV - EL TRAGICO

Se celebraba el beneficio del trágico Fenoguenov.
La función era un éxito. El trágico hacía milagros: gritaba, aullaba como
una fiera, daba patadas en el suelo, se golpeaba el pecho con los puños de un
modo terrible, se rasgaba las vestiduras, temblaba en los momentos patéticos de
pies a cabeza, como nunca se tiembla en la vida real, jadeaba como una
locomotora.
Ruidosas salvas de aplausos estremecían el teatro. Los admiradores del
actor le regalaron una pitillera de plata y un ramo de flores con largas cintas.
Las señoras le saludaban agitando el pañuelo, y no pocas lloraban.
Pero la más entusiasmada de todas por el espectáculo era la hija del jefe
de la policía local, Macha. Sentada junto a su padre, en primera fila, a dos
pasos de las candilejas, no quitaba ojo del escenario y estaba conmovidísima.
Sus finos brazos y sus piernas temblaban, sus ojos se arrasaban en lágrimas, sus
mejillas perdían el color por momentos. ¡Era la primera vez en su vida que
asistía a una función de teatro!
-¡Dios mío, qué bien trabajan! ¡Es admirable! -le decía a su padre cada vez
que bajaba el telón-. Sobre todo, Fenoguenov ¡es tremendo!
Su entusiasmo era tan grande, que la hacía sufrir. Todo le parecía
encantador, delicioso: la obra, los artistas, las decoraciones, la música.
-¡Papá! -dijo en el último entreacto-. Sube al escenario e invítales a
todos a comer en casa mañana.
Su padre subió al escenario, estuvo amabilísimo con todos los artistas,
sobre todo con las mujeres, e invitó a los actores a comer.
-Vengan todos, excepto las mujeres -le dijo por lo bajo a Fenoguenov-. Mi
hija es aún demasiado joven...
Al día siguiente se sentaron a la mesa del jefe de policía el empresario
Limonadov, el actor cómico Vodolasov y el trágico Fenoguenov. Los demás,
excusándose cada uno como Dios les dio a entender, no acudieron.
La comida fue aburridísima. Limonadov, desde el primer plato hasta los
postres, estuvo hablando de su estimación al jefe de policía y a todas las
autoridades. De sobremesa, Vodolasov lució sus facultades cómicas imitando a los
comerciantes borrachos y a los armenios, y Fenoguenov, un ucranio de elevada
estatura, ojos negros y frente severa, recitó el monólogo de Hamlet. Luego, el
empresario contó, con lágrimas en los ojos, su entrevista con el anciano
gobernador de la provincia, el general Kaniuchin.
El jefe de policía escuchaba, se aburría y se sonreía bonachonamente.
Estaba contento, a pesar de que Limonadov olía mal y Fenoguenov llevaba un frac
prestado, que le venía ancho, y unas botas muy viejas. Placíanle a su hija, la
divertían, y él no necesitaba más. Macha, por su parte, miraba a los artistas
llena de admiración, sin quitarles ojo. ¡En su vida había visto hombres de tanto
talento, tan extraordinarios! Por la noche fue de nuevo al teatro con su padre.
Una semana después, los artistas volvieron a comer en casa del funcionario
policíaco. Y las invitaciones, ora a comer, ora a cenar, fueron menudeando,
hasta llegar a ser casi diarias. La afición de Macha al arte teatral subió de
punto, y no había función a la que no asistiese la joven.
La pobre muchacha acabó por enamorarse de Fenoguenov.
Una mañana, aprovechando la ausencia de su padre, que había ido a la
estación a recibir al arzobispo, Macha se escapó con la compañía, y en el camino
se casó con su ídolo Fenoguenov. Celebrada la boda, los artistas le dirigieron
una larga carta sentimental al jefe de policía. Todos tomaron parte en la
composición de la epístola.
-¡Ante todo, exponle los motivos! -le decía Limonadov a Vodolasov, que
redactaba el documento-. Y hazle presente nuestra estimación: ¡los burócratas se
pagan mucho de estas cosas!... Añade algunas frases conmovedoras, que le hagan
llorar...
La respuesta del funcionario sorprendió dolorosamente a los artistas: el
padre de Macha decía que renegaba de su hija, que no le perdonaría nunca el
«haberse casado con un zascandil idiota, con un ser inútil y ocioso».
Al día siguiente, la joven le escribía a su padre:
«¡Papá, me pega! ¡Perdónanos!»
Sí, Fenoguenov le pegaba, en el escenario, delante de Limonadov, de la
doncella y de los lampistas. No le podía perdonar el chasco que se había
llevado. Se había casado con ella, persuadido por los consejos de Limonadov.
-¡Sería tonto -le decía el empresario- dejar escapar una ocasión como ésta!
Por ese dinero sería yo capaz, no ya de casarme, de dejar que me deportasen a la
Siberia. En cuanto te cases construyes un teatro, y hete convertido en
empresario de la noche a la mañana.
Y todos aquellos sueños habíanse trocado en humo: ¡el maldito padre
renegaba de su hija y no le daba un cuarto!
Fenoguenov apretaba los puños y rugía:
-¡Si no me manda dinero le voy a pegar más palizas a la niña!...
La compañía intentó trasladarse a otra ciudad a hurto de Macha y zafarse
así de ella. Los artistas estaban ya en el tren, que se disponía a partir,
cuando llegó la pobre, jadeante, a la estación.
-He sido ofendido por su padre de usted -le declara Fenoguenov-, y todo ha
concluido entre nosotros.
Pero, ella, sin preocuparse de la curiosidad que la escena había despertado
entre los viajeros, se postró ante él y le tendió los brazos, gritándole:
-¡Le amo a usted! ¡No me abandone! ¡No puedo vivir sin usted!
Los artistas, tras una corta deliberación, consintieron en llevarla con
ellos en calidad de partiquina.
Empezó por representar papeles de criada y de paje; pero cuando la señora
Beobajtova, orgullo de la compañía, se escapó, la reemplazó ella en el puesto de
primera ingenua. Aunque ceceaba y era tímida, no tardó, habituada a la escena,
en atraerse las simpatías del público. Fenoguenov, con todo, seguía
considerándola una carga.
-¡Vaya una actriz! -decía-. No tiene figura ni maneras, y además es muy
bestia.
Una noche la compañía representaba Los bandidos, de Schiller. Fenoguenov
hacía de Franz y Macha de Amalia. Él gritaba, aullaba, temblaba de pies a
cabeza; Macha recitaba su papel como un escolar su lección.
En la escena en que Franz le declara su pasión a Amalia, ella debía echar
mano a la espada, rechazar a Franz y gritarle: «¡Vete!» En vez de eso, cuando
Fenoguenov la estrechó entre sus brazos de hierro, se estremeció como un
pajarito y no se movió.
-¡Tenga usted piedad de mí! -le susurró al oído-. ¡Soy tan desgraciada!
-¡No te sabes el papel! -le silbó colérico Fenoguenov- ¡Escucha al
apuntador!
Terminada la función, el empresario y Fenoguenov sentáronse en la caja y se
pusieron a charlar.
-¡Tu mujer no se sabe los papeles! -se lamentó Limonadov.
Fenoguenov suspiró y su mal humor subió de punto.
Al día siguiente, Macha, en una tiendecita de junto al teatro, le escribía
a su padre:
«¡Papá, me pega! ¡Perdónanos! Mándanos dinero.»

ANTON CHEJOV - EL TALENTO

El pintor Yegor Savich, que se hospeda en la casa de campo de la viuda
de un oficial, está sentado en la cama, sumido en una dulce melancolía matutina.
Es ya otoño. Grandes nubes informes y espesas se deslizan por el
firmamento; un viento, frío y recio, inclina los árboles y arranca de sus copas
hojas amarillas. ¡Adiós, estío!
Hay en esta tristeza otoñal del paisaje una belleza singular, llena de
poesía; pero Yegor Savich, aunque es pintor y debiera apreciarla, casi no para
mientes en ella. Se aburre de un modo terrible y sólo le consuela el pensar que
al día siguiente no estará ya en la quinta.
La cama, las mesas, las sillas, el suelo, todo está cubierto de cestas, de
sábanas plegadas, de todo género de efectos domésticos. Se han quitado ya los
visillos de las ventanas. Al día siguiente, ¡por fin!, los habitantes veraniegos
de la quinta e trasladarán a la ciudad.
La viuda del oficial no está en casa. Ha salido en busca de carruajes para
la mudanza.
Su hija Katia, de veinte años, aprovechando la ausencia materna, ha entrado
en el cuarto del joven. Mañana se separan y tiene que decirle un sinfín de
cosas. Habla por los codos; pero no encuentra palabras para expresar sus
sentimientos, y mira con tristeza, al par que con admiración, la espesa
cabellera de su interlocutor. Los apéndices capilares brotan en la persona de
Yegor Savich con una extraordinaria prodigalidad; el pintor tiene pelos en el
cuello, en las narices, en das orejas, y sus cejas son tan pobladas, que casi le
tapan los ojos. Si una mosca osara internarse en la selva virgen capilar, de que
intentamos dar idea, se perdería para siempre.
Yegar Savich escucha a Katia, bostezando. Su charla empieza a fatigarle. De
pronto la muchacha se echa a llorar. Él la mira con ojos severos al través de
sus espesas cejas, y le dice con su voz de bajo:
-No puedo casarme.
-¿Pero por qué? -suspira ella.
-Porque un pintor, un artista que vive de su arte, no debe casarse. Los
artistas debemos ser libres.
-¿Y no lo sería usted conmigo?
-No me refiero precisamente a este caso... Hablo en general. Y digo tan
sólo que los artistas y los escritores célebres no se casan.
-¡Sí, usted también será célebre, Yegor Savich! Pero yo... ¡Ah, mi
situación es terrible!... Cuando mamá se entere de que usted no quiere casarse,
me hará la vida imposible. Tiene un genio tan arrebatado... Hace tiempo que me
aconseja que no crea en sus promesas de usted. Luego, aún no le ha pagado usted
el cuarto... ¡Menudos escándalos me armará!
-¡Que se vaya al diablo su mamá de usted! Piensa que no voy a pagarle?
Yegor Savich se levanta y empieza a pasearse por la habitación.
-¡Yo debía irme al extranjero! -dice.
Le asegura a la muchacha que para él un viaje al extranjero es la cosa más
fácil del mundo: con pintar un cuadro y venderlo...
-¡Naturalmente! -contesta Katia-. Es lástima que no haya usted pintado nada
este verano.
-¿Acaso es posible trabajar en esta pocilga? -grita, indignado, el pintor-.
Además, ¿dónde hubiera encontrado modelos?
En este momento se oye abrir una puerta en el piso bajo. Katia, que
esperaba la vuelta de su madre de un momento a otro, echa a correr. El artista
se queda solo. Sigue paseándase porla habitación. A cada paso tropieza con los
objetos esparcidos por el suelo. Oye al ama de la casa regatear con los mujiks
cuyos servicios ha ido a solicitar. Para templar el mal humor que le produce
oírla, abre la alacena, donde guarda una botellita de vodka.
-¡Puerca! -le grita a Katia la viuda del oficial- ¡Estoy harta de ti! ¡Que
el diablo te lleve!
El pintor se bebe una copita de vodka, y las nubes que ensombrecían su alma
se van disipando. Empieza a soñar, a hacer espléndidos castillos en el aire.
Se imagina ya célebre, conocido en el mundo entero. Se habla de él en la
Prensa, sus retratos se venden a millares. Hállase en un rico salón, rodeado de
bellas admiradoras... El cuadro es seductor, pero un poco vago, porque Yegor
Savich no ha visto ningún rico salón y no conoce otras beldades que Katia y
algunas muchachas alegres. Podía conocerlas por la literatura; pero hay que
confesar que el pintor no ha leído ninguna obra literaria.
-¡Ese maldito samovar! -vocifera la viuda-. Se ha apagado el fuego. ¡Katia,
pon más carbón!
Yegor Savich siente una viva, una imperiosa necesidad de compartir con
alguien sus esperanzas y sus sueños. Y baja a la cocina, donde, envueltas en una
azulada nube de humo, Katia y su madre preparan el almuerzo.
-Ser artista es una cosa excelente. Yo, por ejemplo, hago lo que me da la
gana, no dependo de nadie, nadie manda en mí. ¡Soy libre como un pájaro! Y, no
obstante, soy un hombre útil, un hombre que trabaja por el progreso, por el bien
de la humanidad.
Después de almorzar, el artista se acuesta para «descansar» un ratito.
Generalmente, el ratito se prolonga hasta el obscurecer; pero esta tarde la
siesta es más breve. Entre sueños, siente nuestro joven que alguien le tira de
una pierna y le llama, riéndose. Abre los ojos y ve, a los pies del lecho, a su
camarada Ukleikin, un paisajista que ha pasado el verano en las cercanías,
dedicado a buscar asuntos para sus cuadros.
-¡Tú por aquí! -exclama Yegor Savich con alegría, saltando de la cama-
¿Cóma te va, muchacho?
Los dos amigos se estrechan efusivamente la mano, se hacen mil preguntas...
-Habrás pintado cuadros muy interesantes -dice Yegor Savich, mientras el
otro abre su maleta.
-Sí, he pintado algo... ¿y tú?
Yegor Savich se agacha y saca de debajo de la cama un lienzo, no concluido,
aún, cubierto de polvo y telarañas.
-Mira -contesta-. Una muchacha en la ventana, después de abandonarla el
novio... Esto lo he hecho en tres sesiones.
En el cuadro aparece Katia, apenas dibujada, sentada junto a una ventana,
por la que se ve un jardincillo y un remoto horizonte azul.
Ukleikin hace un ligera mueca: no le gusta el cuadro.
-Sí, hay expresión -dice-. Y hay aire... El horizonte está bien... Pero ese
jardín..., ese matorral de la izquierda... son de un colorido un poco agrio.
No tarda en aparecer sobre la mesa la botella de vodka.
Media hora después llega otro compañero: el pintor Kostilev, que se aloja
en una casa próxima. Es especialista en asuntos históricos. Aunque tiene treinta
y cinco años, es principiante aún. Lleva el pelo largo y una cazadora con cuello
a lo Shakespeare. Sus actitudes y sus gestos son de un empaque majestuoso. Ante
la copita de vodka que le ofrecen sus camaradas hace algunos dengues; pero al
fin se la bebe.
-¡He concebido, amigos míos, un asunto magnífico! -dice-. Quiero pintar a
Nerón, a Herodes, a Calígula, a uno de los monstruos de la antigüedad, y
oponerle la idea cristiana. ¿Comprendéis? A un lado, Roma; al otro, el
cristianismo naciente. Lo esencial en el cuadro ha de ser la expresión del
espíritu, del nuevo espíritu cristiano.
Los tres compañeros, excitados por sus sueños de gloria, van y vienen por
la habitación como lobos enjaulados. Hablan sin descanso, con un fervoroso,
entusiasmo. Se les creería, oyéndoles, en vísperas de conquistar la fama, la
riqueza, el mundo. Ninguno piensa en que ya han perdido los tres sus mejores
años, en que la vida sigue su curso y se los deja atrás, en que, en espera de la
gloria, viven como parásitos, mano sobre mano. Olvidan que entre los que aspiran
al título de genio, los verdaderos talentos son excepciones muy escasas. No
tienen en cuenta que a la inmensa mayoría de los artistas les sorprende la
muerte «empezando». No quieren acordarse de esa ley implacable suspendida sobre
sus cabezas, y están alegres, llenos de esperanzas.
A las dos de la mañana, Kostilev se despide y se va. El paisajista se queda
a dormir con el pintor de género.
Antes de acostarse, Yegor Savich coge una vela y baja por agua a la cocina.
En el pasillo, sentada en un cajón, con las manos cruzadas sobre las rodillas,
con los ojos fijos en el techo, está Katia soñando...
-¿Qué haces ahí? -le pregunta, asombrado, el pintor- ¿En qué piensas?
-¡Pienso en los días gloriosos de su celebridad de usted! -susurra ella-.
Será usted un gran hombre, no hay duda. He oído su conversación de ustedes y
estoy orgullosa.
Llorando y riendo al mismo tiempo, apoya las manos en los hombros de Yegor
Savich y mira con honda devoción al pequeño dios que se ha creado.